César Arístides
Poeta de la amargura existencial, de la añoranza macabra adornada por la queja, la noche del alma y la desesperación, Francisco Hernández es una de las voces más reconocidas de la poesía mexicana contemporánea. Con una larga trayectoria lírica, este poeta veracruzano habla desde la depresión y el abandono, desde la soledad y la angustia, desde el erotismo y el deseo salvaje y, con singular relevancia, elabora una serie de homenajes ardientes a poetas, músicos, pintores… Así, desfilan en sus páginas versos implacables a Robert Schumann, Aimé Cesaire, Emily Dickinson, Georg Trakl… entre muchos otros artistas, a los que el poeta quita del pedestal donde se alaban para situarlos en el contexto de lo humano, del dolor, el sufrimiento, la enfermedad y la muerte.
Célebre son sus libros: Mar de fondo, Moneda de tres caras, Soledad al cubo, Las gastadas palabras de siempre, Mi vida con la perra, en los que su carácter nervioso, melancólico, cercano a la lírica del llanto y la desolación, nos hablan de tardes de cine, del acecho taciturno de la enfermedad, del recuerdo en la playa, la desnudez de una mujer tan cerca de nuestro deseo y tan lejos del tiempo, de los poetas castigados, de los músicos derrotados, del recuerdo infantil donde el padre se vuelve en un adorable fantasma que rasga nuestros sueños.
Francisco Hernández es el ojo que mira la tempestad y la vuelve cuerpo voluptuoso, es el verso que parte en dos las intenciones del amante, la evocación del viaje iniciático al fracaso y la sangre que hierve ante el cuerpo amado. Su poesía duele a veces, pero marca nuestros días, concentra las emociones del hombre contemporáneo, ahogado en la tecnología y desolado en el amor, soñador insalvable y transeúnte en el mismo rumbo de su desesperación. Imposible no pensar con cierto temor en la perra Depresión, en Clara Schumann como espectro del anhelo que se desvanece en las mañanas frías, o en su caudillo Mardonio, que merece un párrafo aparte.
Imposible no sentir nostalgia cuando Francisco Hernández retrata a la misteriosa Emily hundida en ese delirio de silencios y soledad, cuando se revelan los propósitos de Charles B. Waite, cuando hace algún retrato de Octavio Paz, no para hablar de su poesía, sino para versar sobre lo que su presencia dejó en su vida.

Gracias al Fondo de Cultura Económica tenemos ahora en dos volúmenes la poesía reunida de este gran escritor mexicano, poeta de la melancolía, el hundimiento existencial y la sensualidad despierta a la menor intención. Incluye la obra las festivas composiciones de su heterónimo, Mardonio Sinta, coplero veracruzano gusto del aguardiente, de la voluptuosidad de las mujeres y la celebración de la existencia aún permeada en la tragedia.
Leer a Francisco Hernández es una cita con el tiempo pasado marcado por la desolación y el humor cínico, también oscuro; también es mirar los rasgos sensuales de una mujer, una iluminación de músculos entre perfumes de flores y deseos, sus poemas avanzan con febril claridad para acomodarse en nuestras emociones y llevarnos a la boca erótica o al despeñadero.
Hoy converso contigo Francisco… y en tu poesía reunida paso estas horas nocturnas, contigo de añoranza, loco amor, muerte y fragilidad de la vida.
Leer a Francisco Hernández es una cita con el tiempo pasado marcado por la desolación y el humor cínico, también oscuro; también es mirar los rasgos sensuales de una mujer, una iluminación de músculos entre perfumes de flores y deseos, sus poemas avanzan con febril claridad para acomodarse en nuestras emociones y llevarnos a la boca erótica o al despeñadero.

