El Inventario de JEP/Última parte

Para Ignacio Baca Lobera y Álvaro Díaz Rodríguez

La presencia de José Emilio Pacheco (JEP) es axial en las letras mexicanas y latinoamericanas; su obra, como se sabe, abarca el ensayo, el cuento (los primeros aparecieron en La sangre de la Medusa en 1959) la poesía (quince títulos, desde Los Elementos de la noche de 1963 hasta La edad de las tinieblas de 2009), la novela experimental Morirás lejos, ahora reeditada (ERA, 2017) con motivo de los cincuenta años de la primera edición, así como Batallas en el desierto (1981), la novela más popular en México, por lo menos en los últimos treinta años; además del estilo diáfano —que proyecta las reflexiones de un niño— y la aparente sencillez de la narración, esta novela corta (cuando apareció en el suplemento Sábado de unomasuno, el 7 de junio de 1980, se consideró un cuento largo) da cuenta de un momento de la realidad del país fundamental: el alemanismo (1946-1952) que marca el fin absoluto del México posrevolucionario.

Permanecieron los lastres del caudillismo, representado en cacicazgo. La nostalgia del tiempo que no volverá, de las ilusiones perdidas, de evocación de una ciudad cuando la modernidad y la influencia de cultura estadounidense irrumpieron con entusiasmo, devoción y consumismo.

Las voces anónimas en JEP

Hay cierta nostalgia como el vaho que se difumina y agota palabras; un mundo en representación, diríamos escenográfica, tuvo un inicio tan eufórico como una obertura rossiniana y concluyó como drama de corrido concebido mientras se canta en medio del desasosiego y que en la actualidad se ha teñido de tragedia en distintos ámbitos, sectores y territorios de la sociedad mexicana. El “milagro mexicano”, como la prosperidad sin retorno del país gracias al TLC, son dos murales del fracaso de un país que vive en una crisis eternizada. José Emilio Pacheco ha rescatado la desolación de las voces anónimas y la ruindad, estulticia y envilecimiento de la clase política y de la empresarial cuya promiscuidad negociante se ahonda en un inusitado best seller de la literatura mexicana de finales del siglo XX y principios del XXI. Junto con los textos contenidos en El principio del placer (1972), esta novela es significativa para los jóvenes lectores. Esa nostalgia, es paradójico, cubre como pátina las notas posibles que se añaden al primer capítulo de Las batallas en el desierto que contiene y respira constantes temáticas en la obra de José Emilio Pacheco: el poder, la ciudad y el desastre.

La preocupación de Pacheco por integrar la cultura —en el sentido más amplio y polisémico— donde la historia siempre ilumina y sombrea la escritura es un parte de su proyecto escritural; se respira por igual en todos los géneros que abordó: No amo mi patria. / Su fulgor abstracto / es inasible. / Pero (aunque suene mal) / daría la vida / por diez lugares suyos, / cierta gente, / puertos, bosques de pinos, / fortalezas, / una ciudad deshecha, / gris, monstruosa, / varias figuras de su historia, / montañas /—y tres o cuatro ríos. (“Alta traición” en No me preguntes cómo pasa el tiempo, 1970.)

40 años inventariados

En el Inventario, que con una excepcional constancia JEP escribió a lo largo de cuatro décadas (Excélsior, 1973-1976; Proceso, 1973-2014), se respira, también, una desazón por la fugacidad de la existencia y por la pobreza de la vitalidad de los hechos, personas y lugares, pero la acepta y solo trata de salvarse desde la escritura (“No entiendo por qué la vida es como es. Tampoco alcanzo a imaginar cómo podría ser de otra manera”, dice en El principio del placer).

 En ¡1955!, por ejemplo —publicado en 1995 e incluido en el tercer tomo antológico de Ediciones Era— JEP apunta: “En la cultura contemporánea la rapidez del olvido supera la velocidad de la luz. Para la inmensa mayoría de los mexicanos 1955 es un año anterior a su nacimiento, por lo tanto prehistórico, tan remoto como 1786 o 1329”.

Seguirá una narración —entre la crónica y la memoria— de la importancia de ese año en la política internacional (ese año nace el uso del término Tercer Mundo, en la conferencia de Bandung), en el pensamiento, en los inventos tecnológicos. las modas musicales, los artistas pop (Marilyn Monroe, Elvis Presley, James Dean), la presencia de la televisión, que “iba a matar al cine y desde luego a la lectura”. JEP nos recuerda que al final de ese año se escuchó la voz de los negros rebelándose contra la discriminación racial, cuando en Memphis, Alabama, una costurera negra, se negó a cederle el asiento a un blanco; el repudio a su arresto provocó una concienciación de la comunidad negra. Surgió, entonces, un joven líder: Martin Luther King (quien concluyera un discurso en 1963 con la frase que se convirtió en lema de una época: “yo tengo un sueño”). Y en México “no pasa nada. Los jóvenes lamentan vivir una era tan aburrida”. Hay una crisis económica bajo la presidencia de Adolfo López Cortines (1952-1958), quien un año antes había devaluado el peso. Ese año se publicaría Lolita de Vladimir Nabokov y Pedro Páramo de Rulfo.

Riqueza biográfica

El tercer tomo antológico del Inventario abarca textos publicados entre 1993 y 2014 (el primero: de 1973 a 1983; el segundo: de 1984 a 1992). Entre los retratos-monografías biocríticas, encontramos los nombres de Carmen Mondragón (Nahui Olin), Alma Reed y Felipe Carrillo Puerto, Teresita Urrea (1873-1906), Juan de Dios Peza, Heriberto Frías y su Tomochic; Alfonso Taracena (1896-1995), Gerardo Diego, Vicente Riva Palacio, Justo Sierra, Carlos Pellicer, Alfonso Reyes, Octavio Paz, Joaquín Diez-Canedo (1917-1999), Álvaro Mutis, Sergio Pitol, Fray Luis de León, Fernando Benítez, Juan José Arreola, Rodolfo Usigli, Alí Chumacero, Antonio Alatorre, Tomás Segovia. Aquí se reproducen solo nombres de personajes y escritores, mexicanos y aquellos afincados en nuestro país y relacionados con nuestras humanidades.

Con la anterior enumeración, y solo como una muestra, se puede observar la riqueza de este Inventario (repetimos, un género narrativo en sí mismo). Lamentamos que a una labor editorial de esta magnitud no se le haya dedicado un estudio introductorio o al menos una introducción ponderada, más allá de las dos páginas iniciales: “Sobre esta edición”. Habríamos agradecido aún más esta publicación —que será un punto de partida para muchos estudios sobre la obra de JEP y la cultura mexicana— si hubiese contado con un índice onomástico, además del establecimiento de una bibliografía, rubro que tanta indiferencia provoca, incluso, a editores, investigadores y académicos. Se olvida que las bibliografías son los índices de la memoria histórica.

José Emilio Pacheco, Inventario. Antología. III: 1993-2014. Selección de Héctor Manjarrez, Eduardo Antonio Parra, José Ramón Ruisánchez y Paloma Villegas. Ediciones Era, 2017, 662 pp.