El pasado viernes 30 de marzo, Viernes Santo, día en que se conmemora la Crucifixión de Cristo, arrancó formalmente la etapa de campaña del proceso electoral 2018, la más grande y seguramente la más compleja de los últimos tiempos. Independientemente a la denominación formal de los tiempos comiciales, la campaña, inicio para algunos desde la asunción del actual régimen. Otros quemaron etapas y pugnaron por adelantar tiempos fuera y dentro de gobierno. En suma, muchos actores políticos llevaron agua a su molino antes de tiempo.
Al inicio de esta etapa, un candidato parece inalcanzable y su fuga —como en una carrera ciclista— puede fructificar o alcanzado por pelotón por carecer de compañeros que lo protejan lo absorberán y será muy difícil que alcance el jersey amarillo. El tiempo para este puntero será eterno, en cambio a sus perseguidores es actualmente un suspiro. En tres meses de campaña, todo puede suceder, no todo será circuito o campo llano, habrá ascenso y etapa de montaña. El puntero, anteriormente en otros rallye por sus propios errores ha perdido la ventaja y en foto finish en la meta ha perdido la cerrera, por más que eche la culpa a los jueces de la carrera.
El caso es que por encuestas o percepciones o mediáticamente parece que será muy difícil remontar para el resto de los candidatos a Andrés Manuel López Obrador y que José Antonio Meade, Ricardo Anaya y si logra estar en la boleta Margarita Zavala —lo cual será un escarnio legal— lo que nos permitirá testimoniar un enfrentamiento del todo reprobable, quisiera equivocarme total, plena y absolutamente, pero todo indica que prevalecerá la tónica del escarnio, el insulto, la injuria, la descalificación del adversario.
Es por ello que todos los mexicanos o la inmensa mayoría que queremos una contienda civilizada, un contraste de propuestas y proyectos, debemos pugnar cada quien, en su trinchera, en su entorno, porque superemos las campañas de lodo, la guerra sucia electoral, la división entre mexicanos. La artificial división entre pueblo bueno y mafia del poder. Entre chairos y gente decente. Entre buenos, malos y piores. Entre cultos e ignorantes; que artificialmente las distintas banderías políticas pretenden que adoptemos. Todos somos mexicanos, todos queremos lo mejor para nuestra patria. Nadie quiere que se perpetúe la pobreza y la ignorancia. Todos queremos lo mejor para nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos.
En el proceso electoral, debemos confrontar y contrastar las diversas visiones o proyectos de país, la viabilidad social y financiera de los proyectos concretos. Sería terrible y retrocederíamos en nuestro desarrollo qué por enconos, empecinamientos, terquedades recorramos rutas que han sido descartadas como adecuadas en otras latitudes o aquí mismo en nuestro País.
Los factores externos geopolíticos, económicos, políticos y nuestras propias contradicciones externas debemos valorarlas. Afortunadamente, el mexicano promedio tiene conciencia de su entorno y de las nuevas realidades del mundo globalizado y, no es, ni será fácil engañarlo o ilusionarlo con quimeras.
Una vez pasada, la reflexión espiritual de Semana Santa mucho bien haría que reflexionáramos amplia y suficientemente sobre el futuro que nos estamos jugando.

