Como otros productos milagro, las supuestas feromonas humanas se ofrecen en páginas de internet a todo aquel incauto que pretenda aumentar su atracción o desee conquistar a mujeres, hombres, gays, lesbianas, transexuales o individuos con otra identidad de género. Lo importante es colocar el producto disfrazado de perfume.
Por supuesto que existen testimonios de personas que refieren haber usado tal o cual feromona con muy buenos resultados, pues se convirtieron en hombres conquistadores, mujeres fatales o individuos de otra identidad de género que lograron atraer sexualmente al sujeto de su deseo. Pero eso puede formar parte del efecto placebo de las sustancias, porque lo cierto es que nadie ha probado científicamente la existencia de las feromonas humanas.
El poder de la transferencia
Aunque las feromonas en animales no están directamente relacionadas con el olfato, los fabricantes de ilusiones sí las han relacionado en los seres humanos, tal vez porque hay una antigua atracción humana con el olor.
La historia cultural del olfato se remonta tal vez a la aparición de los primeros homininos. En épocas recientes, Patrick Süskind, autor de El perfume (1985) nos traslada al siglo XVIII cuando París era un universo de multiolores, la mayoría pestilentes; también un aroma puede remitirnos inmediatamente a recuerdos agradables o no, como ya lo refirió Marcel Proust y como todos lo hemos experimentado, o también podemos decir que “algo nos huele mal” de algún asunto o podemos hablar del olor del miedo, porque hay una fascinación con la cenicienta de los sentidos: el olfato.
Pero en el campo científico, el estudio de la excitación que produce un compuesto químico liberado por algún organismo es reciente. En 1959, Adolf Butenandt, Premio Nobel de Química en 1939 por su trabajo con hormonas sexuales, descubrió una sustancia que liberan las hembras de los gusanos de seda para atraer a los machos, que llamó Bombykol. A diferencia de las hormonas que son secretadas en el organismo, esa sustancia se envía al exterior.
Por esa razón, el bioquímico alemán Peter Karlson, del Instituto Max Plank y el entomólogo suizo Martin Lüscher, del Instituto Zoológico de la Universidad de Bonn propusieron el nombre feromona, de los vocablos griegos: pherein: transferir y hormōn: excitar, es decir que se transfiere la excitación.
A partir de entonces, las feromonas (definidas como señales químicas liberadas por un animal, que inducen efectos específicos a otros de la misma especie), fueron descubiertas en otros insectos, pero en mamíferos no hay una evidencia concluyente de su presencia, aunque se ha planteado que roedores y algunos primates pueden liberar esas sustancias. En seres humanos lo único que se ha encontrado es que las feromonas son un negocio con olor a dinero.
Con olor a sexualidad
Numerosas compañías estadounidenses, europeas e incluso mexicanas productoras de supuestas feromonas, aseguran que sí existen, así consideran a estas sustancias: androstadienona, androstenona, androstanona, androsterona, epiandrosterona, alfa-androstenol y otras más. Todas, evidentemente, con un irresistible poder de atracción sexual.
Por esa razón tienen nombres sugerentes, las hay para hombres y mujeres heterosexuales y para homosexuales y lesbianas, pero también se tienen productos para toda ocasión, como uno que produce “un aura serena y estimula inconscientemente tu entorno cercano para abrirlo y hacerlo accesible. Se abre un mundo nuevo de posibilidades”. Claro que ese mundo se abre si se cuenta con alrededor de mil 500 pesos para adquirir frascos de 36 mililitros de esos productos, con o sin perfume, pero claro, lo único que se abre es la cartera.
Por supuesto que quienes han gastado más de mil pesos en esos productos, con mayor razón creen en su efecto conquistador, por lo que se despojan de sus temores y muestran su lado más amable y seductor, de ahí que esas compañías recojan esos testimonios y los difundan como prueba de su eficacia.
Lo que sí se ha descubierto recientemente, en 2009, es que durante el amamantamiento las glándulas areolares que rodean el pezón secretan un líquido, el cual al estar en contacto con la nariz de los bebes estimulan su reflejo de succión. Eso sucede también con las secreciones de otras mujeres, lo cual elimina la posibilidad de que el bebé se haya acostumbrado al olor de su madre.
El investigador Tristram Wyatt, de la Universidad de Oxford, considera que si se confirma la existencia de esa feromona, los investigadores se sentirían más confiados para iniciar estudios serios sobre feromonas humanas relacionadas con la atracción sexual. Pero el propio investigador advirtió en una entrevista concedida a The Scientist: “Es perfectamente posible que las feromonas no estén involucradas en la conducta sexual humana, somos animales complejos”.
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f/René Anaya Periodista Científico

