En una conferencia pronunciada en las instalaciones de la UNAM en las postrimerías del periodo presidencial de Vicente Fox, Alain Touraine, el célebre sociólogo francés, dijo lo siguiente: “México está conformado por tres bloques: uno arriba, en el que habita la clase política bloqueada y paralizada; uno, el intermedio institucional, donde todo o casi todo está mal; y uno abajo, en el que está la sociedad llena de vitalidad, lo más vital y creativo, en tanto no cesa de exigir el cambio”.
Cual si fuera una premonición, la certera descripción del ilustre pensador galo se cumplió a cabalidad durante los intensos días que siguieron al sismo del 19 de septiembre. Una vez más, la respuesta de la ciudadanía ha sido conmovedora. Cientos de miles de hombres y mujeres dieron curso a una maravillosa sinergia que escapa a cualquier explicación de carácter científico, formaron infinitas cadenas humanas, levantaron escombros, apoyaron sin esperar nada a cambio, consolaron, abrazaron, brindaron amor y contención.
Dentro de ese luminoso crisol brillaron con luz propia las brigadas juveniles, particularmente las provenientes de la UNAM, quienes de este modo honraron el lema del mural de Siqueiros que engalana la entrada de la sede de la rectoría: “El pueblo a la Universidad, la Universidad al pueblo”.
Esta muestra inequívoca de empatía, fraternidad y solidaridad solo puede emanar de una insondable e inextinguible reserva moral a la que debemos aferrarnos para dar una respuesta ciudadana organizada y contundente a otras tragedias que están azotando el país: corrupción, impunidad, pobreza, desapariciones, feminicidios, crímenes de lesa humanidad, violación generalizada de derechos humanos, etcétera.

La energía de la sociedad civil contrastó severamente con las actitudes sociópatas de la clase política: frialdad emocional, ausencia de palabras de aliento a las víctimas, defensa a ultranza de sus parcelas presupuestales, rapiña y apoderamiento de víveres para un posterior uso partidario, frivolidad, podredumbre moral.
A propósito del sismo del 85, el otrora presidente Miguel de la Madrid consignó en su libro “Cambio de rumbo” esta advertencia: “La principal falla, sin duda, fue la carencia de un plan global de acción civil ante el desastre”. La conducta absolutamente reactiva, disfuncional, esclerotizada e improvisada del gobierno frente a los devastadores sucesos del pasado 19 de septiembre hace pensar que seguimos padeciendo esa misma patología institucional.
Los sismos son impredecibles, empero, la respuesta oficial ante esas calamidades es perfectamente anticipable, planeable, organizable e instrumentable. Ello al parecer no fue así y se potencializó el grado de daño del cataclismo. Estamos ante una magna negligencia gubernamental que no puede quedar impune. Las organizaciones de la sociedad civil, sobre todo los afectados, deben exigir la rendición de cuentas y el fincamiento de las responsabilidades políticas, penales, administrativas y patrimoniales de servidores públicos a que haya lugar.


