Por Magdalena Galindo

Ávido lector, no me parece apropiado decir simplemente que Héctor Anaya es un hombre culto, porque este calificativo alude de alguna manera a la academia, a la biblioteca, a la erudición, y para Anaya la cultura no es un saber aprendido, sino asunto cotidiano, que salta de repente en la conversación o se cuela  en su escritura, cualquiera que sea el tema que aborde. Apuesto que hasta los recados apresurados de Héctor no se salvan de las referencias literarias. Todos sus textos están plenos de citas, aquí, en Los cuadernos de Ariadna, aparecen lo mismo Quevedo, Garcilaso o Sor Juana, que Darío, Bécquer, Luis G. Urbina, López Velarde, Maquiavelo, y hasta la Biblia y Homero, y no continúo la lista, porque es interminable.

Pero la multiplicación de los nombres no busca mostrar, con la presunción del erudito, las muchas lecturas acumuladas, lo que pasa es que Anaya no puede pensar, escribir o simplemente charlar, sin que le lleguen a la memoria los fragmentos literarios o los datos culturales. No se trata, pues, sólo de la admiración por los hallazgos literarios de los clásicos o los colegas, sino de que su vida está habitada por la literatura. El amor por las palabras de Don Marcelino, el padre de Ariadna y corrector de estilo de Vasconcelos, -parece excesivamente obvio decirlo- es el mismo que obsesiona, en la realidad, a Héctor. No estamos sólo ante la comprobación del principio teórico de que toda literatura es irremisiblemente autobiográfica, sino, un poco más allá, hay que advertir que el corrector de estilo, esto es, el hombre que tiene que vérselas con las palabras todos los días, puesto que de ello depende su sustento, era el único protagonista posible de la novela de Anaya.

Si la presencia de la literatura es el rasgo dominante, Los cuadernos de Ariadna, no es sólo eso. No se queda en el recorrido de los autores predilectos, sino que rápidamente, conforme Don Marcelino va pasando a un segundo plano y su hija Ariadna se convierte en la figura protagónica, la trama se va complicando y en conjunto, lo que leemos es un texto de género híbrido, ya que podría clasificarse desde luego como una novela, pero también como una crónica, como un relato de hechos históricos o como un ensayo. Como novela, es evidente, porque se trata de una ficción con un entramado complejo y un conjunto de personajes. Este carácter imaginario nos lo recuerda Anaya con el epígrafe que encabeza el libro en el que Luciano de Samosata, el sirio de nacimiento, pero griego por adopción, de quien se dice que es el primer autor en la historia que incursiona en lo que más de veinte siglos después se llamaría literatura de ciencia-ficción, señala, también al inicio de una de sus obras, precisamente la clasificada como ciencia ficción y titulada con ironía Historia verdadera: “Escribo, pues, sobre asuntos que jamás he visto, aventuras que jamás he oído ni nadie me ha contado, sobre cosas que no existen en absoluto ni tienen visos de que puedan existir. Por lo que mis lectores harán bien en no otorgarles crédito alguno”. La selección del epígrafe también, como en Samosata, tiene un trasfondo irónico, porque como veremos, la novela tiene una directa vinculación con hechos reales, es decir verdaderos y no ficticios.

Héctor Anaya

Imagen cortesía de Ricardo Rocha.

También tiene el texto de Anaya, pasajes que se inscriben más en la crónica, como, por ejemplo cuando, con el pretexto de que Ariadna y el coronel acuden al Bellinghausen, nos menciona los habitué del restaurante, entre los que incluye a personajes reales, como Jacobo Zabludovsky, José Luis Cuevas, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez, o al propio Héctor Anaya en compañía de Miguel Capistrán.

Por supuesto también, aunque mezclado con la ficción, se trata de un relato histórico, pues las referencias a hechos del siglo XX mexicano, son múltiples. Desde el movimiento ferrocarrilero de 1958, o las referencias al Movimiento  Revolucionario del Magisterio y a su líder Othón Salazar, o lo que podríamos llamar minucias de la historia, como el encarcelamiento de uno de los Tres Grandes del muralismo mexicano, David Alfaro Siqueiros, o la voladura de la estatua de Miguel Alemán en Ciudad Universitaria, y decimos historia, porque en todos estos casos hay un apego a los hechos, tal como ocurrieron en la realidad.

