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La locura. De cada cien chilangos, uno pide a gritos la camisa de fuerza

enero 3, 2017 | Por Moises Castillo

Al igual que a los chinos, a quienes los occidentales les parecen muy feos, para los provincianos, los capitalinos les parecemos otro tanto. El mexicano feo, el peligrosito, aquel de quien hay qué cuidarse, el doble cara, el “abusado”, “transa”, “trinquetero”, “cuento”, “payaso”, “chueco”, “tal por cual” y veinte etceterotas más no es el indio patarrajada, ni el tepuja, ni el payo, ni el yucateco sino el chilango de la capitucha, el que se creía capitalino y ahora resulta horrible, el que presumía de “carita” y ahora es denunciado como “lorenzo” por el doctor Cabildo Arellano. Subdirector de Salud Mental de la Secretaría de Salubridad.

La bárbara concentración humana en la cual pululamos; la aglomeración que superó la promiscuidad; el batidero mental en el que nadamos, ha producido una neurosis de tamaño gigante. El régimen capitalista que dificulta la sana economía individual; el ruido de 600 mil automóviles; los pitazos de miles de industrias; las campanadas de 500 templos, los timbres de los teléfonos y las casas, los radios a todo volumen, el lenguaje desparpajado y grosero de los jóvenes, las rockolas de las fondas pero, sobre todo, los problemas mentales que se derivan de la mala distribución de la pobreza general que padecemos, han llevado al capitalino “a la angustia, la tensión y la fatiga” y por tanto, al suicidio.

El doctor Cabildo Arellano presenta un cuatro pavoroso: Uno de cada cuatro capitalinos tiene necesidad de consejos de higiene mental. Uno de cada 20 necesita consulta externa en psiquiatría. Uno de cada 2 mil necesita ser internado en un hospital siquiátrico. Tondo y lirondo, entre los 7. 5 millones de capitalindios, andan 3 mil 525 locos peligrosos que, en un momento dado, pueden convertirse en lo peor: en asesinos.

Los pobres provincianos, que sufren la pena negra cuando vienen a la metrópoli –ya que el capitalino los estafa en el restaurant, en el taxi, en la tienda, en la basílica o el mercado; les roban en el camión la consulta, el bufete o en la misma banqueta-, tienen toda la razón del mundo al considerar a los chilangos peligrosos. Ya es un hecho el que 7.5 millones de mexicanos de la capital y otro 3 de los alrededores, tienen una psicología diferente a la del mexicano de Oaxaca, Chiapas, Yucatán, Veracruz, Tamaulipas, Coahuila, Chihuahua o Sonora. Pero esta psicología que tiene algunas ventajas sobre la común del mexicano, en muchas ocasiones, en la mayoría de ellas entra en los campos de la psicopatología. Es la mentalidad de una sociedad enferma.

Carácter

El provinciano hace una diferencia básica cuando de los habitantes de la capital afirma que son gente mala. Su característica es la neurosis. Abundamos los neuróticos y lo somos por un desgaste excesivo de energía nerviosa, lo cual trae postración orgánica y exagerada percepción o hiperestesia –como dicen los médicos-. La neurosis es producto de una vida acelerada, pero es la hipocondria de los tiempos clásicos. A la neurosis capitalina contribuyen el tabaco y el alcohol y los abusos del ejército mental, el tanto pensar en cómo resolver los problemas. La gente de México se queja, constantemente de dolores de cabeza, malas digestiones, debilidad muscular y nerviosa, con falta de sueño y tristeza.

Este carácter se generaliza más y más entre los capitalinos los que, a los ojos de los provincianos parecemos agresivos descontentadizos, respondones, presumidos, desconfiados, traidores, violentos, irritables por cualquier nada, dobles, falsos, flojos y desenfadados ante las reglas morales o legales.

Lenguaje

El carácter neurótico del capitalino es muy peculiar y ha dejado de ser un caso nacional para convertirse en uno particular: en de la Ciudad de México.

La urbe genera, a través de su mal nervioso, un lenguaje que ya no es el “caló” de un grupo, sino de una ciudad, gracias a la extensión que le dan el cine, al radio, la prensa y la televisión y últimamente la literatura con José Agustín, Monsiváis, La China Mendoza, Alberto Domingo, etc.

En el lenguaje, supremo medio de comunicación humana, se nota el carácter neurótico del habitante de la ciudad capital. Es evasivo, falto de seguridad, de cortesía, de educación y humanidad. El interpelado responde: puede ser… ya veremos… no sé… quién sabe… se dice… quizá… podría ser, etc. Es cortante: Cuando dos personas conocidas se encuentran, la que no quiere entrar en conversación dice: Hasta luego… o ahí –ai- nos vemos… Cuando alguien se presenta ante un escritorio o una ventanilla, recibe un gélido: ¡Diga!. Aun el “Mucho Gusto” de las presentaciones, sin posterior conversación alguna, entraña un “cortón”.

