Que la gente fallezca no es sorprendente, sobre todo cuando ya tiene una edad avanzada. Nos duele que aquellos que amamos, respetamos o de quienes aprendimos algo nos dejen huérfanos, es el caso más reciente de Rius (1934-2017) y de Jaime Avilés (1954-2017). Mucho se ha ya escrito en estos días sobre ambos hombres que abrieron horizontes para comprender nuestra realidad nacional desde la segunda mitad del siglo XX. Ambos escritores tenían una decidida posición crítica de la sociedad y realidad, incluso el primero defendía el vegetarianismo y proclamaba su ateísmo militante. Independientemente de que la ideología socialista fuera la guía que orientaba su crítica de una realidad que no sólo conocían desde su escritorio, y que uno pueda o no estar de acuerdo con esta premisa, lo cierto es que su cuestionamiento honesto invitaba a entrar en diálogo con ellos, ya sea rumiando lo que decían o buscándolos para dialogar. No me detendré sobre lo que cada uno de estos hombres hizo y dijo.
Regreso a la sensación de orfandad que cada generación humana ha experimentado. Los viejos mueren y dejan a la siguiente generación al frente de la historia familiar o colectiva. Lo original de este siglo XXI es que la ciencia aplicada ha acelerado los cambios sociales que ya no se rigen por “el tiempo” de lo humano sino por el de capacidad técnica y tecnológica. Jean Robert ha escrito un libro en francés titulado Le temps qu’on nous vole (El tiempo que nos roban), en el que realiza la crítica del automóvil que en vez de hacernos “ganar” tiempo nos hace “perderlo”. El título, sin embargo, se puede aplicar generosamente a toda la actividad productiva regida por la eficacia que nos atrapa como un gran engranaje, realidad que, gracias a su encuentro con Gandhi, Chaplin plasmó magistralmente en Tiempos modernos. Por si fuera poco, en este sistema globalizado es casi imposible elegir un modo de vida diferente.

Si Rius y Avilés nos ayudaron a develar una realidad principalmente económica enraizada en el siglo XX, Ivan Illich (qepd) nos dio herramientas para cuestionar las certezas modernas exacerbadas en el siglo XXI. Otros grandes pensadores han abonado el mismo terreno, algunos siguen en el reino de los vivos. Entre ellos, Jean Robert quien a sus ochenta años pisa el suelo de Cuernavaca. O el francés Serge Latouche, que aún vive en París. O Gustavo Esteva, arraigado todavía en Oaxaca. Ellos forman parte de una generación de “ancianos”, en el sentido de edad sabia. ¿Dónde está el relevo para ellos? ¿Dónde quienes puedan tomarse el tiempo para adquirir conocimientos vía los libros y vía el contacto con lo real (del que muchos académicos carecen) para interpretar los vertiginosos cambios que nos arrastran y mostrar una vía de humanización? La generación de “los ancianos” aún vivió en “el tiempo” de lo humano concreto, todavía tuvo tiempo de madurar; la generación que les sigue, la de sus hijos, que ya nacieron en el auge de los automóviles, también gozó de este privilegio, aunque también ya se perdió en la aceleración del transporte y, con él, del resto. Esta generación que va quedando a la cabeza, siente la orfandad de manera más pesada porque se gozó demasiado en una larga adolescencia inevitable. Existirán los que retomarán los anteojos para mirar lo real, no lo dudo, pero quizá ya no los que quieran escucharlos porque ésos sí, no tienen tiempo.
Además, opino que se respeten los Acuerdos de San Andrés, que se investigue Ayotzinapa, que trabajemos por un nuevo Constituyente, que recuperemos la autonomía alimentaria, que revisemos a fondo los sueños prometeicos del TLC.