Finalmente, el texto híbrido de Anaya también tiene mucho de ensayo, tanto en sus comentarios sobre obras literarias o sus autores, como en las numerosas reflexiones sobre la lengua. Y aquí, una peculiaridad, proliferan las notas a pie de página, que le sirven lo mismo para precisar datos históricos, que para explicar los términos de la retórica que mencionan los personajes.

También hay otras anomalías que ya no se relacionan  con el carácter híbrido del texto, sino con la original inclusión de poemas que toma prestados y cuya autoría explica el mismo Héctor en nota del editor a pie de página: “La inicial A. con que aparecen los poemas femeninos, no corresponde al nombre de Ariadna, sino al de Antonia (Robles Aragón), la poeta que autorizó usar sus versos eróticos para darle voz convincente a la lujuria literaria de la protagonista.” Tanto esta incorporación de textos ajenos, como la de ilustraciones de diversos autores, y algunas ad hoc de la autoría de Alejandro Villanueva, o la novedosa elaboración de la bibliografía con las fotos de las portadas de los libros, no se inscriben en las ya añosas técnicas del collage o las diversas formas del subtexto, sino se sienten más bien como expresión de las nuevas tecnologías que Anaya maneja con soltura.

Si la hibridez de Los cuadernos de Ariadna, se manifiesta en cuanto al género, también podríamos decir que está presente en cuanto novela, pues lo mismo podríamos definirla como novela policíaca, que como novela histórica, que como novela política, novela en clave o novela intimista y en particular erótica, y aquí habría que reconocer que es bastante atrevida tanto en lo que se refiere a las escenas como en el lenguaje elegido.

Los cuadernos de AriadnaFinalmente, hay que destacar la valentía del autor, en la expresión de juicios políticos, o en la descripción del ejercicio de la represión gubernamental, y en especial el detallado recuento de los mecanismos de tortura. Y hay que reconocer que también hay que hacer uso del valor para atreverse a criticar acremente y en todos los niveles a la figura de José Vasconcelos que al parecer es universalmente reconocido como héroe civil y forjador de las instituciones educativas y culturales del país. Aunque defendido tímidamente por Don Marcelino, su ficticio corrector de estilo, en su andanada las mujeres lo acusan de misógino, ególatra, racista, derechista, mal filósofo, y, lo que es más audaz, como escritor con muchos errores. Así, las voces femeninas de la novela se atreven contra el mito de Vasconcelos, en lo que Anaya ha definido en entrevistas personales, como un daño colateral de la trama. Críticas que, desde mi punto de vista atinan en muchos aspectos, pues si bien es cierto que no se pueden negar las aportaciones de Vasconcelos en la creación de numerosas instituciones o prácticas educativas y culturales, es igualmente innegable que se amaba más a sí mismo que a todos y todas los demás, y también es cierto que su inclinación por la derecha y hasta por el nazismo, o que sus juicios racistas no son una debilidad que aparece en la vejez, alimentada por su rencor ante el fraude electoral sufrido, sino que son orientaciones ideológicas que pueden notarse desde sus años de juventud y madurez. De la misma manera, si bien las movilizaciones provocadas por su candidatura a la presidencia pertenecen efectivamente a la fallida lucha por la democracia en nuestro país, también hay que considerar que la propia composición de las huestes vasconcelistas, pertenecientes en su mayoría a la pequeña burguesía o a lo que hoy llamaríamos clase media, así como los planteamientos de campaña del propio Vasconcelos, indican que no se trata de un movimiento revolucionario de masas, sino de una alternativa que no abandona los parámetros de la estructura de poder existente en el país. En última instancia tanto la figura de Vasconcelos como la lucha de los vasconcelistas aguardan todavía un enjuiciamiento de la historia que a partir del conocimiento y la evaluación ecuánime de sus aportaciones y sus carencias, ubique al movimiento y a su líder en su justa dimensión en la historia de México. En este sentido es sin duda útil socavar el mito como lo hacen las combativas mujeres de Los cuadernos de Ariadna, pues sólo destruyendo el mito se puede llegar a la verdad histórica. Aunque sin duda esta crítica a Vasconcelos es un componente importante, la novela va más allá para mostrarnos un panorama de la realidad política de México, al mismo tiempo que una crónica de la vida cotidiana en la ciudad en los cincuenta y sesenta, sin olvidar un contenido intimista y aun erótico, ni tampoco un tono desenfadado salpicado de humor.