Ricardo Muñoz Munguía

La humildad es una virtud, según el diccionario, “que consiste en el conocimiento de las propias limitaciones y debilidades y en obrar de acuerdo con este conocimiento”. Sin duda, es una virtud que se carece o que aparece escasamente en la sociedad, por lo menos, en la sociedad de las redes sociales. Basta asomarse someramente a la pantalla para enterarse de lo que ahí sucede, de los golpes verbales, de las posturas políticas que se defienden a rajatabla, de la voluntad que se intenta modificar en el otro genuinamente o con algún interés personal. Sin embargo, la ausencia de la humildad no permite ver, escuchar, entender. Y aseguro, aquí no hay ninguna idea o postura política, sólo el asombro del fenómeno del tiempo electoral, un fenómeno que nos separa y nos obliga a asomarnos a la condición humana.

Por otro lado, quizá lo peor, es que la estela electoral se cuela hasta en las amistades, y en muchos casos, hasta con los familiares. En las sobremesas o en cualquier otra oportunidad para convivir se abren discusiones que se desvirtúan, que caen en un agujero, donde los involucrados quedan atrapados sin posibilidades de salir y, entonces, ahí, no les queda de otra que la de seguir atacando y finalmente salen sin salir, es decir, un sentir oscuro los acompaña en la soledad.

Conforme pasan estos días electorales, también atraviesa una estela de lo más pestilente del ser humano. Las redes sociales es un caldero donde hierven groserías, desencanto y socarronería. La razón…, ay la razón…, está del lado, en unos, de lo que consideran fallido o llagado por lo vivido y, en otros, por lo que aseguran dañino de antemano y así, entre muchas otras posiciones, se descalificarán personal o colectivamente. Contra todo se defenderá lo que se crea, aunque venga de alguien que se deja ver especulativo o de voces con interés y que, por ende, no tengan credibilidad y, lo peor, que descalifiquen por el aspecto físico o porque equis “no es mejor ni peor que el otro o los otros”, que no es ni mínimamente un sustento y sí, una nula humildad.

Claro, se darán argumentos, gran parte de ellos con sustentos, falsos o reales, pero que llevan la voz enardecida. En entonces en que se piensa que si todo se antoja fallido, es mejor alejarse, aunque eso indique también darle la espalda a lo que sucede y de lo que debemos ser responsables.

En todo esto, ante la olvidada virtud de la humildad, ni siquiera cabe el sentido común, prácticamente la posibilidad de alguna orientación se queda corta. Lo que puede ser razonable y lo absurdo no tienen figura entre la estela de sombras. Necesariamente debe replantearse un tipo de comprensión del otro y, lo más difícil, analizar si existe humildad en uno mismo.

Por algo se ha dicho que la religión y la política no deben ser temas de convivencia, porque se terminará por aventar el sartén, escupitajos, groserías o hasta golpes. En fin, estos días son de separación, nos guste o no.