A decir de los astrónomos Martin Jutzi y Erik Asphaug
René Anaya
“Dos lunas flotaban en el cielo. Una luna pequeña y otra grande. Ambas se alineaban en el cielo. La grande era a la que estaba acostumbrada. Próxima al plenilunio, amarilla. Pero a su lado había otra luna diferente. Una luna de forma desconocida. Un tanto deforme y ligeramente verdosa, como si estuviera cubierta de musgo. Eso era lo que su visión captaba”, así describe Haruki Murakami en su novela 1Q84 lo que su personaje femenino Aomame veía en el cielo.
Este pasaje literario parece saltar al campo de las hipótesis científicas, ya que dos investigadores han publicado en la revista Nature el resultado de sus investigaciones, que parecen indicar que hace millones de años había dos satélites que giraban alrededor de nuestro planeta.
Una luna con dos caras
Al margen de las coincidencias literarias, los astrónomos Martin Jutzi y Erik Asphaug, de la Universidad de California en Santa Cruz, Estados Unidos, han planteado una hipótesis que explicaría las grandes diferencias que hay entre el lado visible y el oculto de la Luna.
La cara visible, como se ha observado desde hace muchos años, tiene mares o planicies extensas, conformadas principalmente por afloramientos basálticos en erupciones provocadas por impactos de meteoritos, que a la distancia parecen cuencas de contornos casi circulares, rellenos de lava, por lo que en las primeras observaciones con telescopios se les comparó con los mares terrestres.
El lado oculto, por su parte, apenas se empezó a conocer en 1959, cuando la Luna 3, nave no tripulada de la entonces Unión Soviética, fotografió ese lado, el cual –ahora se conoce– es más accidentado, tiene una corteza más densa y marcada por el impacto de cráteres, así como montañas de más de tres mil metros de altura.
Esas diferencias, refieren los científicos Jutzi y Asphaug, se podrían explicar por el choque de un satélite menor con nuestra Luna, que ocurrió hace 4 mil 400 millones de años, según su hipótesis. Los dos astrónomos consideran –como la mayoría de los investigadores– que la Luna se formó en los primeros tiempos de la creación del Sistema Solar, por acreción (crecimiento por adición de materia) de los restos del choque de un cuerpo del tamaño de Marte contra la Tierra.
En lo que difieren los investigadores es que en lugar de haberse formado una luna, surgieron dos, una más grande que la otra, que compartieron la misma órbita terrestre durante decenas de millones de años, hasta que se produjo el impacto de una contra la otra, lo cual produjo la incrustación de la menor en la mayor.
Por lo que se conoce, el impacto de dos objetos espaciales tiene graves consecuencias y puede provocar un cráter profundo, pero los investigadores plantean que el impacto se produjo a baja velocidad, a 2.4 kilómetros por segundo (velocidad menor a la cual el sonido atraviesa una roca), lo que permitió que, efectivamente, los dos cuerpos se unieran sin provocar grandes deformaciones en el satélite más grande.
La luna tomada a cucharadas
De esta forma, la luna mayor tomó a la menor (“a cucharadas o como una cápsula cada dos horas”, según escribió Jaime Sabines) sin que hubiese grandes desplazamientos geológicos. Además, consideran los científicos, la luna pequeña evolucionó más rápidamente que la otra, lo cual podría explicar las diferentes características de la cara oscura y de los mares de la cara visible de la Luna.
Jutzi y Asphaug han hecho una simulación por computadora del impacto a baja velocidad, que explica que no se produjera un derretimiento. En el momento del impacto, el satélite mayor tenía en su superficie un “océano de magma”, sólo protegido por una fina capa sólida. Como consecuencia del impacto, la corteza lunar se endureció y el magma se redistribuyó en la cara visible de la Luna; lo que explicaría las concentraciones de potasio, tierras raras y fósforo en su corteza, según plantean los investigadores.
De esta forma, una capa de acreción se correspondería con las montañas del hemisferio oculto, al mismo tiempo que se generó un desplazamiento del océano de magma del subsuelo a la cara visible.
Como los dos satélites se habrían originado del mismo material residual del impacto de la Tierra con el otro cuerpo enorme, la composición de las dos lunas sería similar, pero una se habría solidificado más rápido que la otra, por lo que la cristalización de sus rocas sería más antigua.
La hipótesis ha sido recibida con cierto entusiasmo entre la comunidad científica, pero se ha señalado la necesidad de tomar muestras de la cara oculta de la Luna para corroborar lo planteado por Jutzi y Asphaug, a quienes se les adelantó Murakami en una moderna versión literaria de las dos lunas.
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