En una columna de La Jornada, el periodista Pedro Miguel señaló la dificultad para conocer la verdadera situación de Venezuela desde México por la distancia física que nos separa, yo añado que la falta de información imparcial sobre la situación se suma a ello. Sin embargo, el periodista acentuó las tropelías que los presidentes mexicanos han cometido y cometen en nuestro país. La intención de Miguel es situar la mira en lo que podemos entender y en el lugar en el que podemos actuar, en vez de distraer nuestros esfuerzos en realidades histórico-sociales que dada su distancia plural nos son poco verificables.

En esta entrega, quiero, no obstante lo dicho antes, detenerme sobre la información que la escritora italiana, Marinella Correggia, autora de El presidente de la paz, y coautora de L’alba del avvenire y de La lunga marcia dei senza terra brinda sobre algunos objetivos de la Asamblea Constituyente Venezolana del 30 de julio y, en particular, sobre su perspectiva agrícola para evitar las cargas del mundo globalizado que destruyen a pequeños y grandes campesinos, así como la autonomía alimentaria de un país. Como muestra, un botón, y del primer mundo: el fenómeno de los suicidios de jóvenes agricultores franceses que plasma el video J’avais un rêve (Tenía un sueño) ahorcados por el sistema de créditos y las fluctuaciones de sus productos en la bolsa de valores global.

Correggia escribe sobre la opción de la reciente Constituyente venezolana de encaminarse hacia “un nuevo modelo de economía postpetrolera, productiva, diversificada, que satisfaga las necesidades de aprovisionamiento de la población”, así como “la preservación de la vida en el planeta, protegiendo la biodiversidad y desarrollando una cultura ecológica”. Ya a inicios del siglo XXI, el presidente Hugo Chávez había creado el Instituto de Formación Agroecológica Paulo Freire apoyándose en el Movimiento sin Tierra de Brasil y dentro de la alianza de cooperación Sur-Sur. La idea fue invertir en el sector agroalimentario las rentas del petróleo con el fin de producir para el consumo y también para producir semillas autóctonas; “una perspectiva de estrategia para la soberanía y la independencia alimentaria a la que aspiramos”, dice el campesino Simon Uzcátegui. La dificultad para obtener fertilizantes e insecticidas industriales ha impulsado la investigación y actividad agroecológica. Incluso en Venezuela se creó un Ministerio de Agricultura Urbana que ha apoyado huertos, mercados comunales, sistemas de adquisición colectiva, venta local, entre otros.

Estos hechos son poco conocidos en México, país en el que el gobierno y las agrotransnacionales han arrasado prácticamente con la cultura y el cultivo campesinos acarreando miseria y migración a las zonas urbanas del país y fuera de él. Incluso, puntualiza Correggia, el movimiento agrícola La Vía Campesina (https://viacampesina.org/es/?s= y https://youtu.be/yYlJ18ghe0U), en su VII Conferencia mundial, señaló la existencia de un plan de desestabilización dirigido por los Estados Unidos, que “incluye, por una parte, la acción en la economía con el acaparamiento de productos y la destrucción de centros de almacenamiento y transporte para crear escasez, incrementar los precios y aumentar el costo de la vida de las personas de ingreso más modesto (…)”. En nuestro país es urgente la cooperación con los países del Sur para recuperar nuestra autonomía alimentaria y nuestra tan maltrecha dignidad.

Además, opino que se respeten los Acuerdos de San Andrés, que se investigue Ayotzinapa, que trabajemos por un nuevo Constituyente, que recuperemos la autonomía alimentaria, que revisemos a fondo los sueños prometeicos del TLC.

@PatGtzOtero