¿Qué hace que un grupo de países quieran unirse? ¿Qué finalidad los impulsa? Si nos remontamos a los “padres fundadores” de la Unión Europea podemos ver comparativamente lo que es el TLCAN para saber si los mexicanos queremos seguir en él.
Tras la Segunda Guerra (1940-1945), que coronó de manera cruenta una serie de luchas intraeuropeas, algunos hombres se dieron a la tarea de pensar cómo evitar nuevas acciones bélicas. Entre ellos se encontraban abogados, filósofos, miembros de la resistencia, agricultores de seis países. Pensadores y hombres de acción que vivieron una guerra que consideraban “fratricida”, pues confrontó a pueblos que tenían una historia común y, para algunos, una sola religión. La finalidad de los padres fundadores era crear una zona próspera y unida ligada por una cultura compartida.
Curiosamente, el primer objetivo tuvo que ver con la economía. Pero, la finalidad no era económica, sino pacífica. Robert Schuman, francés, propuso en 1950 controlar de manera conjunta la industria del carbón y del acero, con el fin de evitar decisiones unilaterales sobre estos elementos necesarios para la guerra.
No me detendré sobre los ires y venires de países integrantes de esta comunidad ni sobre los sucesivos momentos que ha vivido y entre los que resalta el Brexit. Me interesa señalar que el ideal de quienes dieron nacimiento a esa utopía era la convivencia entre iguales. Ésta permitió el libre tránsito de personas de un país al otro, así como el apoyo de las zonas más ricas a las más pobres. Además, cada uno de los pasos se pensó y dialogó largamente. En muchos países se hicieron referéndums para aceptar o no ciertas medidas. Las bases sociales de cada país defendieron aquellos bienes locales que medidas comunes podían dañar. No pretendo que los poderes económicos no hayan terminado por imponer sus intereses ni que “lo común” no haya terminado por aplastar a “lo local”. Sin embargo, aun así, en el seno de la Comunidad Europea el elemento reflexivo y los temas no económicos siguen dando batalla contra los poderes fácticos.

En relación con esta larga historia iniciada en los años cincuenta del siglo XX, el TLCAN es muy joven, y no tiene las bases humanísticas de la Unión Europea. Desde el inicio el TLCAN se situó como un proyecto económico, cuyo miembro más pobre y menos democrático era México (¡su pobreza le daba la “fuerza” de su mano de obra barata!) y en el que las bases sociales no tuvieron ni voz ni voto. Al mismo tiempo, los líderes cupulares han vuelto la espalda a acuerdos de países latinoamericanos que histórica y culturalmente nos son más cercanos.
¿Qué queremos de la Unión con dos monstruos económicos en el que uno cierra la puerta al libre tránsito y el otro se hace de la vista gorda ante la destrucción que realizan sus mineras en nuestro país? Es evidente que la mejora salarial, laboral y de Derechos Humanos en México que piden nuestros vecinos no es filantrópica, sino comercial: subir el costo de las manufacturas y cerrar de facto el interés por los inversionistas a causa de los bajos costos de producción en México. ¿Por qué no voltear hacia el Sur del Continente para negociar de manera digna con nuestros hermanos latinoamericanos? ¿Por qué no preguntar al pueblo hondo lo que quiere? Nos han vendido la idea de que, si nos juntamos con los de arriba, seremos de arriba. ¿A qué arriba queremos tender, uno humanista o uno rapaz?
Además, opino que se respeten los Acuerdos de San Andrés, que se investigue Ayotzinapa, que trabajemos por un nuevo Constituyente, que recuperemos la autonomía alimentaria, que revisemos a fondo los sueños prometeicos del TLC.
@PatGtzOtero

