Nuestra joven Carta Magna

Marco Antonio Aguilar Cortés

Salvo raras y honrosas excepciones, los trabajos periodísticos aparecidos recientemente con motivo del primer centenario de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos han dado por cierto que nuestra Carta Magna cumplió, ya, 100 años de vigencia.

Afirmar tal cosa es un error, agravado cuando lo expresan juristas e intelectuales de renombre.

Para aclarar ese punto, basta con leer su artículo primero transitorio: “Esta Constitución se publicará desde luego y con la mayor solemnidad se protestará guardarla y hacerla guardar en toda la República; pero, con excepción de las disposiciones relativas a las elecciones de los Supremos Poderes, Federales y de los Estados, que desde luego entran en vigor, no comenzará a regir sino desde el día 1o. de mayo de 1917…”

Lo de las elecciones entró en vigor al día siguiente de la promulgación y publicación oficial de dicha norma fundamental, el 5 de febrero de 1917 por orden del constituyente, y a propuesta del diputado por Lerma, Rubén Martí Atalay, químico biólogo nacido en Cuba, quien vivió rodeado de datos sugestivos y oscuros.

Los antecedentes y el procedimiento legislativo del constituyente 1916-1917 fueron generados por grupos de poder, ante hechos imperantes.

Asesinados el presidente Madero y el vicepresidente Pino Suárez el 22 de febrero de 1913, bajo la asquerosa autorización del embajador de Estados Unidos Henry Lane Wilson y los ejecutores de Victoriano Huerta, el gobernador de Coahuila Venustiano Carranza se levantó en armas contra la ilegalidad magnicida.

Para ello elabora, con un grupo de diversas tendencias y edades, el Plan de Guadalupe, documento constitucionalista para reintegrar el país a la legalidad.

Juan de Dios Bojórquez nos narra en su obra Crónica del Constituyente lo que prevalecía a la firma de ese plan. Blanco, Múgica, Treviño, Millán, jóvenes todos ellos, pedían que ese escrito incluyera programas educativos, de salud y libertad religiosa, a favor de los campesinos y obreros.

La habitación donde recibió don Venustiano a todos esos jovencitos rebeldes, rememora Bojórquez: “era pequeña, cuadrangular, con una diminuta ventana… y una puerta angosta… entre aperos rudimentarios… dos mesas mugrientas y apolilladas y dos sillas eran todo el ajuar de aquella oficina…”

E inició Carranza con una pregunta: ¿Quieren ustedes que la guerra dure dos años o cinco? La guerra será breve mientras menos resistencias haya que vencer. Los terratenientes, el clero y los industriales son más fuertes y vigorosos que el gobierno usurpador; hay que acabar primero con este, y atacar después los problemas que con justicia los entusiasman… Al triunfo de la lucha haremos un documento histórico”.

Y se hizo: es la Constitución que hoy nos rige, la que de verdad ilumina todo. La que espera ser bien conocida por los 120 millones de mexicanos; que la hagamos propia, y la apliquemos siempre.

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