En Michoacán y a nivel federal

Por Martín Tavira Urióstegui

Vientos de precampañas soplan a nivel federal y en Michoacán. Pronto los vientos se convertirán en ventarrones cuando los partidos políticos tengan ya sus candidatos registrados.

¿Cuántas veces se repetirá la palabra democracia en los medios de comunicación y en la propaganda escrita? Miles y miles de veces. De modo que conviene que recordemos algo de este concepto.

La libertad como la democracia son categorías políticas de carácter histórico. Han cambiado de significado con el paso del tiempo, de acuerdo con las transformaciones que han ocurrido en la sociedad. Cada sistema de la vida social ha tenido su tipo de democracia. Por eso debemos hablar siempre de democracias concretas: la esclavista, la burguesa y —¿por qué no?— la socialista.

Hay quienes piensan que la democracia debe reducirse al simple “juego” de los partidos políticos. El partido que obtenga la mayoría deberá obtener los puestos públicos. Así lo dijo alguna vez el político uruguayo Carlos María Sanguinetti. Esta sería la democracia puramente formal. ¿Democracia “sin adjetivos”?

¿Hay realmente “juego libre” de los partidos y “elecciones libres” como lo repiten ciertos políticos? ¿Quiénes imponen las reglas del “juego”? Los que tienen el poder del dinero y el poder de los medios de comunicación. Este hecho lo corrobora la vida política de México y del mundo.

José Martí vivió en el “monstruo” y descubrió sus “entrañas”. El ilustre cubano escribió sobre el sometimiento de los políticos al poder de la oligarquía norteamericana. Los representantes y senadores de ambos partidos —Republicano y Demócrata— dictan leyes obedeciendo los intereses y presiones de la gran burguesía. El dinero proveniente de los grandes consorcios corre a raudales para apoyar a los candidatos que aspiran a ocupar los altos puestos. En México los recursos económicos hacen el desbalance entre los partidos y los candidatos. ¿Cómo se impuso Vicente Fox en su partido y el las elecciones de 2000? Mediante el “peso” de “sus amigos” que proporcionaron los recursos. Así pudo llegar al poder un ilustre gerente de la Coca-Cola, ayuno de ciencia política, pero ducho en trapacerías dinerarias.

Las grandes revoluciones cambian los conceptos políticos. La soberanía del pueblo y los derechos del hombre fueron difundidos por el mundo al triunfo de la Revolución Francesa de 1789. La Revolución Mexicana de 1910-1917 trajo nuevas doctrinas para el progreso del pueblo mexicano. El concepto mismo de Constitución se transformó radicalmente. Al lado de las garantías individuales aparecieron los derechos sociales, modalidad que rompía con las Constituciones clásicas.
Por supuesto que la Revolución Mexicana cambió el concepto de democracia: no hay tal sin la justicia social. Para el artículo 3º de la Carta de Querétaro, la democracia no es “solamente… una estructura jurídica y un régimen político, sino… un sistema de vida fundado en el constante mejoramiento económico, social y cultural del pueblo”.

Si los políticos y los partidos no toman en cuenta este nuevo concepto de democracia —que es mandato constitucional— bordarán en el vacío, haciendo promesas demagógicas sobre el “respeto a las libertades ciudadanas”.

¿Habrá auténtica democracia en un pueblo ignorante y lleno de miseria? La mercadotecnia podrá manipular la conciencia de los ciudadanos, pero no contribuirá a su educación política.

Ya es tiempo de que la propaganda electoral deje de ser catálogo de frases y promesas vanas y se convierta en compromisos reales y viables para un pueblo cansado de la mentira y de la corrupción.

La palabra libertad se repite todos los días aquí y afuera. ¿Cuántas veces se escribirá o se pronunciará en las campañas venideras nacionales y locales? Hay políticos que se llenan la boca diciendo que vivimos en un “país de libertades”. ¿Será posible tanta belleza?

La libertad en abstracto no existe. Libertad para hacer lo que se quiere es una ilusión. El concepto debemos verlo en concreto: libertad para qué, para quién y frente a qué o a quién.

Teórica y constitucionalmente la libertad de expresión es un derecho en nuestro país; pero viéndola en concreto tiene sus tremendas limitaciones. El pueblo mexicano tropieza con obstáculos de todo carácter frente a poderes e intereses fácticos y políticos, para ejercer este derecho. Grandes problemas se quedan en el olvido, porque se cierran todas las puertas para darlos a conocer. Si se difunden las verdades en contra de poderosos intereses, vienen las represalias y se acallan las “voces libres”.

Alguna vez decíamos ante un grupo de periodistas que por ley todos los medios de comunicación deberían ser obligados a dar a conocer todas las voces y las ideas de la pluralidad. Pero se me contestó: esos medios pertenecen a empresas y esas empresas están en su derecho de difundir o no las noticias o las diversas corrientes del pensamiento. Entonces —dijimos— no hablen de la libertad de expresión. ¿De quién es esa libertad, de las empresas o de los ciudadanos?

Hay una canción sobre Michoacán: “tenemos el orgullo de ser indios tarascos/más libres que las olas que tiene el ancho mar…” ¿Libres los tarascos —con su pobreza a cuestas— para difundir ampliamente sus problemas, para alimentarse, lograr su salud, educarse, enriquecer y difundir su cultura, viajar para conocer a su patria?

La libertad no existe si no hay posibilidad de ejercerla.

Libertad y democracia son términos dialécticamente entrelazados: sin libertad real no hay democracia real y viceversa.