(Segunda y última parte)
En breve, desde el punto de vista político/administrativo no existe una política militar y esto al dejar todo suelto ha producido por desgaste una doctrina militar que ante lo que está pasando, por su obsolescencia debería ser revisada a fondo. Para México no es previsible una guerra interna como la que inspiró a las actuales fuerzas armadas o una guerra convencional más al modo de la Segunda Guerra Mundial que dio lugar a una ya muy lejana actualización (1942) y que está muy lejos hoy de todas nuestras necesidadesprevisibles.
La doctrina militar en constante desarrollo hoy descansa sobre todo en la tecnología, el uso de un cuadro de recursos humanos bien seleccionado, educado, adiestrado y equipado y en un proceso de obtención y diseminación de inteligencia de calidad superior para proveer un conocimiento auténtico de los hechos que los combatientes no pueden penetrar. Ante la ausencia de todo ello vivimos acosados.
Las ventajas de una doctrina moderna serían su extrema flexibilidad, extrema letalidad y su enfoque en destruir, más que a las tropas o adversarios en general, suprimir su capacidad de mando, control, transmisiones, sistema logístico y medios de cómputo para paralizar más que destruir físicamente a los medios humanos y materiales de agresión. Sus limitaciones son su aceptación por innovadora, altos costos, dificultad en reemplazar al personal, su reeducaci6n, un requerimiento logístico cuantioso y como paradoja la imposibilidad de operar si esa alta tecnología no está en plena aplicación. Un poco o mucho de ello está sucediendo en este mismo momento.
La generalidad enunciada, a pesar de ese carácter, es sin embargo el enfoque central de los actuales estudiosos y analistas del desarrollo doctrinario. Véase la enorme distancia a la que estamos, aun con todas las salvedades, de inspirar el desarrollo de nuestras fuerzas armadas dentro de una perspectiva de tal modernidad. Nos rehusamos a reconocer, como el Vaticano del siglo XVII, que todo, sin embargo, se mueve, esto es, el rechazo al heliocentrismo, en nuestra actualidad, al autoritarismo paralizante.
La modificación más concluyente que se advierte en estos cuatro años y medio es de una simplicidad que debiera preocupar: hubo necesidad urgente de sustituir armamento, transportes, informática, telecomunicaciones, equipos individuales, adiestramiento y empezar a innovar, muy tardía y lentamente en los cambios formativos de personal. ¿La razón? Poco de lo anterior resultaba aplicable, por décadas vivimos en la irrealidad. La perspectiva de la educación superior fue que un día nos las veríamos con un enemigo procedente de ultramar. ¡¡Era la única explicación posible a una más que hipotética hipótesis de guerra!! ¡Sólo así se sustentaba toda una columna educativa!
El Estado mexicano no puede seguir siendo acosado y destruido, aunque fuera parcial y transitoriamente, por una falta de decisión política de actuar donde se debe y con la profundidad que se requiere. Ya se ha advertido oficialmente que esta guerra calderoniana es de larga duración y seguimos moviéndonos atrás del ritmo que ella nos marca, acosados, a la defensiva. Así seguimos y seguiremos siendo un Estado acosado, tripulado por un gobierno fallido si no se escudriña el horizonte lejano de la refundación. Refundación es lo que necesitan nuestras fuerzas armadas.
Esa demanda sería el desarrollo y formalización de una política militar y su impacto en la doctrina, con sus consecuencias como lo tienen tantos países de origen análogo al nuestro. Si ya avizoramos lo lejano de una solución transitoria, que nunca será final, como el combate a toda endemia. ¿Por qué no empezar a fincar los recursos hoy indispensables, por qué no reconocer y actuar en las correcciones necesarias que por décadas menospreciamos? La respuesta por razones de dominio técnico es de los altos mandos, de Calderón es el escuchar y proceder con una decisión cuyo retardo será costosísimo. ¡El colmo sería hasta la oportunidad de pasar positivamente a la historia, a lo que parece se está renunciando!
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