La música fue para mí siempre un asunto serio. Mi sentido de yunque, martillo y tímpano fue educado bajo las notas de las misas catedralicias y las sinfonías de Bellas Artes cada domingo de mi infancia sin excepción. Sufría por ello la imposibilidad de hablar o escribir de música  sin sentirme abotargado en un traje sofocante y con un curioso halo de solemnidad.

Hubo episodios muy claros que rompieron mi ostracismo musical, pudiese enumerarlos todos, pero me limito a los que no se han escondido en la memoria. El primero de ellos fue leer Le Fantôme de l’Opéra de Leroux en un viaje que me tuvo 15 horas en un avión, descubrí ahí la pasión de la música;  años después, el Concierto barroco de Carpentier me hizo conocer su festividad; en mis estudios sobre Agustín Lara noté su faceta nostálgica. Pero, cuando escuché cantar a Vann Vázquez pude ver y escuchar la sonrisa de la música.

Una noche de octubre, en que el cielo se escurrió por completo, llegué como hecho de agua, a un lugar acogedor en donde estaba ella. Era la simpatía en persona. Nos presentó, de manera casi  epistolar, su madre, una mujer encantadora que todos los días a mi derecha me salva de la cotidianidad, cuando conversamos  de literatura  y cine. Vann no podía ser menos extraordinaria, viene de familia.

La cantante Vann Vázquez

La cantante Vann Vázquez

Pasados unos minutos, mientras la ciudad volvía a secarse, ella se colocó al frente de una orquesta “siglo XXI”, compacta y eléctrica, pero no por ello menos impactante. Cuando los sonidos comenzaron a brotar y su voz pareció florecer de sus labios, la música sonrió: nunca había observado a ningún interprete disfrutar su canto como ella lo hacía, vivir cada uno de los versos de las canciones, muchas de ellas en coautoría con la letrista Roxana Romero, con el éxtasis que Vann expresaba; era una con la música. Fue un espectáculo maravilloso.

A estas instancias, aún me resulta difícil tratar de definir su voz. Era bellísima, puedo decir sin duda. Pero no únicamente se trataba del resultado de una virtud parnasiana, sino de una técnica y disciplina fervientemente labradas por la devoción a su arte. Era una voz melodiosamente dulce, suave y feliz que aún en los momentos intensos matizaba una espléndida claridad que conjuntaba estas características.

Desde el inicio hasta alguna interrupción ocasional, no pude dejar de escucharla. En alguna de esas interrupciones, miraba a mi alrededor, todos se encontraban embelesados, se veían alegres, Vann nos había encantado a todos. Su presencia atraía el universo: hasta tomar un sorbo de su copa parecía un movimiento de película hollywoodense en blanco y negro; la clase y elegancia nunca la abandonaron.

Al remembrar el momento, me parece volver a escucharla, como en un recuerdo de canción de cuna, de la tonada que se libera cuando no hay nada más que la música; creo que si, gracias a Vann pude ver sonreír a la música, nunca más voy a imaginarme con el traje abotargado.

https://youtu.be/ZyOdtESMt8U