El Senado es la representación de los estados en el pacto federal y los diputados son los representantantes del pueblo. Ambas cámaras hacen nuestras leyes. El proceso de una nueva legislación pasa por su propuesta, análisis y discusión en comisiones específicas para de ahí pasar a su debate y aprobación o rechazo en el pleno. La aprobación de un dictamen no es la aprobación de una ley. Tampoco en el caso de la ley de seguridad nacional, cuya iniciativa fue del presidente Calderón, enviada al Senado donde después de un año fue turnada a la de Diputados para que ahí fuese revisada, y en su caso modificada. En eso están.
Durante el reciente encuentro de legisladores con organizaciones y colectivos sociales, representados por Javier Sicilia en el Castillo de Chapultepec, se pidió detener la aprobación de la ley de seguridad nacional, que está, insisto, en proceso de revisión por los diputados. No se ha aprobado la ley que envió la Cámara de Senadores. El dictamen en comisiones fue aprobado para su discusión en el pleno, con la reserva de todos los particulares de la misma.
Eso ofendió a Javier Sicilia y demás representantes sociales a quienes por cierto, frecuente y ligeramente, se les atribuye la representación de la sociedad civil, de toda la sociedad. Quizá ellos mismos no se arrogan esa representación, pero se les endilga la misma un día sí y otro también.
Claro que con los episodios de los besos y abrazos, los anhelos de humanizar el debate y el disenso, la imagen del poeta, periodista y doliente ha sufrido críticas y descalificaciones de los extremistas que claman no más sangre, con toda clase de violencia verbal y conceptual, pero eso es otro tema.
Cuando en la Cámara de Diputados se aprobó el dictamen de la ley de seguridad se rompió el diálogo. Sicilia llamó mentirosos y traidores de su palabra a los representantes populares. Los legisladores le han pedido a Sicilia y acompañantes que se asesoren mejor, que exista mesura y confianza. Que vuelvan a la mesa y al intercambio de ideas y opiniones.
Sicilia ha señalado con pertinencia que se incluyan los 36 puntos que la UNAM y especialistas participantes en el foro internacional, que para ese propósito se llevó a cabo, al debate y enriquecimiento sobre la viabilidad de la ley de seguridad. El poeta, periodista y doliente tiene razón en pedir esa inclusión. No la tiene en cuanto a señalar “albazo” y aprobación de la ley porque eso no ha sucedido.
Los diputados tienen un diferendo serio y público con estos representantes de la sociedad civil. El movimiento que encabeza Sicilia goza de amplios respaldos. Es empático con millones de mexicanos que no sienten, viven ni perciben un Estado de derecho. Los legisladores cargan un desprestigio ganado a pulso durante décadas, no están cercanos a la realidad de esos millones, no atienden a sus reclamos, sirven más a sus partidos y más aún a sus propios apetitos políticos. Unos están cerca de la gente y los otros lejos, muy lejos. Eso le resta equilibrio emocional a la discusión de este caso, lo cual es real aunque no sea correcto.
El llamado de los diputados es pertinente y oportuno, todavía no hay ley de seguridad nacional. Falta much
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