Ni hay hombres absolutamente solos ni obras artísticas solas. Las creaciones del intelecto, las producciones de una sensibilidad se insertan en una tradición, en una cultura de la que sólo pueden escapar para morir. Mientras vivan, gracias al lector, al espectador que les da vida, pero también al traductor, al crítico, al pueblo mismo que se ha apropiado de ciertos referentes, las creaciones seguirán dialogando con el entorno y con otras obras. El ensayista suele propiciar estos diálogos al establecer vínculos entre diversas obras. En la cultura, hecha de sistemas de vasos comunicantes, la interrelación de obsesiones, temas, preocupaciones recurrentes e incluso de determinadas formas externas de la creación no sólo puede salir a flote sin que el creador se percate, sino que incluso puede provenir de espacios y tiempos insospechados. No hay obras solas porque no hay nada que provenga de la nada, por más originalidad que se pretenda, por más intención de ruptura que se imponga.
Lo más cercano al individuo y, por tanto, a la originalidad no es el tema ni el diálogo con otras obras, sino el estilo, la forma con que se trata ese tema o ese diálogo. El arte radica en las técnicas empleadas, pero particularmente en literatura no existe ni un estilo totalmente propio ni tampoco neutral, transparente. Lo que Roland Barthes llama “grado cero” de la escritura (y ejemplifica con El extranjero, de Albert Camus) resulta, justo por antirretórico e incluso “deshumanizado”, tan “artificial” y elaborado como cualquier estilo tradicional. Lo que ocurre es que Camus requería ese estilo expositivo, lleno de indiferencia, tendiente a la neutralidad, con el fin de denotar y acentuar el carácter de su “extranjero”, cuyo mismo apellido (Meursault) ya contiene la raíz meurs (muero). Hay en efecto un tono frío, neutro ante el mundo. Se trata de un estilo impersonal, expositivo, duro, lúcido: no hay pasión ni exceso de emociones. El narrador protagonista de L’étranger contrasta radicalmente con Juan Pablo Castel, narrador de El túnel, de Sabato, caracterizado por la pasión y los excesos. Camus creó a un hombre neutro, amoral, indiferente y para ello utilizó recursos muy bien calculados, a fin de elaborar un estilo que correspondiera a su personaje. El estilo es el vehículo de la imagen del mundo de Meursault. De ninguna manera se trata de algo espontáneo o natural, y la prueba es que tal estilo, en tanto técnica y procedimiento, puede contrastarse con el que el mismo Camus emplea en otras obras suyas, como La peste, La chute, Caligula o Le malentendu, para no hablar de sus numerosos ensayos.
La conclusión es clara: jamás se debe confundir “estilo” con “ornamento” ni mucho menos con exceso de adornos. Quienes sobreadjetivan y abusan de recursos retóricos creyendo que allí radica la “literariedad” no hacen sino confundir estilo con ornamento. Cuando el adorno no sobra, ya no es adorno, sino parte del estilo. En El extranjero no hay ornamentos, pero sí un estilo definido, personajes verosímiles, escenarios y atmósferas bien delineados, donde nada sobra ni falta. El estilo como procedimiento para acatar un tema no es adorno, sino algo necesario, y debe trabajarse en él para producir los efectos deseados. Jean Cocteau decía que “el estilo decorativo no ha existido nunca. El estilo es el alma y, por desgracia, en nosotros el alma asume la forma del cuerpo”, y Susan Sontag afirmó que “la máscara es el rostro”. En otras palabras, en un buen texto fondo es forma o viceversa. Allí también se refleja la subjetividad, a pesar de que ésta pueda continuar alguna tendencia estilística.

