Según una teoría, el consumo de carne llevó a la evolución del cerebro humano, pero al parecer fueron los sesos y el tuétano los que lo volvieron Homo sapiens.
La teoría de que la dieta carnívora permitió la evolución de los primeros homininos desde los australopitecos hasta el Homo sapiens sapiens. Claro que los vegetarianos y veganos se niegan a aceptarlo, pues consideran que el consumo de carne es culpable de todos los males de la humanidad.
Sin embargo, también hay otro grupo de antropólogos que se oponen a esa teoría, no porque sean enemigos de los suculentos bisteces, sino porque plantean que otro tipo de alimentación fue el que causó el gran salto del hominino primitivo al actual. Su hipótesis es que esos ancestros consumieron sesos y tuétanos, antes que carne.
Un asunto muy sesudo
De acuerdo con la teoría de la evolución de los homininos por su dieta carnívora, se considera que consumir alimentos con mayor contenido de energía causaron que se enriqueciera su aporte nutricional y alargaran sus periodos de saciedad, ya que el aparato digestivo trabajaba más lentamente que con los vegetales.
De esta forma, el cerebro de esos individuos se desarrolló mejor, tuvo más tiempo para ocuparse de otras actividades y no solamente de recolectar frutos y hierbas para su consumo. Así, crearon herramientas y empezaron a modificar el ambiente en que vivían.
En 2016, Katherine D. Zink y Daniel E. Lieberman, del Departamento de Biología Evolutiva Humana de la Universidad de Harvard, publicaron en la revista Nature un trabajo en que refieren que el Homo erectus, hace dos millones de años, consumía carne cruda y vegetales que trituraba con sus herramientas, lo que le ahorró el tiempo que ocupaba en masticarlos. Por lo tanto también hubo una modificación en sus piezas dentales, que fueron disminuyendo de tamaño.
Esta hipótesis descarta que la evolución del cerebro de los homininos modernos se haya debido principalmente a la introducción del hábito de cocinar, hace unos 500 mil años, como algunos antropólogos suponen, sino que sus transformaciones comenzaron mucho antes, hace dos millones de años.
Pero un grupo de investigadores encabezados por Jessica C. Thompson, del Departamento de Antropología de la Universidad de Yale, publicaron en febrero de este año en la revista Current Anthropology su trabajo Origins of the Human Predatory Pattern: The Transition to Large-Animal Exploitation by Early Hominins (Orígenes del patrón depredador humano: la transición a la explotación de animales grandes por los primeros homininos), en el que plantean que la evolución del cerebro hominino comenzó millones de años atrás, pero no por el consumo de carne, sino por una alimentación a base de médula ósea y cerebro de grandes animales.
Una alimentación cerebral y medular
Thompson y colaboradores consideran que el australopiteco, hace unos 3.76 millones de años, cambió su dieta por nuevos hábitos alimenticios, en los que la carne no jugó un papel muy importante, sino los nutrientes del interior de los huesos y el cráneo, que fueron extraídos con herramientas de percusión.
Los investigadores proponen que en esos tiempos nuestros ancestros podrían haber comenzado a recolectar los cadáveres de animales grandes, que habrían fallecido por causas naturales o por las garras y colmillos de otros mamíferos, que dejaban los restos óseos, luego de aprovechar la carne.
Lejos de competir con esos depredadores u otros que se acercaran al cadáver para consumir restos de músculo adherido al hueso, los homininos recolectaban los huesos largos y el cráneo, y con herramientas de percusión los trituraban para extraer la médula o tuétano y abrían los cráneos para consumir el cerebro o sesos.
Esta labor de extraer médula y cerebro, refieren los autores, “a diferencia de los escenarios de evolución humana en los que las hembras son aprovisionadas de manera pasiva con carne, la explotación temprana de animales grandes pudo haber sido impulsada inicialmente por estrategias femeninas”.
Como ya se ha planteado, el uso y perfeccionamiento de las primeras herramientas fue una actividad esencialmente femenina, por lo que las homininas seguramente también descubrieron el relleno de los huesos y el interior de los cerebros, como alimentos provechosos.
Además de que el tuétano y los sesos se mantienen frescos por más tiempo que la carne, con menos bacterias, también son una importante fuente de nutrientes, en especial el tuétano que contiene los ácidos grasos esenciales docosahexaenoico (DHA) y eicosapentaenoico (EPA), que intervienen en el desarrollo del cerebro, preservan las capacidades cognitivas, previenen la demencia, la depresión y contribuyen a prevenir enfermedades cardiovasculares, entre otras funciones.
De esta etapa de recolector de huesos y cráneos, los homininos continuaron su evolución cerebral y desarrollo de piezas dentales más pequeñas, que llevaron a la modificación de su rostro, hasta llegar al Homo sapiens sapiens que mantiene una dieta omnívora y su gusto por la médula y el cerebro de animales.
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f/René Anaya Periodista Científico
