Gonzalo Valdés Medellín
La puesta Obituario (1991), definida por su autor como Mascarada en dos actos, cumple veinte años de haber sido escrita y de verse representada en innumerables ocasiones en México y el extranjero. El dramaturgo recientemente laureado en las Jornadas Internacionales de Teatro Latinoamericano, Guillermo Schmidhuber de la Mora (1943), concibe con la obra Obituario, sin duda alguna, una de la más representativas de su dramaturgia (al lado de Los héroes inútiles, Los herederos de Segismundo y La secreta amistad de Juana y Dorotea) dando cuenta de una deliberada experimentación de formas y discursos que bien pudieron partir del melodrama convencional, y que Schmidhuber trastoca con notable pericia hacia la Mascarada (que en otros términos puede denominarse también farsa), para hacer un homenaje al misterio de la creación dramática (y metateatral).
Sucediendo en un “apartamento en las inmediaciones de una capital teatral”, Obituario es la historia de dos frustraciones y una mentira: las dos primeras encarnadas por un dramaturgo y un actor; la otra por la existencia —fantasmal o espectral— de una crítica de teatro. Los nombres de estos personajes bien pueden pertenecer al mundo europeo o norteamericano: Rudolph Gottlieb (viejo dramaturgo retirado), Julia Serpe (cuarenta años, crítica) y Adam Ludmann (joven actor). Desde luego, Schmidhuber sabe que las circunstancias anecdóticas bien pueden concernir a cualquier país y, por ende, los personajes de Obituario hacerse partícipes de toda nacionalidad (incluso de la mexicana).
De hecho, la obra es un homenaje al teatro en la evocación de dramaturgos de la talla y generación de —y según anota del propio Schmidhuber en el arranque del primer acto… “Ernst Toller y George Kaiser, entre los alemanes… Rodolfo Usigli, Samuel Eichelbaum y Antonio Buero Vallejo, entre los hispanoparlantes… Lillian Hellman y Thornton Wilder, entre los norteamericanos… Jean Anouilh y Jean-Paul Sartre, entre los franceses, etcétera”. Sin embargo, ya en su libro publicado en 1994, Los entes teatrales (que compiló varias piezas entre su producción), Schmidhuber señalaba de la presencia —evocada con fuerza decisiva— de Rodolfo Usigli (y de ahí la semejanza de este dramaturgo con el personaje de Obituario), por lo que tal vez este homenaje, y tomando como pivote el recuerdo de Usigli, sea realmente lo fundamental en el texto para hacer Schmidhuber el análisis agudo e irónico del papel del actor, el director (y hasta del crítico) frente a la potencialidad creadora que encarna el dramaturgo consagrado.
La Mascarada de Schmidhuber es un juego de espejos en el cual se reconocen los espectadores. “Tú eres yo, yo soy tú, los demás son nuestro reflejo”, parecerían decir los personajes en el rito de esta escenificación. Una venganza (la del actor que fue despedido de un montaje por cuestionar y “afrentar la inteligencia” del dramaturgo); una crítica (que deberá anticipar el obituario del escritor, y que al final sabremos que es otra Mascarada); y un dramaturgo, al final de sus días, obsesionado por dar punto final a la que tal vez sea su obra póstuma, serán los elementos para que Obituario se arquitecture a través de un excelente manejo de caracteres, situaciones, ámbitos, diálogos de agilidad extraordinaria y con una verosimilitud escénica que en la realidad sólo podría ser representada en la mente de los lectores y/o espectadores, muy a pesar de que existan actores que den cuerpo físico a la obra.
Con Obituario, Guillermo Schmidhuber —ha aseverado él— persigue “la respetabilidad del instante y la escenificación del conflicto entre los elementos constitutivos del teatro: dramaturgo/actor/director. Es un homenaje a la metateatralidad y una meditación dramatizada sobre mi concepto del teatro”. Sí, sin duda; pero Obituario es también la escenificación aguda y discernidora sobre el concepto de un dramaturgo en torno a la misma condición humana y que, a partir de una obra como Obituario, se revela como búsqueda perpetua de la plenitud y, con ello, de la felicidad y la verdad del arte y de la vida.
Pieza destacada en la producción de Guillermo Schmidhuber de la Mora, Obituario, al cumplir veinte años de vida sigue siendo una pieza de persuasiva vitalidad y de una teatralidad que hace eco en la magia de la representación, con una altura estética infranqueable, que debe estar en todos los repertorios teatrales del teatro iberoamericano y que coloca a su autor entre los dramaturgos mexicanos más distinguidos de la actualidad.
