Todo comenzó, probablemente, en el verano de 2011 cuando un nuevo mar de sargazos surgió en el Atlántico Central, entre las costas africanas al sur del archipiélago de las Canarias y el golfo de Guinea, y las costas americanas al sur del archipiélago de las Antillas y la desembocadura del río Amazonas.

Con el paso de los años ese nuevo mar se ha extendido y las corrientes han llevado parte de su vegetación a las costas del Caribe, donde se ha presentado un grave problema para el turismo, la salud y el ambiente, ya que en lo que va de este año el sargazo ha cubierto un millar de kilómetros de playas mexicanas.

 

Un mar de vida y destrucción

El mar de los Sargazos, descrito por Cristóbal Colón en su viaje a América, se encuentra en el Atlántico Norte, con una extensión de 5.2 millones de kilómetros cuadrados. Su nombre fue puesto por los portugueses porque esta vegetación les pareció semejante a la de un arbusto que llamaban sargaço, cuyo nombre científico es Cistus monspeliensis. Posteriormente se identificó a un género de algas al que se designó como Sargassum; algunas de estas especies (S. fluitans y S. natans) tienen burbujas llenas de gases que les permiten flotar libremente, alimentarse y reproducirse.

En ese bosque de algas viven cangrejos, camarones, peces, anémonas, anguilas y otros animales, pero también está amenazado por la contaminación de plásticos y sustancias químicas que las corrientes transportan a esa región, la cual también ha causado naufragios, pues los tallos de las algas enredan a pequeñas embarcaciones.

En 2013, Jim Gower y colaboradores, del Instituto de Ciencias Oceánicas de Canadá, dio a conocer en la revista Remote Sensing Letters un análisis de imágenes satelitales que sugerían una nueva zona de sargazos pero en el Atlántico Central, el cual explicaría la llegada de sargazo a las costas caribeñas, donde las algas se pudren.

Esas acumulaciones de sargazo fueron confirmadas por Chuanmin Hu del Colegio de Ciencia Marina de la Universidad del Sur de Florida y colaboradores, quienes publicaron el 5 de julio pasado en la revista Science el artículo The great Atlantic Sargassum belt (El Gran Cinturón de Sargazo del Atlántico), con los resultados de un estudio de imágenes de los últimos 19 años, en que se aprecia el surgimiento de una región con sargazo, la cual hasta junio del año pasado tenía una extensión de 8 850 kilómetros y estaba formada por más de 20 millones de toneladas de biomasa. Ese naciente mar ha llevado vida a esa región del océano pero también daños a las playas cercanas.

 

Un problema que emergió

El surgimiento de ese bosque de algas tiene probablemente dos orígenes, según Hu y colaboradores: en la costa americana, las grandes cantidades de sedimentos con nutrientes que arrastran los ríos Amazonas y otros como el Orinoco al Océano; y en la costa africana, el afloramiento de aguas profundas en un movimiento vertical entre las Canarias y las islas de Cabo Verde, que también llevan nutrientes a la superficie. Este fenómeno ya ocurría antes, la diferencia es que ahora es mayor la aportación de nutrientes.

Los 200 mil metros cúbicos por segundo que descarga el Amazonas llevan fertilizantes artificiales y sedimentos que son producto de la deforestación de áreas que dedican a la agricultura. Este incremento de nutrientes puede propiciar el desarrollo de especies como los sargazos.

Los investigadores advierten que habrá que confirmar esta hipótesis, pues actualmente tienen pocos datos concretos”. Lo que sí se sabe es que el Gran Cinturón de Sargazo aporta anualmente una gran cantidad de sargazo que las corrientes marinas llevan cíclicamente a las costas, donde las algas, fuera de su hábitat natural, mueren. Los depósitos de sargazo en las playas se convierten en una fuente de destrucción ecológica y daño a la economía de los países con destinos turísticos.

El sargazo, que por lo general es de color marrón o pardo, invade las playas y en pocos días se descompone. Además del olor a huevo podrido por la producción de ácido sulfhídrico, que confiere ese olor fétido, también se producen otros compuestos que contaminan los suelos y los ecosistemas, por ejemplo se pueden dañar los nidos de tortuga que se encuentran bajo la arena. Asimismo, las algas en proceso de putrefacción pueden ser un caldo de cultivo de bacterias dañinas a animales y seres humanos.

Así que este problema que viene del mar no es tan pequeño como lo consideró el Presidente de México, por lo que se requiere la conjunción de esfuerzos de científicos, técnicos, empresarios y políticos para salvar el ecosistema y el turismo. Pero sobre todo de voluntad política y análisis críticos de la situación.

@RenAnaya2

f/René Anaya Periodista Científico