Por El Imparcial

El asunto de las construcción de un muro a lo largo de la línea fronteriza entre Estados Unidos y México, ya ha dejado de ser una de esas ideas rudimentarias con las que los líderes populistas simulan dar solución a problemas complejos en el transcurso de las campañas electorales, para pasar a convertirse en un hecho real que envenena la política internacional de Donald Trump a muy escasos días de su toma de posesión. Todo un anticipo de las consecuencias tóxicas que la nueva política exterior norteamericana anunciada por el flamante inquilino de la Casa Blanca.

La regulación de los flujos migratorios se trata hoy, sin duda, de una cuestión prioritaria que requiere acuerdos, previsiones, cooperación y decisiones inteligentes de verdadero calado. Principios obvios a los que el recién elegido presidente acaba de dar un rudo puntapié. Ya antes de valorar la conveniencia o inutilidad de edificar esa controvertida barrera, de supuestos efectos milagrosos ante la migración, el nuevo mandatario estadounidense se ha aplicado para crear un severo conflicto diplomático desairando, con formas inaceptablemente altaneras, a su homólogo del sur. La exigencia de Donald Trump para que el presidente Peña Nieto acudiese a la cumbre del próximo martes con la predisposición de sufragar con dinero de las arcas mexicanas la obra faraónica diseñada por Washington, además de ilógica, no posee otro sentido que sojuzgar, con el peor gusto imaginable, al país vecino como si se tratara de un vasallo obligado a rendirle obediencia debida.

No se trata sólo de una cuestión de un mal gusto que hace trizas las más elementales reglas de la cortesía diplomática. Nos hallamos más bien ante una calculada estratégica para zaherir a la presidencia del país del sur con el propósito de intimidarle. Tanto a él, como de forma indirecta a las restantes naciones hispanoamericanas. Una vía de actuación profundamente errada que amenaza con echar por tierra de un plumazo largas décadas de paciente colaboración para fomentar la democracia y la prosperidad de la región. Como era previsible, el presidente Peña Nieto, con un legítimo sentido de la dignidad, ha cancelado el encuentro. Lo que la administración Trump ha aprovechado para redoblar el agravio, sosteniendo que México “no trata a Estados Unidos con respeto.”

La peregrina idea de que el país azteca costee los gastos de la edificación no traerá buenas consecuencias para el propio Estados Unidos, que está a un paso de suscitar una ola de indignación, rencor masivo, munición ideológica para radicales y populistas de todo orden, y hurgar así en viejas heridas que llevaban camino de cicatrizar. Un disparate, en definitiva, monumental, con gravísimas consecuencias para la región y previsibles reveses de toda índole para los intereses norteamericanos. Sin duda, Donald Trump guarda un as en la manga para doblegar a México: gravar con un impuesto especial las remesas que los trabajadores hispanos envían a sus familias más allá de la frontera y financiar con ello las obras. Una medida confiscatoria abusiva que, por lo demás, haría mucho daño a las pequeñas economías de los más humildes. Es decir, más arrogancia, más humillación, más resentimiento y más pertrechos ideológicos para radicales y ultranacionalistas, que recibirían un inesperado balón de oxígeno cuando se encontraban en franco retroceso. Incluso la propia idea de Estados Unidos como “crisol” podría entrar en quiebra a medio plazo. Consecuencias de ese voto puramente emocional que recaban los populismos.