Es agresivo: he aquí algunas muestras: ¡Fíjese, buey! Vea por donde camina… ¡Qué me mira! ¡Soy o me parezco! ¡Qué se le perdió! ¡No me importa! ¡Me vale! ¡Ya vas! ¡Órale! ¡Éntrale! ¡Le rompo la mano a cualquiera! ¡No sea rajón!

El gesto

El gesto, complemento del lenguaje, cada vez es más agrio en los capitalinos, la mano y los dedos son instrumento para insultar a la madre, al sexo, al engaño marital, al prójimo y a sí mismo. La mano poco se tiende, pero mucho sirve para enviar lejos a todo mundo. Sus cinco lenguas afirman el machismo, indican el hambre, subrayan los ones con los que exageramos, recalcan el esquinero “quiovas” y tienen el poder de la cercanía, de la diferencia, de la caricia y el golpe. Por el gesto violento de las manos, por los mamporros, soplamocos, coscorrones, madrazos, tortazos, etc., hemos alcanzado, con Olivares campeonatos mundiales.

Y así como manos y dedos, el mexicano de la capital utiliza ojos, lengua, boca, vientre, piernas y aun su cuerpo todo entero, para el lenguaje insultante.

La comunidad

El capitalino tiene cierta capacidad de asociación, pero lo hace más con motivos religiosos, políticos o comerciales, pero aún en las congregaciones, los partidos o las sociedades anónimas muestra su individualismo feroz en la forma de “política” a la que es muy afecto.

Esta “política” es el arte de colocarse sin reparar en los medios. El capitalino se significa por su envidia. Juzga que el bien es sólo bueno en él. En los demás es inmerecido.

Y como envidioso, calumnia, miente, infama, deturpa, tergiversa, inventa, disminuye, exagera o escamotea. Es de los seres, en el mundo, que con mayor facilidad traiciona.

Sobrevive poco a la comunidad. Cambia de club, de grupo, de amistades o de cofradías. Últimamente el deporte le ha reunido en equipos de fut y en los jóvenes se nota cierta desconocida disciplina, cuando se unen en pandillas para asaltar o vejar, o en “conjuntos” musicales para aullar. Pero aún estamos muy lejos del orfeón, la orquesta o la célula. El individualismo ha generado la soledad, que es mucho más acentuada porque es el estar solo en la multitud.

La moral y el crimen

La aglomeración produce la rabiosa competencia económica. Los buenos puestos no se sueltan, los medianos se disputan y los bajos se pelean. La subocupación produce una submoral. Por lo menos a 5 millones de capitalinos el universo se reduce a su familia y a uno o dos amigos. Los demás, son enemigos.

La baja economía genera la ausencia de moral. La propiedad se ve como una usurpación. Todo desconocido es un potencial enemigo. La oscuridad es el anonimato que alienta los peores instintos. Toda mujer es instrumento de placer y no de responsabilidad.

La sangre cobra un sentido mágico. Derramarla es liberarse un poco a sí mismo. La navaja, el picahielo, la “punto” la pistola, el box, la cadena, son parte de sí mismo. Son argumento, poder, fuerza, convicción y superioridad.

Las ventajas

Pero este mexicano feo también tiene ventajas en mitad de su océano de fallas. Es más puntual ya que a eso le obliga la competencia y la abundancia de mano de obra. Es más cauto, a medida que el medio se le convierte en más peligroso. Es más audaz, en un ambiente que sepulta a los tímidos. Es más locuaz, en cuanto que ha conocido el valor de la expresión.

Y, desde luego, como tiene mayor oportunidad de leer, es más politizado pero de esta posición parte una mayor exigencia. La tiene en la calidad de las cosas, de los servicios, de las ideas.

Mexicano feo, el capitalino, pero indudablemente más valioso, calidad que le dan la competencia, el sufrimiento, el contraste y la pelea. El ámbito de la Ciudad de México es un circo romano en donde hombres y fieras –colóquese casa cual según su íntimo examen- luchan por el pan, el techo, el vestido, la idea y el poder.

Muchos feos alcanzan la belleza del arte, de la santidad, del señorío o de la aristocracia mental. Y eso por una ley natural, ya que se precisa el valle para que haya montaña, negrura para que resplandezca lo blanco y oscuridad para la luz. Y el vivir en la fealdad capitalina da, a quien quiera, la oportunidad de alcanzar la única valedera hermosura: la interior.

>>Texto extraído del número 846 de Revista Siempre!, publicado el 10 de septiembre de 1969>>
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