Si el presente trata de juzgar el pasado, perderá el futuro. Winston Churchill
Antes, conviene aclarar que es una falacia que todo tiempo pasado fue mejor; simplemente fue distinto, distintas circunstancias, distintos nosotros mismos.
Viene al caso esta afirmación porque hoy todo el mundo está escandalizado por las terribles circunstancias que atraviesa Venezuela, ante la inminencia de que esa nación caiga de nuevo bajo la bota de la dictadura.
Y conviene recordar que, pese a todo, Nicolás Maduro heredó el gobierno de manos de Hugo Chávez, quien llegó al poder por la vía electoral, fue elegido. Y subrayar que las actuales dificultades venezolanas son el resultado de haber llevado al gobierno a un caudillo, a Hugo Chávez.
Durante casi todo el siglo XX las naciones latinoamericanas han sido gobernadas por caudillos, cuyos mandatos devinieron en férreas y brutales dictaduras.
En estos tiempos de agitación preelectoral, pues estamos a un mes para que arranque legal y formalmente el proceso electoral de 2018, los esfuerzos de todas las fuerzas políticas, económicas y sociales están dedicados a la disputa por el poder.

Es posible que el PRI haya cometido muchos abusos durante la mayor parte del siglo XX que gobernó a México; pero es innegable que, pese a todo, en esos largos años se construyeron instituciones.
Sí, el gran fallo de los gobiernos priistas fue que no era una realidad plena aquello del sufragio efectivo, pero, también es cierto que durante todo el siglo XX en México no se erigió el gobierno de un caudillo.
Los intensos, acalorados y hasta delirantes debates, característicos de la lucha por el poder en todas las democracias, seguramente tratarán de ignorar esa circunstancia, que, mientras en tantas naciones ocurrían cuartelazos encabezados por caudillos, en México, el relevo en la presidencia facilitó entreverar generaciones e impidió la entronización caudillista.
De alguna manera, como quiso Calles, dejamos de ser nación de caudillos y empezamos a ser nación de instituciones. Y eso no es cosa menor.
Que las pasiones políticas no nos lleven a sumergirnos en estériles debates por el pasado, porque, como dijo Churchill, perderemos el futuro.
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