A los 85 años de edad murió en la ciudad de México, donde nació en 1926, Emilio Mújica Montoya, licenciado por la Escuela Nacional de Economía de la UNAM —de la que fue profesor y director— y doctor por la Universidad Alexander von Humboldt de Berlín.

Fue contralor general de los Almacenes Nacionales de Depósito (1953-58) y director de Planeación Sectorial y Regional de la Secretaría de la Presidencia (1965-70). Ya en los años setenta se desempeñó por un breve lapso como subgerente de Planeación de Ferrocarriles Nacionales (1971) y al término del sexenio echeverrista ocupó la Dirección de Promoción del Sector Paraestatal de la Secretaría del Patrimonio Nacional.

Amigo de José López Portillo, al producirse el destape de éste, conforme a la costumbre, hubo cambios en el PRI y Mújica pasó a incorporarse al consejo consultivo del IEPES, organismo que entonces tenía algún peso por la relevancia intelectual de sus integrantes. De modo que fue algo normal que el primero de diciembre de 1976 nuestro personaje apareciera como secretario de Estado, ocupando precisamente la Secretaría de Comuni­ca­cio­­nes y Transportes, cargo que desempeñó con eficiencia y ánimo patriótico durante los seis años del auge petrolero.

Entendía que el presidencialismo era la pieza clave del sistema político de entonces y le preocupaba todo lo que atentara contra esa institución. Durante el movimiento de 1968, admitió la justeza de las demandas estudiantiles, pero consideró excesivos los ataques a Díaz Ordaz. Igualmente, dejó ver la solidez de sus lealtades en una comida con gente de prensa muy apreciada por él, pues cuando la conversación empezaba a ocuparse de los flancos débiles de López Portillo, Mújica, notoriamente molesto, se levantó para retirarse.
Con Manuel Camacho en la regencia del Distrito Federal, Mújica fue director del Metro (1991-93) y de ahí se fue a Costa Rica como embajador, donde estuvo hasta 1997. La suya fue una carrera pública de casi medio siglo y, como muy pocos, pudo disfrutar de buena fama, pues en tiempo de corrupción galopante y generalizada fue de los que no tocaron dinero ilegítimo.

En varias épocas escribió en Siempre! artículos mesurados pero no medrosos. Los suyos eran textos que destilaban un patriotismo sereno pero firme, la convicción de que el nacionalismo revolucionario era la fórmula para preservar la soberanía y resolver los muchos problemas del país. No es un dato menor que uno de sus hijos fuera militante comunista cuando él fungía como secretario de Estado. De ese tamaño era su tolerancia. Era un funcionario de los que ya no hay.