Enrique Montes García
Veinte años después, que podrían ser muchos —y no frente al pelotón de fusilamiento o en el tango que no es nada—, vuelve a aparecer la en su momento censurada y embodegada novela El suplicio de Adán de la escritora y periodista cultural Eve Gil.
El suplicio de Adán tiene su historia que bien podría ser llamada “historia de un suplicio” e incluso podría ser tema de una novela. Vamos a ella: a mediados de los años noventa del siglo pasado, la novel escritora Eve Gil, gracias a una beca (Jóvenes Creadores), trabajaba en su natal Hermosillo en la hechura de El suplicio de Adán, terminó la redacción e inscribió la novela en el Concurso del Libro Sonorense 1997 obligada por severas limitaciones económicas.
Eve Gil ganó el concurso —así lo esperaba—, le dieron el diploma y el ansiado cheque y entregó el manuscrito para su publicación. Todo de maravilla. Pues no. La mala fe y la peor voluntad de algunos burócratas culturales sonorenses ya se habían incubado en contra de Eve Gil desde su primer libro —por igual premiado en la justa La Gran Novela Sonorense— Hombres necios de 1993.
Se publicó horriblemente El suplicio de Adán… con título adulterado (“los suplicios”) y aderezado con errores tipográficos y faltas de ortografía, algo que muy probablemente esos malquerientes burócratas, encabezados por uno de cuyo nombre no quisiera más acordarse Eve Gil, Carlos Moncada Ochoa, ya le tenían preparado. Y, además, le reprocharon, si la novela salió tan mal impresa fue, Eve, ¡por tu maldita culpa!
Poco tiempo después, el destino de El suplicio de Adán pasó a manos de un nuevo Savonarola cultural sonorense —Juan Antonio Ruibal, sucesor de Moncada Ochoa— y terminó en una bodega con la orden de no distribuirse ni venderse la novela, para no herir las susceptibilidades de políticos y clérigos que pudieran sentirse aludidos.
Pasión por la novela histórica
Pero ningún mal dura cien años.
Bajo los auspicios del Instituto Sonorense de Cultura a través del Programa Editorial Sonora circula desde 2017 la segunda edición —debidamente editada e impresa— de El suplicio de Adán, novela sobre “un sacerdote admirable que consagró gran parte de su vida —dice Eve Gil en entrevista— a rescatar a niños de la calle, aunque más que pensar en alimentarlos y abrigarlos, su mayor preocupación era darles educación”. La novela es, en el criterio de su autora, “antes que nada un acto de justicia a un personaje —Cayetano Trejo— que todavía vivía cuando redacté El suplicio de Adán”.
La obra literaria de Eve Gil es hoy reconocida y tiene un largo camino. Citemos algunos —el espacio apremia— de sus trabajos: Electra masacrada, Jardines repentinos en el desierto, Paisaje y carácter sonorenses en la narrativa mexicana del siglo XX, Sueños de Lot, Réquiem por una muñeca rota, Cenotafio de Beatriz, Virtus, La nueva ciudad de las damas. Ha incursionado, con notable éxito, en termas literarios de corte japonés con Sho-shan y la dama oscura, Tinta violeta y Doncella roja.
Volviendo a El suplicio de Adán. Responde Eve Gil a la pregunta de cómo ubica esa novela dentro su obra literaria. Celebra su pasión desde muy joven “por la novela histórica” y dice que “no me veía escribiendo otra cosa”, aunque en la madurez “me he ido hacia la literatura fantástica para apartar el trauma de la censura de El suplicio de Adán”. A la distancia, dice que es una novela “demasiado madura para haber sido escrita por una joven de 25 años; es como si mi carrera hubiera arrancado por el final”.
Por el tema religioso de El suplicio de Adán, Eve Gil dice que los asuntos confesionales la atraen “muchísimo” aun cuando desde los 12 años de edad se alejó de la práctica católica. Pero le atraen el judaísmo y el islamismo por ser religiones cercanas a su abuelo materno, nacido en Marruecos, y porque para su trilogía de Sho-shan, “devoré montones de libros sobre sintoísmo, la religión oficial del Japón que me tiene embrujada”, y se extraña de que no obstante su interés en la Iglesia católica —vidas de papas y santos— no haya “escrito una novela sobre alguno de estos personajes”.

