
Escribiendo el discurso que pronuncié en la instalación del nuevo Consejo Nacional del PAN en octubre del 2007, me advirtieron que los calderonistas intentarían, por enésima ocasión, presionarme para obligarme a renunciar a la presidencia nacional de mi partido.
Tras mi mensaje, los motineros sacarían camisetas con una leyenda que me exigía renunciar. Juan Camilo Mouriño y Felipe Calderón habían sido los primeros en intentarlo. Les urgía tener control total del Comité Ejecutivo Nacional para designar a sus allegados como candidatos en la elección intermedia del 2009. Nunca lo negaron ni lo disimularon. Temían que yo me reeligiera, pues en mi presidencia se alcanzaron los mejores resultados electorales de toda la historia del PAN.
Abandoné la escritura para reflexionar qué hacer en aras de la unidad del panismo y a fin de evitar una confrontación. Me encomendé a Dios y tomé una decisión que sería incomprendida por mis más cercanos amigos y colaboradores, a quienes no hubo tiempo de consultar. Volví al teclado y continué redactando lo que habría de expresar por la mañana, en mi condición de jefe nacional de un partido gobernante.
“Que cada decisión durante los próximos tres años, sea consumada con voluntad de acción justa, sin temor y sin prejuicios derivados de afectos y desafectos individuales. Con ese espíritu panista pido al Consejo Nacional que considere la posibilidad de adelantar lo más posible la renovación del Comité Ejecutivo Nacional. Les pido que sea un tema común en las mesas de trabajo que sesionarán el día de hoy. Honestamente creo que las circunstancias hacen recomendable que el CEN emita la convocatoria para la elección del Jefe nacional en su sesión próxima”, escribí entonces, para luego decirlo a mis compañeros de partido. Por unanimidad, los consejeros aprobaron no solo adelantar mi relevo, sino también evitar un conflicto interno que hubiese sido devastador.
Cuantas veces fue necesario dije a Calderón que esperara a que concluyera mi gestión. En entrevista cordial el 12 de octubre del 2007 el Presidente me recibió en actitud amable y receptiva. Agradeció mi iniciativa de adelantar el relevo de dirigente del PAN. Le reiteré lo que había dicho a Mouriño, a Nava y al secretario de Gobernación, Ramírez Acuña: que no buscaría mi reelección. También me lo agradeció.
Ya con la dirigencia del partido a su servicio, en lugar de organizar la libertad de los panistas que entonces le profesaban respeto y admiración, Calderón optó por controlar la voluntad de muchos militantes. A través de personeros, recurrió al manejo de la nómina federal obligando a los funcionarios públicos “panistas” a obedecer instrucciones partidistas desde Los Pinos. Se impuso la voluntad del Presidente a gobernadores y alcaldes emanados del PAN. También a muchos legisladores federales y estatales. Se había instalado el autoritarismo de gobierno dentro del partido, como en el régimen septuagenario del PRI.
Lo sucedido después se entiende en las derrotas de Acción Nacional en todo el país; también en las recurrentes decisiones que rasgan la elegante vestimenta doctrinal que con fidelidad lució el PAN durante siete décadas. El partido, que fue de los ciudadanos, hoy es botín de una camarilla que tomó por asalto su propio hogar, donde crecieron y abrevaron principios y valores que traicionaron desde el poder.
El corazón de esta crisis está en la anarquía que vino con la segunda presidencia de la República surgida de Acción Nacional. Anarquía que significa negación o ausencia de autoridad, que desnaturaliza las tesis de autonomía partidista frente al poder público, que el propio Calderón predicó años atrás. Anarquía que trastoca el concepto de lo que para el PAN es, o fue, la autoridad del partido y del gobierno: dos facultades distintas y distinguibles que se unen en un mismo proyecto político operado en forma coordinada, orientado hacia el bien común.
Con Calderón se corrompió la teoría y la práctica de la autoridad. El PAN la entendió siempre como deber de servicio, no como facultad de prepotencia. El “jefe”, como se le suele decir con respeto a quien dirige el partido, pasó a ser un lacayo del gobierno con gafete de presidente nacional de diciembre de 2007 a diciembre de 2010. Germán Martínez y César Nava fueron fieles subordinados del poder, dimitieron a su condición de interlocutores con el Presidente en representación del partido, lo convirtieron en instrumento del gobierno en el que ambos refugian sus pecados y traiciones.
Gustavo Madero ha sido víctima de la anarquía instalada por sus dos predecesores. No se le ha negado autoridad, pero optó por hacerla ausente de sesiones y decisiones. Ni quienes dicen que lo hicieron ganar la presidencia nacional, cobrando su cuota de poder partidista por ello, le han hecho valer su autoridad formal, a menudo llamada institucional por el solo hecho de portar el nombramiento.
Habemos quienes estamos luchando para que el no PAN siga navegando en las turbias aguas de la anarquía, desde el movimiento nacional Volver a Empezar. Hemos emprendido una serie de acciones que les comentaré en mi próxima colaboración. A pesar del arduo horizonte que vislumbramos, tenemos una firme esperanza y la certeza de que podemos regresar nuestro partido a su cauce originario, por el bien de México.
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