Estamos ante una elección atípica. Han desaparecido los puntos de referencia ideológica, los candidatos levantan banderas ajenas y cada fuerza política tritura su identidad en aras de ganar votos, porque a fin de cuentas lo importante en una elección es ganar, sí, ganar a cualquier precio, falseando los hechos, olvidando promesas y rompiendo los espejos que recuerden a cada uno quién era y en qué acabó.
El PRI, disciplinado hasta la ignominia, aceptó la grosera imposición de un candidato externo. Un caso sin precedente en que el PRI echa por la borda su historia, el ejemplo de sus mejores hombres y sus tradiciones, que tan discutibles como se quiera eran al fin tradiciones, sus tradiciones.
En la trayectoria del tricolor hay más de un candidato de derecha y hasta de ultraderecha, como Manuel Ávila Camacho, Miguel Alemán o Gustavo Díaz Ordaz. La diferencia con el actual destapado es que ellos eran priistas de toda la vida o por lo menos como tales los reconocía su partido. Hoy, simplemente le imponen al padre intelectual del Fobaproa, un adalid del dinero ante el cual la militancia se agacha resignada.
No están mejor las cosas en el PAN, donde Ricardo Anaya, como presidente del partido, maniobró para hacerse de la candidatura presidencial, lo que es del todo normal en el ámbito de la política. Será, pues, candidato de la derecha confesional, pero también, y ahí está el detalle, diría el filósofo Mario Moreno, figura ya como abanderado del PRD, que presuntamente es un partido de izquierda.
Por si algo faltara, Morena, considerado como un partido de izquierda, ha concertado una alianza electoral con el Partido Encuentro Social, partido de ultraderecha salido de las cloacas de un evangelismo violador de la Constitución. Quizá porque para Andrés Manuel López Obrador ser de izquierda significa “ser honrado y de buenos sentimientos”, al menos así lo dice en la película que le hizo Epigmenio Ibarra, lo que nos lleva a pensar que San Francisco de Asís era de izquierda lo mismo que Teresa de Calcuta, la amiga de Pinochet y de Videla.
Como puede verse, se han ido al demonio los principios, las filiaciones conocidas y todo aquello que uno supone señas de identidad partidaria. El objetivo es allegarse votos y luego, pues Dios dirá, porque a fin de cuentas no hay compromisos ideológicos. La campaña electoral que empieza será una cruzada por vestirse con ropas ajenas. Es la degradación de la política, y en esas condiciones tendremos que ir a votar. ¿Por quién? Nadie sabe.

