Boris Berenzon Gorn
A Elvira Báez, cuya presencia detiene mi llanto
“Son nuestras metáforas las que nos vuelven humanos”. Sandro Cohen
¡No llores!, le quise decir ante este aterrador y confuso escenario cotidiano en que la violencia y la sordidez son el telón de fondo y la vulgar instalación artística de la existencia de los mexicanos con un estilo que jamás hubieran imaginado Marcel Duchamp o Antoni Muntadas. Nuestra realidad ya no cabría en las dos tandas por un boleto de Enrique Alonso “Cachirulo”, ni en las carpas de Jesús Martínez “Palillo”, vamos, ni en las insuperables y moralizantes sátiras de Mario Moreno “Cantinflas” o en las exquisitas y magníficas obras de Jesusa Rodríguez y sus herederas, las Reinas Chulas y es que ya no cabemos ni en el mundo de la escena, ni en la virtualidad de nuestra identidad. ¿En dónde estará escondida la dilatada pérdida? Urge en nuestro tiempo más metáfora y menos metonimia.
Tan complejo no sufrir con tormento ante la vejación obscena del crimen organizado y el sarcasmo de la corrupción en todas las geografías de nuestra existencia, en todos los sitios del poder, los partidos políticos y los organismos que nos deberían cuidar de esta ignominia.
La tristeza nos invade por nuestros muertos de todos los días, por este dos de noviembre eterno lleno de ofrendas y flores de cempasúchil y un incienso inodoro que evidencia la tragedia en cada rincón del país; por la trata de personas y los femicidios; por la objetivización y el mercado de nuestra gente. Por el fin de un proyecto de nación que no sabemos si acabó de consolidarse, como lo advirtieron tantas veces Octavio Paz, Miguel León-Portilla, Margo Glantz, Juliana González, José Emilio Pacheco, Carlos Fuentes, Edmundo O´Gorman, Luis Villoro, Adolfo Sánchez Vázquez, Jesús Reyes Heroles, Fernando del Paso, Roger Bartra, Sergio Fernández y los siempre imprescindibles Carlos Monsiváis y Elenita Poniatowska.[1]

Brota el llanto social, porque te asaltan y te roban lo que tienes y lo que no también: te roban tus sueños y las fantasías de todos. Nos han robado, o lo pretenden, nuestra erótica nacional que vive envuelta en un sombrío féretro que se pierde en una agotada reminiscencia que ni las ánimas ahuyentan.
¡No llores!, le quise decir, porque nos han quitado el derecho a sonreír y a ser felices, a caminar por nuestras calles y caminar sus parques y camellones, a volver a mirar sin melancolía nuestros lagos y montañas, incluso a ser cursis para creer, al son de mariachi, que hay un México lindo y querido. Sí, ese mismo que algún día fue el de la región más transparente, la ciudad de los palacios, o nuestro glamoroso Acapulco donde tantos se amaron y cabíamos todos. Hoy no te puedes sentir seguro en ningún lado. Y no sólo es la certeza jurídica y social que merecemos. No. Es la terrible incertidumbre de no saber qué terreno pisas, porque todo está formado por arenas movedizas que huelen al estiércol que deja el miedo ante el abuso y la permanente imposición de la fuerza.
Qué hacer con la tristeza cuando parece que nadie se da cuenta de lo que pasa. Todos estamos atemorizados, pendientes, petrificados: denegamos nuestra realidad. ¿O será que ya es parte de nosotros? parece que nada vale la pena, ya ni los patrihocicones podemos ser, que tanto presumía, Salvador “Chava” Flores al tenor de a que a le tiras cuando sueñas mexicano; ya nos da pena nuestra patria. Hemos olvidado sus hermosos lugares, su vasta cultura, su comida y su tradición gastronómica con todo y que nos la evocan a tambor batiente Cristina Barros, Marco Buenrostro y Rodrigo Llanes, quizá para decirnos al oído del paladar que no todo está perdido.

¡No llores!, le quise decir por nuestros paisanos que se han ido por la falta de un proyecto y a los que ahora un sociópata quiere regresar, construyendo el nuevo muro de un racismo rancio. Nos sentimos apenados de los gobernantes que han olvidado nuestra tradición diplomática; porque no alcanza la comida y la pobreza es cada vez más grande, las desigualdades son ya pedestres para tus hijos y los hijos de tus hijos, quienes no encuentran espacios ni una buena educación. Porque parece que el antivalor es lo de hoy, porque hemos cambiado la estética por la estática, la ética por la pragmática, la epistemología por la indulgencia y la ontología por la duda falaz de la existencia.
A fin de que no derrumbarse ya que la cultura parece que se desvanece ante el negocio de lo inmediato, ante la necesidad de lo fatuo, que quizá se explica en esta necesidad de huir de todo. Porque nos faltan los grandes debates, porque necesitamos ir a la feria con Juan José Arreola, un páramo de sueño con Alí Chumacero, y entender de otro modo lo mismo con Rubén Bonifaz Nuño. También necesitamos cantar con Juan Gabriel eternamente, y con Eugenia León vivir en un fandango permanente aderezado por la sensualidad creativa de Susana Zavaleta. Y la megabizcocho Regina Orozco, que nos recuerda que se puede ser feliz y ser entrón para retomar, de manera radical y con la alevosía de Luis Eduardo Aute en la voz de Adriana Landeros, el ¡hoy toca! de Germán Dehesa.
¡No llores!, porque ya no hay tiempo para jugar, porque los medios ya no aportan más que notas rojas y negras, porque se puso en duda la sabiduría de la historia, la trascendencia de la filosofía, las matemáticas y la retórica que tanto defendió Helena Beristáin; porque triunfó la intromisión y los empresarios honestos no confían en nuestro país, ni nosotros en ellos. Porque perdimos ese tan maravilloso humor de los mexicanos multicolor, negro, índigo, rojo, que al final nos salvaba en una carcajada y que hoy esta entumido por más que trata de moverse. Y se van tus parientes a buscar otros mundos, porque ya no queda más que esconderse.

¡No llores!, le quise decir por última vez y le pedí una pizca de esperanza al abrazarlo, una suerte de juegos artificiales de sueños, un jaripeo de emociones políticas nuevas, una serenata de críticas, y le insistí que creáramos una feria con algodones de letras nuevas y canicas de reflexión, como la llamada generación de medio siglo, muchos buñuelos democráticos y republicanos cuando la nación peligra al estilo Javier Barros Sierra, hacer todo lo necesario para no bajarnos de nuestra rueda de la fortuna.
Estoy obligado a llorar, me contestó. Ayer mataron a mi esposa y a mi hijo. Mi hija se debate entre la vida y la muerte en terapia intensiva y me acusan de haberme querido defender: debo asumir cargos. Fue un asalto. Estoy obligado a llorar, me dijo. Y desde entonces me quedé en un silencio abrumador y asfixiante.
[1] Hoy siguen el debate Diego Valadés, Enrique Krauze, Soledad Loaeza, Juan Villoro, Jorge G. Castañeda, Liébano Sáenz, Jesús Silva Herzog Márquez, María Amparo Casar, Federico Reyes Heroles, Jorge F. Hernández, Sara Sefcovich, Julio Hernandez, Jorge Volpi, Fabricio Mejía, John M. Ackerman y la siempre lúdica Pilar Montes de Oca Sicilia en un multifacetico grupo.

