Tal vez por coincidencia, el Día de los Inocentes se publicó en el Diario Oficial de la Federación el Presupuesto de Egresos de este año, en el que se concretó un recorte en ciencia y tecnología, a pesar de que semanas atrás el entonces presidente electo había prometido que no lo habría.

Como en otras administraciones, los políticos de la cuarta transformación reconocen que la inversión en ciencia, tecnología e innovación (CTI) puede contribuir de manera importante al desarrollo del país, incluso solicitan a empresarios que inviertan en CTI, pero cuando se trata de asignarles un presupuesto adecuado, entonces las promesas se olvidan y la CTI vuelve a ser la convidada de piedra: presente en los discursos pero ausente en los recursos.

La ciencia en la sociedad

De poco han servido las reuniones de rectores e investigadores con miembros prominentes de los Poderes Ejecutivo y Legislativo, en las que reiteran que la inversión en CTI no da resultados inmediatos, pero que en el largo plazo aumentan la productividad y, sobre todo, propician la conformación de individuos críticos y conscientes de sus compromisos con la sociedad.

Pero ni los políticos ni la clase gobernante parecen enterarse de la importancia de la ciencia y la tecnología para lograr el siempre postergado despegue económico del país. Ahora, con el cambio de administración, parecía que al fin se le daría el lugar que merece la investigación en CTI; sin embargo, la nueva política social que pretende beneficiar a las comunidades más marginadas, no toma en cuenta la ciencia y la tecnología, las cuales podrían contribuir a modificar el entorno social, político y económico de esas comunidades.

En los últimos años, especialistas e investigadores han referido que se requiere un nuevo contrato social para la ciencia y la tecnología, en el que las comunidades se incorporen como interlocutores y actores principales de los programas de desarrollo social y tecnológico que estén sustentados en el aparato científico y tecnológico. En ese nuevo contrato debería realizarse una verdadera comunicación, es decir, que el mensaje fuera en las dos direcciones, en una realimentación productiva, y no solo del científico y el comunicador hacia la sociedad.

En esas condiciones, la comunicación social de la ciencia, además de dar cuenta del acontecimiento científico y tecnológico, puede proporcionar el contexto sociocultural, económico y político en el que ocurren los avances de CTI, así como las repercusiones que pueden tener tanto en el ámbito privado como en el público.

Por supuesto que un mejor conocimiento del contexto sociopolítico, económico y cultural en que se producen las investigaciones científica y tecnológica permitiría ahuyentar los temores injustificados a los avances de las diferentes disciplinas, al tiempo que contribuiría a formar un juicio crítico y objetivo de las repercusiones del mundo científico y tecnológico en la marcha de la humanidad.

La ciencia y la comunicación

Si lograra insertarse la actividad científica y tecnológica en las preocupaciones cotidianas de la sociedad y la clase gobernante, entonces podrían tenerse más oportunidades de contribuir a crear un pensamiento científico que alentara la conciencia crítica de la población para que influyera en la política científica, con el propósito de lograr el desarrollo integral del país. Esta inserción de la CTI en la sociedad solo podrá lograrse conformando una política científica de Estado en la que se considere, indudablemente, una política de comunicación social de la ciencia.

Tal vez, además del analfabetismo científico que padecen nuestros políticos, la falta de un periodismo de la ciencia que comunique y procure que los productos y servicios generados por la investigación científica y tecnológica puedan ser usados y disfrutados por toda la población han impedido que se tome conciencia de la importancia de la CTI para el desarrollo del país.

En la medida en que se informe sobre los beneficios y también perjuicios que ha producido la ciencia, así como de sus aportaciones para lograr la comprensión de los fenómenos naturales y sociales, se entenderá mejor la importancia de cultivarla y de impulsar todas las líneas de investigación, porque tarde o temprano contribuirán a hacer la vida más amable.

Pero esa participación en la política científica del país no puede lograrse únicamente con la comunicación social de la ciencia, se requiere la participación decidida del gobierno. Probablemente de esa manera podrá lograrse la democratización del conocimiento y quizá, solo entonces, el gobierno invertirá en el conocimiento científico y tecnológico, para procurar un país más justo, productivo y con bienestar social.

Y entonces ya no será necesario que cada año se levanten las voces de científicos y comunicadores de la ciencia solicitando más presupuesto para ciencia, tecnología e innovación.

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f/René Anaya Periodista Científico