La historia de un humanitario sacerdote.
En México no hay crítica literaria
Respecto a la relación Iglesia y política —“¿compartes la idea de Plutarco Elías Calles de que Iglesia católica ha sido el principal enemigo de México?”—, Eve Gil se declara defensora de la libertad de culto, pero dice que es “vergonzoso el atraso respecto a temas como la despenalización del aborto y el casamiento y adopción entre parejas del mismo sexo”. Y ya encarrilada, rechaza que el “catolicismo invada los cuerpos y los derechos de las mujeres de forma solo equiparable a los Estados islámicos que tanto criticamos”. Remata: “Iglesia y política deben estar separadas, lo más distantes posible la una de la otra”.
La crítica y los críticos literarios mexicanos, de los que una vez Carlos Fuentes (1928-2012) dijo que “me desayuno a mis críticos”… Obligada la pregunta: “¿te importa lo que diga de ti la crítica y cómo esperas que se reciba El suplicio de Adán?”
“Para empezar —dice Eve Gil—, en este país no existe una crítica literaria seria, solo un crítico, que es como «el institucional», y una horda de reseñistas que se vuelcan hacia las novedades de las grandes editoriales y no ven lo que se produce de manera independiente, pero me puedo jactar de ser muy bien atendida por los académicos, y esta novela [El suplicio…], con todo y la censura, es citada y analizada en ensayos y tesis sobre literatura de la Revolución Mexicana, y me han comparado con autores que, de veras, me enrojecería mencionar por que son casi dioses para mí”.
Y para concluir con la crítica literaria: “Los escritores mexicanos —dice Eve Gil— estamos huérfanos en ese sentido”.
La obra literaria de Eve Gil ha sido merecedora de reconocimientos, entre los que cabe señalar dos menciones honoríficas, una por Electra masacrada, y la otra en el certamen binacional de novela Border of Words, y el Premio Nacional de Cuento Efraín Huerta por Sueños de Lot… Amén de varios en su natal Sonora.
Su Sho-shan y la dama oscura fue llevada al cine por Carlos Preciado en 2014. En cuanto a su trabajo periodístico-cultural fue galardonada con el prestigiado Premio Nacional de Periodismo Fernando Benítez en 1994.
Recuerda Eve Gil que aun sin saber leer, desde muy niña —“¿por qué eres escritora?”—, jugueteaba con los libros, “me eran preciosos, los rayoneaba, los olía, me atraían como un misterio”. Y en la escuela secundaria, escribió una novela por entregas que una tía mimeografiaba y la adolescente vendía entre sus compañeros de estudios.
“Me cuesta trabajo responder —dice— de manera concreta «por qué soy escritora»; lo siento como algo nato, es parte de mi personalidad y de mi vida”.
Pensar y sentir dolor
Eve Gil se dice “atraída por el arte en general” por lo que estudió teatro y fotografía, cantó en un grupo de rock —“de puras chicas”—, es “cinéfila”… sin contar, dice, que “estudié ballet toda la primaria”, y la única certeza que dice tener es de que “sería artista”. —Respuesta a la pregunta de si fuera posible sería de nuevo escritora.
¿Y qué haría Eve Gil hoy de no haberse dedicado a la literatura y al periodismo cultural?… Dice que sería psicóloga —“me apasiona la psicología, algo muy ligado a las letras”— o abogada —“me apasiona el derecho pero no lo ejercería en este país por la mucha corrupción que hay”— pero remarca que por igual sería escritora porque, dice, “no me concibo sin literatura”.
Una pregunta de corte freudiano ya que a Eve Gil le fascina la psicología: ¿qué asocias si lees u oyes El suplicio de Adán?
“Juntas, todas esas palabras —concluye— me hacen pensar en dolor ¡y sentir dolor!”.
Por fortuna, Eve Gil trascendió positivamente esa amarga experiencia.

