Ya se oyen los claros clarines. Llega la hora en que el antiguo partido hegemónico, casi único, dominante –y ahora declinante– elegirá conductores. Y mucho más: destino y camino. Abrirá la puerta de su impredecible –¿o predecible?– futuro. Lo hará por acción o por omisión. De eso quiero ocuparme en este artículo.
Antes de revisar el camino que recorre ese partido, recordaré ante militantes de los más diversos colores –o ciudadanos sin militancia partidista– que en la sociedad plural interesa a todos la existencia y la operación de las oposiciones políticas, no sólo de las mayorías gobernantes. También de aquéllas depende el porvenir de la democracia. Y por ello, nuestro propio futuro: individual y colectivo.
La nación viaja o divaga. Se halla en pleno crucero. Las travesías geográficas suelen tener un curso preciso y un destino cierto. Y con frecuencia las conduce una tripulación competente y avezada, capaz de llegar a puerto seguro. La navegación histórica en la que ahora estamos empeñados corre por aguas encrespadas y se halla a merced de insólitas corrientes. Ni hablar de la carta de navegación y del puerto de arribo. Este crucero, en el que van millones de ciudadanos –como usted y como yo–, no tiene destino claro. Los navegantes descubren cada mañana el espacio que recorren y en cada crepúsculo se internan en una nueva región de sombras.
En esta travesía navegan muchas instituciones, barcos de la flota republicana. Entre ellas, el Partido Revolucionario Institucional, que fue nave insignia de la sociedad política mexicana del siglo XX. Partero de muchas hazañas y de varias catástrofes, avanza como puede, portador de incertidumbre. En otro tiempo hubo dominio del itinerario, acertado o erróneo, pero bien sabido y desenvuelto. Hoy las cosas han cambiado. El viraje ha sido radical, profundo, completo, a partir del inicio de la nueva etapa en que se produjo, como suceso premonitorio, un aparatoso naufragio.
Las piezas que se salvaron del hundimiento, reunidas de cualquier manera, llevaron adelante –y llevan todavía, voluntariosas– la nueva etapa del crucero. Agreguemos que en el naufragio se extraviaron algunos instrumentos elementales: el timón, la brújula, la carta de navegación y también, en cierta medida, la confianza y el denuedo de los navegantes.

A raíz de la derrota de julio de 2018, cuya magnitud no figuraba ni siquiera en las peores predicciones, se me invitó a sustentar una conferencia a bordo de la nave –en rigor, una charla sencilla– ante los diputados y senadores priístas electos en aquellos comicios, es decir, ante los sobrevivientes del hundimiento. Atendí esa invitación, animado por la necesidad de revisar los motivos del naufragio.
Tengo la dura experiencia, vivida con detalle, de la gran derrota precedente en el año 2000. Pero este primer descalabro al cabo de setenta años de victorias –“haiga sido como haiga sido”, para citar a un clásico– fue a manos del adversario histórico. Éste emergió del siglo XIX, con los aderezos de la nueva era, y dominó en las urnas. También recibió una “manita” del presidente de la República, que proclamó la victoria de su opositor tradicional, antes de que lo hiciera la autoridad electoral con números y atribuciones a la mano. El candidato perdedor apenas pudo secundar la noticia que difundió el animoso Ejecutivo.
Sin embargo, la derrota de 2018 –comenté en aquella charla a bordo de la nave priísta– tuvo un sentido enteramente distinto. Ocurrió, sustancialmente, a manos de legiones de priístas o expriístas, bajo las banderas y con el estilo que habían correspondido al viejo partido. En otros términos, la casa se dividió y sucumbió desde adentro. Por supuesto, la ira de millones de mexicanos, decepcionados o defraudados debe sumarse a la relación de agravio que tuvo desahogo electoral.
Esta derrota trajo consigo el penoso hallazgo, que ya se auguraba, de que el partido ganador o la muchedumbre victoriosa habían arrebatado al PRI su “espíritu”. Dicho de otra manera, lo privaron de su identidad histórica, largamente desatendida. Quizás la descuidó al bajar del caballo o al dormir una prolongada siesta. Así las cosas, ¿qué puede mirar ante el espejo el PRI de hoy, acostumbrado, como lo estuvo, a cierta identidad que se ha desvanecido? ¿Sombras, recuerdos, polvo de estrellas? No son el mejor equipamiento para llenar las urnas.
