Salvador Abascal Carranza
(Primera de dos partes)
Cuando yo estudiaba filosofía en la Universidad Iberoamericana, no faltaba algún amigo o pariente que me preguntara con cierta sorna:
—¿Qué diablos estás estudiando? ¿Para qué sirve la filosofía?
—La verdad —replicaba yo— es que la filosofía no sirve para nada.
—¿Y quién —insistía en tono casi de burla— puede dedicarse a algo que no sirve para nada? ¿Para qué puede ser bueno lo que no sirve para nada?
—En realidad sí sirve, pero no en el sentido utilitario que se le da al término “servir”. La filosofía está al servicio de la verdad, pero no es útil.
Quizás mis interlocutores no quedaban muy satisfechos, ni yo mismo, porque estaba lleno de dudas. Aún lo estoy, pero mis dudas son cada vez de distinta naturaleza, según he ido avanzando en el conocimiento, porque es lo propio de la filosofía plantear más preguntas de las que se pueden responder.
Mis certezas son, sin embargo, lo que fundamenta mis principios y mi razón de vivir y constituyen, a su vez, fuente de nuevas interrogaciones. No dudo del valor absoluto de la vida, del amor, de la justicia, de la santidad, de la libertad, del amor de Dios, pero cada uno de estas admirables realidades produce en mi interior un sentimiento paradójico, de certeza por un lado y de perplejidad por el otro.
Mientras existan seres humanos capaces de asombrarse, de admirarse por la vida y todo lo demás, seguirán progresando la ciencia y la filosofía. Pero esto no basta, es necesario que las buenas ideas, que las nuevas creaciones, sirvan a la humanidad para transformar la realidad, por el hecho de servir a la verdad. El ejercicio de la política es una de las más nobles maneras de serle útil a la sociedad. Pero política sin filosofía es vaciedad, es activismo, es pragmatismo estéril.
“La virtud específica del buen intelectual radica en el esfuerzo continuo por pensar la verdad y, una vez pensada decirla, sea como sea, aunque le despedacen” (Ortega y Gasset, Mirabeau o el político). El pensamiento político, la filosofía que se desprende de él, es solamente una dimensión de la política; es, ciertamente, su base y su alma; la otra es la acción. Interpretando a Chesterton, se puede afirmar que “una buena idea sin palabra es estéril, pero una buena palabra sin acción es impotente”.
Regreso a mi breve relato. Por esos mismos tiempos de estudiante, veía yo pasar por los pasillos de la Universidad a un profesor de serio porte, de esos que se distinguen por formar parte de la aristocracia universitaria. Lo conocía yo porque lo había visto y, de vez en vez saludado, en la oficina de mi padre, a la sazón director general de la Editorial Jus en donde debuté “de oficio” como corrector de pruebas y galeras. (Editorial Jus, propiedad de don Manuel Gómez Morín y de otros destacados fundadores del Partido Acción Nacional) Ese maestro, ese aristócrata del pensamiento y del derecho, no era otro que don Rafael Preciado Hernández.
Mi padre le publicó a don Rafael algunos de sus libros en la editorial que le había encomendado don Manuel, y le tenía en gran estima y admiración. Pero fue de voz de algunos compañeros que realizaban simultáneamente la licenciatura en filosofía y la de derecho, de quienes tuve noticia de aquel magnífico maestro. En opinión de mis amigos, don Rafael era más filósofo que jurista, o un jurista-filósofo como pocos, claro y profundo a la vez —otro maestro de la misma época, y semejante talla fue don Héctor González Uribe, S. J., director de la carrera de filosofía de la Ibero, jurista y muy cercano a don Rafael y al PAN de aquellos tiempos.
Don Rafael era, pues, un verdadero intelectual, un pensador y un maestro. No de esos que sólo repiten lo que han aprendido, sino de los que, aprovechando lo aprendido, son capaces de descubrir nuevas verdades. Solamente se puede comprobar lo anterior, cuando el pensamiento de un hombre rebasa su propio tiempo y es casi tan vigente como cuando se produjo.
Don Rafael hacía filosofía, del derecho y de la política, porque empeñó su talento al servicio de la verdad; pero no se limitó a la verdad especulativa, que es buena para el ejercicio y goce del intelecto, para la contemplación metafísica, sino trascendió a ese otro aspecto de la verdad que es buena para transformar la realidad. En el ámbito filosófico se le conoce como filosofía práctica (de la que forman parte esencial la ética, la estética, la filosofía política y social, la filosofía del derecho, etc.).
Y en congruencia con su postura ante la verdad, don Rafael toma la valiente y visionaria decisión de ser uno de los fundadores del Partido Acción Nacional. Por su sabiduría y su congruencia, fue escogido como secretario de la Comisión Redactora de los Principios de Doctrina en 1939, y miembro de la Comisión Redactora de la Proyección de Principios de Doctrina de 1965.
