Eusebio Ruvalcaba
Ningún otro compositor se ha sentido más cerca del suicidio que Beethoven. A sus treinta años, la muerte rondaba su cabecera. Si hubiese puesto la pistola en la sien y disparado, habría legado al mundo sus tres primeros conciertos para piano —de los cuales, el tercero es obra maestra absoluta—, el Septiminio —obra deliciosa, en la que de pronto se advierte el tsunami beethoveniano, sobre todo en el scherzo, pero que aún no logra levantar el vuelo—, los primeros seis cuartetos —conocidos como los opus 18—, las primeras dos sinfonías, tan elocuentes pero inofensivas, y unas cuantas sonatas, algunas de ellas prodigiosas. En toda esta música hay, desde luego, la llamarada de Beethoven, aquellos compases que revelan lo que vendría, y hasta ahí. De tal modo que si, en efecto, el compositor hubiese concluido su vida, nadie se habría imaginado lo que faltaba, uno de los acervos más sobrehumanos en el mundo del arte en general y de la música en particular.
El verano de 1802, a sus 32 años de edad, Beethoven decide pasarlo en Heiligenstadt, una aldea de los alrededores de Viena, justo en el corazón mismo de la naturaleza. Varias son las razones que lo llevan hasta ahí, y que marcan una división en su vida: en primer lugar, la desesperación por un fracaso amoroso (Beethoven había intentado seducir a Julieta Guicciardi, a quien le dedicó la sonata Claro de Luna), la preocupación por la conducta de su hermano, y, más que nada, la inminencia de su sordera. A estas alturas, Beethoven ya es consciente de que la sordera será su acompañante hasta el último día de su vida. La sola idea de que sobrevivirá atravesado por ella, lo hace maldecir no sólo de su destino sino del creador mismo. Escribe entonces su Testamento de Heiligenstadt, dirigido a su familia pero que él conservó consigo hasta su muerte, 25 años después. Vale la pena detenerse en algunos extractos: “¡Oh, ustedes, los que me han juzgado huraño, destemplado y violento, cuánto se han equivocado! Ignoraban la causa que hoy tan claramente comprenderán. Mi corazón y mis sentimientos se inclinaron, desde mi más tierna infancia, a los tiernos impulsos de la bondad. Siempre estuve dispuesto a hacer grandes cosas. Pero piensen que desde hace unos seis años me acometió una enfermedad que la incompetencia de los médicos agravó.
Decepcionado año tras año a las esperanzas de mejoría que había concebido, obligado a reconocer la posibilidad de una larga enfermedad cuya curación requiere años si es que puede curarse, nacido con un temperamento ardiente y ansioso de actividad, inclinado a los deleites de la vida social, he tenido que recurrir prematuramente a mi propio aislamiento, a vivir lejos del mundo como un solitario. A veces hacía esfuerzos para superar todo esto, pero me veía obligado a renovar la dolorosa experiencia de no oír. Para mí no puede haber goce en las relaciones humanas, ni conversaciones inteligentes, ni intercambios de pensamientos. Estoy obligado a vivir en el destierro más absoluto. Todo esto me llevó al borde de la desesperación y poco me faltó para quitarme la vida. Sólo el amor al Arte lo evitó”.
Luego de redactar estas líneas atroces, Beethoven regresa a Viena; su testamento lo lleva entre los bocetos de lo que sería la Sinfonía Heroica, acaso la obra más revolucionaria jamás escrita.
