En una extraordinario ejercicio literario, el escritor español Enrique Vila-Matas plantea en su novela Lejos de Veracruz que la vida sólo existe si es escrita. De otro modo, simplemente es algo que fluye. Así, el escritor keniata Ngugi wa Thiong’o, probablemente el más destacado exponente de las letras africanas en nuestros días, ha decidido publicar el segundo volumen de sus memorias En la Casa del Intérprete y durante su visita a España conversó con El Cultural sobre las raíces de su simbólica obra.

Nacido en 1938, entre una familia pobre de veinticinco hermanos y siendo despojado en la infancia de su hogar, el futuro literato descubrió su vocación cuando, después de caminar 10 kilómetros como todos los días, leyó La Isla del tesoro de Robert Louis Stevenson en su escuela. A la par, su existencia siempre estuvo llena de los momentos trágicos que son casi imprescindibles en la historia del colonialismo africano: la tortura de su madre, el asesinato de uno de sus hermanos y su propia estancia en una cárcel debido a escribir lo que el gobierno consideraba un libro subversivo.

Después de estar encerrado, Ngugi wa Thiong’o peregrinó en diferentes instituciones académicas hasta aterrizar en la Universidad de California, donde imparte clases de Literatura inglesa; sin embargo, nunca ha podido ha desarraigarse de su lengua étnica , el gikuyu, en la que creó El diablo en la cruz sobre hojas de papel higiénico mientras estaba en prisión. Pero para el creador no existe conflicto alguno entre ambos idiomas.

“Pienso en el lenguaje de los pensamientos; sueño en el lenguaje de los sueños y cuando trato de articular un concepto, lo hago en el idioma en el que estoy escribiendo, ya sea en inglés o gikuyu. Sin embargo, el inglés puede controlar mis pensamientos porque desde la escuela es para mí el idioma de la conceptualización”.

De manera implícita, la mención del gikuyu le lleva a recordar el reto que significa dar a conocer su trabajo cuando se encuentra en lengua africana, pues no son muchos los traductores que existen y “traducirse a uno mismo resulta muy aburrido”.  Complementariamente, Ngugi wa Thiong’o dice no tener queja alguna de los lectores, pero hace un llamado a los otros rubros literarios.

“Me gustaría que cambiaran las actitudes de los editores y de los responsables de las políticas educativas gubernamentales y que destinasen más recursos a los libros escritos en lenguas africanas”.

“La vida es siempre una lucha. Como el poeta inglés William Blake dijo una vez, sin contrarios no hay progreso. No podemos permitir que lo negativo gobierne nuestras vidas”, asevera el también autor de Un grano de trigo, para el que no ha existido tregua al respecto, no sólo en el aspecto personal sino también en el de su hogar, pues “el continente sol” es devastado constantemente:

“En la mayoría de los casos, el postcolonialismo sólo ha supuesto la normalización de las anormalidades de los sistemas coloniales. Tenemos que seguir luchando por un mundo en el que todos tengan derecho a una alimentación adecuada, a una vivienda digna, a educación y salud, y sobre todo, a utilizar nuestros propios idiomas, y a desarrollar nuestra cultura.”

Por último, el escritor destaca la pluma como un medio de construcción utópica en que se defiende la vida y la esperanza, y aboga por un cambió de rumbo en la humanidad.

“No podemos continuar construyendo palacios para unos pocos y prisiones para la mayoría. Un mundo así, de privilegios escandalosos y desigualdades sangrantes, es un mundo muy, muy inestable. Invirtamos en la vida y no en la muerte”.