Un  fanático es alguien que no puede cambiar de opinión

y no quiere cambiar de tema.

Winston Churchill

 

 

Capricho calderonista

El 17 de enero de 1811, “la suerte le fue adversa al padre de la patria”, reza la inscripción en una de las barandillas del Puente de Calderón, lugar en donde 100 mil insurgentes fueron derrotados  por el realista Calleja al frente de 6 mil hombres.

Las subsecuentes desgracias del precursor de la Independencia de la Nueva España se registraron en la Hacienda de Pabellón, en donde fue despojado de su rango militar; en Baján en donde es traicionado y entregado a los realistas por el texano Elizondo y su calvario concluye en Chihuahua, en donde el 30 de julio es ejecutado.

Doscientos años más tarde, la memoria del prócer volvería a ser derrotada por un Calderón, quien ocupando la Presidencia de la República generó de las efemérides independentistas más que una recuperación histórica, un inmoral negocio cuyos efectos se van revelando día con día.

En contraste al patriótico boato con el que la dictadura de Díaz que echó la casa por la ventana  para conmemorar el primer centenario del movimiento libertario, los festejos del Bicentenario de la Independencia y del Centenario de la Revolución, concebidos por el calderonismo, serán recordados por la opacidad y el despilfarro de intrascendentes eventos y por un sistemático desprecio hacia el movimiento revolucionario de 1910.

La permanencia en la memoria histórica del Centenario porfirista no sólo forma parte del patrimonio inmaterial de los mexicanos —muchos de los cuales, a más de cien años de distancia,  idealizan  o critican la fastuosidad de desfiles, bailes, banquetes— se hace patente en una serie de edificios y obras públicas que aún persisten en los más humildes zócalos de pueblos hasta los magníficos monumentos que fueron construidos en ocasión a dicha efeméride, destacando entre todos ellos el monumento a la Independencia, columna en cuya cúspide se ubica una victoria alada a la que el afecto popular bautizó como el Ángel.

La antítesis a tan emblemática construcción es indudablemente la llamada Estela de Luz, capricho calderonista que, además de carecer del riguroso examen técnico para su edificación —con lo que prácticamente se anuló su construcción—, sirvió más de caja negra de la ambición burocrática, que comenzó por excluir materiales mexicanos para hacer más redituable sus sucias ganancias al adquirirlos en el extranjero e infló los precios para poder embolsarse más recursos del erario mexicano.

Del agandalle del diseño entre los arquitectos que la presentaron al concurso, la falta de transparencia para su designación, hasta las acusaciones en contra del secretario de Educación Pública y precandidato panista a la presidencia, Alonso Lujambio, son prueba manifiesta de la podredumbre de una administración apátrida y rapaz, a la que desgraciadamente le correspondió organizar las conmemoraciones.

Pervertir el sentido patriótico de una efeméride transformándola en nicho de negocio, fue la política pública con la que se manejó la organización de los insustanciales desfiles y actividades impulsadas por el coordinador de la festejos, José Manuel Villalpando,  acción de gobierno que impuso la antiestética estatua ecuestre de don Francisco I. Madero, elaborada y colocada al aventón, sólo para cubrir un expediente —y competir con la destrucción del decoro funerario que el gobierno del Distrito Federal infligió al Monumento a la Revolución— y que dio pauta a la alteración del programa de restauro de Bellas Artes a efecto de gastar más de 650 millones de pesos para hacer de su sala principal un espacio de melanina Ponderosa, destruyendo con ello el legado Decó del movimiento artístico de la Revolución.

De no ser por el respeto y pundonor que el ejército imprimió a los diversos traslados de las urnas funerarias que contienen los restos de los héroes de la Independencia —como el acto del día de ayer sábado 30—, los mexicanos nos quedaríamos en el recuerdo colectivo tan sólo con el dolor y angustia que nos ha generado la necrofilia y la obsesión destructiva de Felipe Calderón, que con su cauda de 40 mil muertos y 10 mil desaparecidos, inflige una derrota al espíritu que animó a Don Miguel Hidalgo a sublevar a un pueblo para alcanzar la libertad, la igualdad y la fraternidad.

La grave ignominia a la memoria del padre de la patria es la arraigada obcecación de Calderón hacia la  muerte, pues como —afirma Churchill— buen fanático de la guerra se niega a cambiar de opinión y a cambiar de tema, a pesar del anhelo de paz y felicidad que animó a los hombres de la Independencia a mejorar la vida de los mexicanos.