Coffee Shop Amsterdam, de Rubenski

Carlos Santibáñez Andonegui

Todo poema es un modelo íntimo, escribe Juan Ferraté en su Dinámica de la Poesía, entendido como un dispositivo de acciones y reacciones destinadas a cumplirse siempre de un modo igual en el ánimo del lector, y a conformar de un modo determinado su experiencia en tanto dura para él, el poema. Esto se actualiza en una metáfora como puede ser: “Tu voz me transmuta en luciérnaga”, con la que abre Rubenski un poema: “Al interior”.

Con Rubenski, el poeta es un desprendido. El ser que crea su propio tiempo, cuando la realidad ha devorado el tiempo que marcan los relojes, y la destrucción se convierte en marca operativa de la construcción.

Por eso el primer verso del poemario es: “He roto las manecillas”, y en el último poema “Resplandores” nos enteramos que efectivamente, ha perdido el vuelo, que a él lo dejó el avión tras el disfrute de ocho días en Ámsterdam por detenerse a observar en este mundo cruel los cuadros de Van Gogh. Quien espere encontrar la medida de todas las cosas en el tiempo secuencial, convencional, no entra en la mirada de estos poemas. Los ojos que demandan son aquellos de Whitman cuando decía: “El reloj soy yo mismo”. La poesía como desprendimiento (“Mi espíritu serpiente eléctrica,/ Portal de lo invisible”) es la vivencia que repite Rubenski, más parecida al tiempo en su definición de “abstracción de las sucesiones” que intenta la Academia, pero de sucesiones correspondientes a una durée bergsoniana o duración interior, no la distancia que haya de un segundo a otro, sino la que se tiene al subir la marea cuando las aguas tratan de emular a la luna, de una ola a otra, siendo así la poesía un desprendimiento, lo que se eleva al subir la marea y se disfruta de suave temperancia, como insinúa precisamente un explorador, y no del inconsciente sino del Nuevo Mundo, Cristóbal Colón en su Bitácora o Diario de Viaje, al referirse a la crecida del agua cuando aparece la luna. Son las claves que piden ser abiertas con esta poesía, las llaves que “Abren la puerta al nuevo sol/ A la luna en creciente marea/ Elevando los cielos de la noche”.

Por lo mismo, es la evanescencia quien mejor se aviene a esta poesía, de presencia “volátil” y que afirma: “Mi voz estalla en el crepúsculo./ Sólo se escucha en pensamientos./ Sangre desbocada de la noche”. Crónica interior, (“En instantes me voy lejos”) la descifra una clave que remite al poema 126 de Las flores del mal, de Baudelaire: “Los verdaderos viajeros sólo parten por partir”. Así nuestro poeta, se da su tiempo para expresar: “Pienso en la ruta a Amsterdam”.

El poema que da título al libro: “Coffee Shop Amsterdam”, es el tributo a “miradas encendidas”, a retratos que sirven de decorado en las paredes; en vez de espectador, el poeta se siente observado. El juego marcha en la medida en que su destinatario traiga suficientemente asimilado lo que es la Europa de visiones aparentemente claras, que en realidad oculta su distorsión al aferrarse a algo que huye o escapa de las manos. Todavía en el siglo pasado, especialmente después de la gran Guerra, el secreto de la calma aparente pesó en su buen vino y gusto burgués, dejando ver apenas como un temblor de almas más allá de la claridad de las visiones. Si una moneda: el euro, ha querido integrar a una comunidad de naciones cuya fortuna empero comienza a decrecer, con el Brexit se deja atrás aquella Europa tranquila de: “su abrigo y su sombrero, señor”, y entumece el secreto de la banca suiza. Por eso el poema “Coffee Shop Amsterdam”, en labios de este desprendido de sí mismo, Rubenski, nos da a beber de todo, hasta nostalgia a tragos forzados. Ni siquiera un amante silencioso como él basta a entender la luz de las farolas humeantes, se necesitaría un vampiro, como el que busca ser con luces rojas en los colmillos, para morder esa Amsterdam y convertirla en suave “experiencia de los dioses”.

Rubén Campos Arias, poeta y narrador mexicano (1977), es Rubenski, autor de Corredores salvajes (2016), La obscuridad es la reina, (2003, Letras Vivas), seducido de la agilidad felina la convierte en poema. “Provocativo, lleno de malicia y buena puntería”, en opinión del llorado Gustavo Sáinz. Participó en la antología de poetas jóvenes Perduración de la palabra (UNAM). Sobreviviente de las luces de los autorretratos de Van Gogh, observador de Los Girasoles y su gloria eterna, resume:

“Han sido pisados/ Por la muerte./ Se dispersan/ A lo largo de la calle/ Arrastrados por el viento… Esperaban al sol/ Que los guiara a través/ de la noche”.

Coffee Shop Amsterdam, de Rubenski. Editorial Letras Vivas, México.

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