Ricardo Muñoz Munguía

Dos trazos se deslizan por el libro de paisajes y de sonetos, el que precisamente lleva por título Cielos y paisajes. Se trata de dos instantes paralelos; uno se posa sobre el cuerpo del lienzo y, el otro, sobre la piel de la página. Ambos instantes o líneas atraviesan los territorios donde la soledad es un eco que domina la luz hasta hacerla tímida, que enfrasca las voces para ubicarlas detrás de los matorrales, entre las paredes de hogares que, pareciera, es preferible ahogar o detener ahí esas voces que, como se apunta en unos versos de Octavio Paz, cito de memoria: “van de ningún lado a ninguna parte”. Aunque, quizá, aquí van de la memoria a la sangre del cuadro.

Las pinturas al óleo, de pequeño formato, de Xanthe Holloway, en las que predominan los paisajes, se desata un lenguaje o discurso sobre los sitios que nacen de esa cicatriz de luz: la infancia, pues en la presentación del volumen Cielos y paisajes, en La Salamandra otra vez (Calle Caballo Calco 33, esquina con Presidente Carranza, en Coyoacán), donde continúa esta exhibición de este trabajo de versos y arte plástico que dieron por resultado el volumen que hoy nos ocupa, y ahí nos enteramos que en uno de esos cuadros está la casa de la niñez de la artista, una casa envuelta en el invierno de Inglaterra. Así, por igual, otros lugares que traspasaron su mirada son devueltos en esta obra pictórica. Cielos de Italia, Alemania, México…, donde actualmente reside Holloway.

Por su parte, César Arístides, con base en estas pinturas, ocupa su labor poética para exponer su versión, una especie de traducción que sentimos, sí, sentimos, pues sus versos aunque en buena medida describen los gestos de los cielos y los paisajes, de pronto cava hondo, va al punto donde el mar, las rocas, la arena, las casas, la nieve, las nubes, la expresión de luz…, se quedan en la puerta, entonces su poesía, como es habitual en su quehacer creativo, hurga y pone el sentir de la soledad, la tristeza, lo incierto del día, hasta la locura…, sobre nuestra memoria. “Walchense, Alemania”: “cielos manchados de orfandad pedazos/ de humareda contenida pedradas/ y huesos de nubes trepanadas son gruñido// colmados de perturbación no es pulcro/ paisaje de algodones bendecidos/ son sueños destazados los rendidos/ anhelos malogrados son sepulcro”.

Así, frente al espejo al que nos provoca entrar, y, por igual que él lo hace consigo mismo (“San Lucas el Grande, México”: “la casa de mis muertos pensativa/ me mira desde lejos asustada/ parece dicha triste abandonada/ desnudas sus ventanas son esquiva// memoria de ilusiones y fervores/ alzada en la ventisca piedra a piedra/ refulge su desdicha en una hiedra/ que alivia con el viento sus dolores”), abordar a nosotros mismos, territorio de lo indeleble, de luces y sombras.