El tema central del apetito voraz del capitalismo, a lo largo de su historia, han sido los energéticos; la apropiación del petróleo fue y es la causa de numerosas conflagraciones en todo el planeta. Por eso, probablemente el tema más importante de la economía nacional se centra en el desarrollo, funcionamiento y eficiencia de Petróleos Mexicanos (Pemex).
La reforma energética fue un error y una concesión al capitalismo neoliberal que hoy por hoy sigue siendo la preocupación esencial de la administración pública.
Las calificadoras han sido pieza clave para desmantelar economías enteras y producir las crisis económicas más devastadoras de la historia, su participación en 2006 y 2007 —en una actitud fraudulenta— calificó como “triple A” los bonos inmobiliarios que en realidad habían perdido su valor, los cuales afectaron de tal manera, que ingresamos a una crisis de la que aún no salimos.
Existen más de 80 empresas de esta naturaleza, pero tres son las dominantes: Standard & Poor’s es la más grande, en segundo lugar se encuentra Moody´s, ambas califican el 40 por ciento cada una de la deuda mundial y Fitch ratings cerca del 15 por ciento.
¿A qué intereses sirven estos instrumentos, que definen el proceso económico y las características de la deuda mundial?, como sucede en todo este sistema, a quienes son sus dueños; por ejemplo, el mayor accionista de Moody´s es el famoso multimillonario Warren Buffett; Rockefeller y Bill Gates son los principales accionistas de Microsoft, mientras que las acciones de Fitch son del grupo francés Fimalac y, de la vieja conocida nuestra, la Corporación Hearst, que fue propiedad de aquel millonario dueño de un imperio periodístico, que propició la guerra de Estados Unidos y Cuba.
López Obrador tiene razón histórica, hoy nuestro problema es poder financiar a Pemex, sin perder la soberanía.
Por otra parte, en el lenguaje financiero de nuestro tiempo y en la interpretación macroeconómica, los pronósticos de dichas empresas están bien cimentados, aun cuando son por completo tendenciosos. Sí, es verdad que a Petróleos Mexicanos le falta capitalización y que el Estado nacional difícilmente puede aportar —en este momento— lo que se requiere, pero el fondo de este asunto es mantener vigente la —mal llamada— reforma energética, para entregar nuestras reservas energéticas al gran capital mundial.
Por eso, aunque no debería decirlo él —y menos con el lenguaje que utiliza— el presidente López Obrador tiene razón histórica: hoy, nuestro problema es poder financiar esta empresa, sin perder la soberanía, que tanto se ha afectado en los últimos años del neoliberalismo.
Las calificadoras son descalificadoras y servidoras siniestras del neoliberalismo, que agobia y explota a miles de millones de seres humanos en el mundo contemporáneo.
A pesar de estos argumentos, no hay duda de que el entramado global en que nos encontramos, al que enredan leyes, reglamentos, interpretaciones y tratados internacionales, no es fácil de vencer; se requiere una estrategia inteligente que no nos ponga al borde de la crisis financiera y que sí rescate los valores fundamentales que dieron razón de ser al constitucionalismo mexicano.
