En una colaboración anterior en nuestra revista Siempre!, expresaba que en la celebración y acontecimientos de la XXII Asamblea General del PRI, los actores y observadores de la cosa pública tenían puesta toda la atención y había ganado todos los reflectores, por la importancia que impregnaría al 2018.
El clima parecía presagiar tormenta y hasta hubo quienes la equiparaban con la XIII y anunciaban una nueva escisión encabezada por los inconformes que añoran los tiempos en que formaron parte de la dirigencia y del grupo compacto que tomaba decisiones, algunos de ellos de triste memoria y que no gozan de buena fama pública.
La idea central de estos grupúsculos —sin influencia real en la militancia— era arrebatar o acotar la facultad metaconstitucional del presidente de la república en turno, del PRI por supuesto, de designar a su sucesor y ungirlo como candidato del ahora nonagenario tricolor.
A la vieja usanza y recordando antiguos tiempos a mano alzada y por unanimidad se aprobaron los documentos de las diversas mesas de trabajo, incluido el aprobado en Campeche que, empleando el lenguaje coloquial usado, “quitó los candados” para que fuese factible en un momento dado que el candidato priista a la presidencia fuese un ciudadano simpatizante y, como para revirar a los facciosos inconformes, incluidos los que no dieron la cara, se aprobó la prohibición los “chapulines” , esto es la de ser candidatos de inmediato o reelegirse brincando de diputado a senador o viceversa, como legisladores plurinominales, medida que tiene destinatarios con nombre y apellido.

El acto central en el Palacio de los Deportes fue apoteósico, la proverbial disciplina priista fue el elemento cohesionador de la unidad y el cierre de filas en torno a la figura presidencial. Y sería bueno que nadie se cuelgue medallas entre los operadores de la asamblea; la unidad como resultado de la disciplina solo pudo ser por ese reflejo condicionado, ese impulso ancestral de seguir al líder nato del partido, que es el presidente en funciones. Lo anterior cuesta trabajo entenderlo y más aún dimensionarlo a la luz de la baja popularidad, los cuestionamientos a su gestión y la intensa campaña de descrédito, que desde la oposición se ha orquestado y que acompaña al actual Ejecutivo federal.
Lo sucedido en el interior del priismo permitió que se ampliara el espectro de los posibles candidatos, los ingenuos vieron un destape prematuro del actual encargado de las finanzas públicas y pudimos testimoniar una especie de bufonada, solo que al retirarse de la reunión, acompañado de un antiguo militante del priismo echeverrista, puso a dudar a los conocedores.
El caso es que, pese a todo, la decisión sobre quién será el candidato del PRI, a pesar de los críticos y algunos con ADN antipriista, más los panegiristas de otros candidatos y partidos —y súmele oportunistas y comentaristas que se esconden en la función de opinadores para hacer política—, todos a una están pendientes de las “palabras mayores” como calificó en su novela Luis Spota a la decisión de ungir a su sucesor.
Resta pues esperar el próximo otoño para estar en condiciones de formular escenarios. ¿Quién será el candidato del PRI? ¿Cuajará el Frente Amplio Opositor? ¿Habrá una alianza entre las izquierdas, o estas se suman a AMLO? Aún faltan algunas lluvias, ciclones y tormentas tropicales.