En fin de cuentas, el lance de 2018 –angustiosamente prolongado en 2019– sugería medidas de gran profundidad. Y exigía, previamente, una intensa y genuina deliberación acerca de ese cuerpo al que se había arrebatado el alma. Sin embargo, el partido enfiló su navegación, alentado por una parte de la marinería, hacia otro destino: la elección interna. Retornó la lucha doméstica por el poder, cuando más se necesitaba un acto de reflexión y un consenso lúcido y generoso –lo subrayo: generoso– en bien del partido, no tanto de sus grupos internos, ávidos y belicosos.
Tras algunos conciliábulos de los que sólo podrían dar testimonio las aves que sobrevuelan las cúpulas, se adoptó un proceso de relevo. Primero se creyó preferible encomendar al Instituto Nacional Electoral la práctica de la elección interna. Por fortuna, esta errónea decisión decayó en virtud del elevado costo que tendría semejante subrogación del proceso. En el mismo curso se resolvió –y esto prevaleció– elegir candidatos a la dirigencia mediante la denominada consulta a las bases.
Por supuesto, existe un priísmo “duro” que conforma esas bases. Es insuficiente para ganar una elección nacional, pero competente para alcanzar un pronunciamiento interno, que puede ser clamoroso si se sabe cómo hacerlo. Y es obvio que sí se sabe. El detalle, digamos, consiste en que esta explosión electoral, aparentemente democrática, no ha permitido analizar previamente con profundidad, objetividad y compromiso cuál es la solución más conveniente para el futuro de México y de un partido a su servicio.
Es posible que sea diferente lo que interesa a los “intereses” de algunos priístas, y lo que “interesa al interés del partido” y, por este medio, al del país. Bien que el arraigado lema de aquella organización política sea “Democracia y justicia social”, pero no menos bien que igualmente prevalezca el otro lema que aparece en muchos recintos públicos y que debe arraigar en la conciencia, la reflexión y la voluntad de muchos priístas, tantos como se necesiten para reorganizar la travesía: “la Patria es primero”.
El método de selección, elección o designación, que corre sobre un padrón cuestionado, trajo por lo pronto una nueva división interna. Grave, cuando se necesita unidad vigorosa y generosa. Y además, mostró muchas cosas que debieran estremecer a los priístas y provocar el insomnio de los militantes, como en efecto ha ocurrido.
Por un lado, se produjo el cierre de filas en la estrecha cúpula de los poderes locales, que son los dueños de las fichas en ausencia de un presidente priísta. Se añadió la mano larga y pudiente de exgobernantes que aportan fuerzas reales al lado de desprestigios no menos reales, que el PRI debiera inhumar en el arcón de las pesadillas. Además, se observó la extrema facilidad de manipular –desde adentro o desde afuera– falanges electorales que carecen de información suficiente.
Agreguemos la presencia, que los enterados consideran fulminante, de un antiguo priísta que hoy ocupa la presidencia de la República y que requiere fortalecer los instrumentos de los que ya dispone para su clamorosa gobernanza. Para ello se valdría tanto del movimiento que fundó hace pocos años –y que ha tenido, por el impacto del caudillo y el descrédito de sus antecesores, un extraordinario crecimiento–, como del partido gobernante de antaño, transfigurado en leal oposición de hogaño.
Formalmente, el partido no se deshizo, pero tampoco se rehízo, como era indispensable y apremiante. En el camino perdió militantes de gran valía, cuya presencia y participación formaban parte del patrimonio político y moral del partido. Y sigue pendiente el hallazgo –o la construcción, mejor dicho– de identidad partidaria.
Hoy se corre el riesgo de que el reacomodo de fuerzas y la función que ese reacomodo asigne a cada interés o a quien lo represente, haga olvidar o diferir nuevamente lo que más importa, o quizás lo único que importa de veras, porque lo demás llegaría por añadidura: la identidad partidista. Para extraviarla en definitiva bastaría que la mano poderosa hiciera girar el caleidoscopio en cuyo fondo aguardan las piezas variopintas. Cada giro de esa mano produciría nuevas, asombrosas y pragmáticas identidades.
