Hombre del espectáculo que ha explorado diversas formas expresivas, desde la narrativa, el ensayo, el cine, la televisión, el teatro y la actuación, Luis Eduardo Reyes (Guadalajara, Jalisco, 1958) ha sabido encontrar su propia vena creativa uniendo sus inquietudes temáticas y formales en un sólo rumbo: el del análisis de su entorno social.
Reyes destacó desde su juventud por su buen oficio y su entrega absoluta a su proyecto de vida, la escritura. No cesó nunca en su pasión creativa y lo mismo sorprendía con obras teatrales de gran formato y agudeza discursiva, como De interés social (Premio SOGEM 1988); o la que, en ese entonces se convirtió en mi predilecta, La vida secreta de dos cualquieras (1993), donde sin duda el autor encontraba un eco espléndido en relación a su análisis de la existencia contemporánea, así como a la crítica sin concesiones de una juventud aterida por la sombra de la globalización que ya venía en camino y destruía las relaciones interpersonales.
Discípulo de Hugo Argüelles (1932-2003), Luis Eduardo Reyes aprendió del Amo del Humor Negro no sólo la técnica dramatúrgica y la bienhechura del diálogo, sino, justamente, esa manera espléndida de hacer del humor negro un espejo de los vicios y virtudes de los personajes retratados en el drama o la comedia. Pero más que drama, Reyes abordó en sus primeras piezas el agridulce sinsentido de las vidas comunes que una sociedad retardataria y relegatoria como la mexicana, sumida en moralismos, manierismos y maniqueísmos, imprimía (e imprime) en el acontecer consuetudinario de la existencia, con injusticias a galope, violencias en ascenso y desesperanzas perennes. El humor sigue permeando el hacer del escritor. Siempre el humor, pues sólo el humor puede salvar a la humanidad perdida. Reyes ha escarbado en los entresijos de la conciencia, debido a su audaz manera de concebir el humor como escaparate de tipos y estereotipos, arquetipos y clichés que mucho hablan de la vulnerabilidad de la condición humana en nuestro tiempo. Aporte, sin duda, que, estéticamente hablando, pocos autores han logrado en su ingreso y labor en la televisión, al menos en México, pues la sutileza crítica y la avezada garra con que hace suyos los estereotipos mexicanos, colocan a Reyes en un lugar específico: el del autor que observa y acaba con tótems prefabricados, a través de la sonrisa esclarecedora o la carcajada soez.
De todo esto dan cuenta las obras que el autor ha renunido bajo el título de Realidades superpuestas; dos piezas que apuntan en Luis Eduardo Reyes a un dramaturgo con notable imaginación, dueño de su oficio y de su propia perspectiva estética. Porque es la contemplación estética, por ejemplo, la que da giro a la historia contenida en Bajo distintas formas, tragicomedia onírica-digital en un acto; y es la contemplación histórica de México la que cimenta el edificio dramatúrgico de Crónica de una tuerca, un tornillo y un cornudo abolengo en sus cinco sentidos, farsa en cinco cuadros, paráfrasis de los cuentos: “El confesor complaciente sin saberlo” y “El cornudo apaleado” del Decamerón de Giovanni Boccaccio (1313-1375), que sirven como pretexto para que el dramaturgo mexicano explore otro sinsentido: el de la Historia de México, a través de sus momentos más álgidos, llámese lucha independentista o revolucionaria, hasta nuestro tiempo, el que busca asirse a prolegómenos partidistas sin encontrar asidero tangible, como bien apunta Reyes en uno de sus parlamentos finales: “Échense este trompo a la uña: un buen político, como las buenas prostitutas, nos sabemos mover de izquierda a derecha. ¡Cómo chingao no!”.
Realidades superpuestas es un libro que conjunta dos obras de suyo ambiciosas. Dos textos diversos y divergentes, pero que confluyen con la verdadera cara de la esencia actual de lo mexicano. Llama mucho la atención, al respecto, el lenguaje utilizado por Reyes, que recuerda mucho las obras sardónicas de Argüelles, un lenguaje coloquial muy del siglo XX, de pronto campirano, en mucho urbano y ante todo, popular, mexicano. Pero es en Bajo distintas formas donde la exploración de la contemporaneidad alcanza matices delirantes, tras esas secuencias oníricas que extrovierten la conciencia del protagonista-narrador en un viaje desorbitado hacia la raíz de la existencia. La realidad virtual, propia de la era de internet, se superpone realmente a la realidad verificable, al dolor de la búsqueda de un sentido a la vida, tal cual expone el Tipo, personaje protagónico: “Yo, como los de mi condición, no nos asustamos con la mueca de la muerte, sólo dejamos de ir temporalmente a la cita. (Pausa.) Me tomé parte de mi tiempo aquí, pero ‘gracias’ a ti, ahora la muerte se tomará el resto, y hasta lo que me quede de sombra. (Calladamente.) Qué forma de irme. Mientras eso ocurra”.
Realidades superpuestas es una lectura deleitable. El lector/espectador hará su propia puesta en su mente. Cuando las piezas aquí expuestas lleguen a un escenario, virtual o real, encontrarán los ecos propios del escenario, la risa, el llanto, la reflexión. Lo que es indudable, es que estamos ante la obra de un dramaturgo mexicano de solidez conceptual y dominio pleno de su talento escritural, comprometido con su tiempo: Luis Eduardo Reyes.
Extracto del Prólogo al libro Realidades superpuestas de Luis Eduardo Reyes, publicado recientemente en la Colección Tespis de Icaria (Editorial Ariadna, México, 2017).


