Hace medio siglo, en Cabo Kennedy, Florida, tres hombres iniciaron el viaje más importante de la humanidad, porque cambió la forma de ver el cielo y continúa modificando nuestra vida cotidiana de una manera aparentemente imperceptible, ya que la llegada del hombre a la luna trajo consigo nuevas tecnologías, muchas de las cuales usamos diariamente.

Neil Armstrong, Michael Collins y Edwin E. Aldrin, a bordo de la nave Apolo 11, comenzaron el 16 de julio su viaje a la Luna, días más tarde, el 20 de julio por la noche, el comandante Armstrong imprimió por primera vez una huella humana en otro cuerpo cósmico. Desde entonces, como escribió Jorge Luis Borges: “La luna de las noches no es la luna/ que vio el primer Adán…”.

 

Un largo y sinuoso viaje

Pero no todos veían el viaje a la luna como una proeza humana digna de elogio. A las afueras del Centro Espacial de Houston un grupo de personas extendieron una gran manta en que se leía: “Buena suerte les desean los niños hambrientos de Houston”, porque cuestionaban que se gastaran 24 mil millones de dólares en el Proyecto Apolo en lugar de destinar ese dinero a los pobres del mundo.

De las cientos de respuestas que en ese entonces se dieron, quizá la más acertada fue la del escritor John Dos Passos, quien descartó que la contestación fuera la misma que dan los montañistas cuando llegan al pico de una cima: “Porque ahí está”; tampoco se trataba, decía el novelista, de invocar orgullos nacionalista ni de probar que un sistema económico era mejor que otro. “La respuesta —escribió Dos Passos— es que por su naturaleza el hombre tiene que saber”.

Y ese deseo de conocer, de saber, llevó a la consecución de empresas jamás antes imaginadas, condujo a la creación y perfeccionamiento de miles de objetos que actualmente utilizamos día con día.

El avance de la ciencia y la tecnología fue tan acelerado desde el inicio de la carrera espacial, el 4 de octubre de 1957 —cuando los entonces soviéticos lanzaron  el primer satélite artificial— hasta el alunizaje humano en 1969, que los historiadores de la ciencia consideraron que si hubiera habido ese ritmo de progreso en la aviación y en la astronomía, se habrían inventado aviones estratosféricos a reacción apenas 12 años después del primer vuelo de los hermanos Wright y que el telescopio de Monte Palomar se habría construido en 1650, y no en 1948, a 40 años de que Galileo creara el primer telescopio.

En los últimos 50 años el ritmo de generación de nuevas tecnologías y perfeccionamiento de productos se ha acelerado aún mucho más; tanto así que se ha considerado que las computadoras del módulo lunar y del módulo de mando eran seis veces menos potentes que las actuales calculadoras científicas y mucho menos potentes que cualquier teléfono inteligente.

 

El viaje precursor del cambio tecnológico

La carrera espacial fue el motor del avance científico y tecnológico de la segunda mitad del siglo XX, pues se crearon tres mil aparatos y técnicas, los cuales a su vez dieron origen a 300 mil productos, técnicas y procesos que son de uso generalizado o que han dado lugar a nuevos productos y tecnologías perfeccionadas.

Por ejemplo, las telecomunicaciones que convirtieron al planeta en una aldea global, la entonces revolucionaria técnica del videotape que ahora es caduca porque se cuenta con imágenes y audios digitales. Las computadoras que son indispensables para cualquier actividad, tanto las de escritorio como las portátiles y las tabletas.

Los hogares y las oficinas cuentan con productos originados por la carrera espacial: las telas repelentes a manchas, los plumones, los marcadores, los pegamentos adhesivos, las telas resistentes al fuego, los líquidos desmanchadores, las baterías recargables y cientos de objetos más, como los termómetros infrarrojos que sustituyeron a los mercuriales; la espuma de memoria que se utiliza en colchones, almohadas, prótesis y otros productos; el enriquecimiento de fórmulas lácteas para bebés; aspiradoras inalámbricas; purificadores de agua; alimentos deshidratados; detectores de humo y muchos más.

La medicina también se ha beneficiado de los viajes espaciales, como la isoniacida, un medicamento contra la tuberculosis; el telediagnóstico, la tomografía axial computarizada, el rayo láser como bisturí; y los marcapasos con control remoto por tecnología inalámbrica.

En la industria, las resinas plásticas, la fibra de vidrio y las celdas fotoeléctricas se emplean en numerosos equipos y aparatos; los hologramas se usan en la industria, las artes visuales, la arqueología, la astronomía y otras disciplinas científicas.

Esos y otro prodigios de la carrera espacial han hecho nuestra vida más amable y han permitido avanzar en el estudio de los fenómenos físicos, químicos y biológicos del micro y macrocosmos. Por eso, desde hace 50 años muchos de nuestros avances se los debemos a la Luna.

@RenAnaya2

f/René Anaya Periodista Científico