Frente a una muchedumbre expectante se eleva la chimenea del Vaticano. En la Plaza de San Pedro aguardan los fieles  –y también los infieles, los periodistas, los curiosos, los heraldos de la inquietud política–  el humo que anunciará, urbi et orbi, que el Colegio Cardenalicio ha designado al nuevo Papa. Cuando ocurra, cundirá una doble sensación entre los espectadores: alivio y alegría.

Pero no me ocuparé ahora, salvo para los fines de esta entrada, a título de referencia, de la elección del Romano Pontífice. Escribiré sobre algo infinitamente más terrenal y cercano a nosotros, que aguardamos a lo largo de un mes inquietante –aunque no demasiado– precedido por otros meses colmados de conjeturas: la elección del Rector de la Universidad Nacional Autónoma de México. Una elección en nuestro espacio y en nuestro tiempo, que son los de México: espacio y tiempo de incertidumbre. Una elección trascendental, que no se agota en las fronteras de una institución, sino va más allá de éstas, tan lejos como la trascendencia misma  de la Universidad de la Nación en la vida de México. Enorme.

Finalmente, la elección ungió, para un segundo período. a quien se desempeñó como Rector a lo largo de cuatro años: Enrique Graue Wiechers, médico descollante y universitario a prueba de asedios y fatigas. Debo reconocer, con satisfacción, que el proceso conducente a la designación del Rector transcurrió en paz  –salvo la inquietud de las conciencias, el rumor de las conversaciones y algún hervor aislado, que no hizo verano–, y que ese curso civilizado debe mucho tanto a la madurez de la Universidad y los universitarios como a la pertinente actuación de la Junta de Gobierno y, desde luego, a la personalidad y el desempeño de los aspirantes a ejercer la Rectoría.

Primero me referiré a los candidatos, prenda del buen desarrollo de una competencia que jamás tuvo, ni remotamente, visos de generar una guerra entre aspirantes y ni siquiera una grave contienda. A la “recta final” llegaron tres candidatos, una vez reducida la relación de aspirantes, que en esta oportunidad no fue muy extensa. Los tres que arribaron a la elección, realizada el 8 de noviembre de 2019, tienen cualidades sobresalientes, humanas y profesionales. Los tres cuentan con títulos bastantes para sustentar legítimamente sus aspiraciones. Los tres disfrutan del reconocimiento  y el respeto de la comunidad universitaria, sin perjuicio de las naturales preferencias individuales o de grupo. ¡Qué grato que así haya sido, para lección de otros procesos equivalentes, que harían bien en tomar noticia de éste y seguir su ejemplo! El Rector llega con legitimidad, que es un dato indispensable para el ejercicio legítimo de una elevada responsabilidad. Entra como se debe: por la puerta grande.

Enrique Graue, médico con gran prestigio en su especialidad, la oftalmología, ha sido profesor y director de la Facultad de Medicina. Sobra ponderar la importancia de este plantel y de la carrera que ahí se sigue. De aquélla han surgido varios rectores, a lo largo del siglo XX: tanto en etapas anteriores como en la más reciente. Graue actuó con talento, prudencia y espíritu universitario. Afrontó con eficacia la nueva circunstancia que prevalece en México y que inevitablemente gravita sobre la máxima casa de estudios, una inmensa comunidad heterogénea que se conduce con libertad manifiesta y, en ocasiones, clamorosa. Compleja comunidad, ante la que es preciso acreditar, cada día, cada hora, cada momento, autoridad académica y moral, además de habilidad política. Todo eso, asociado a la firme defensa de la autonomía universitaria,  contó en su favor y seguramente contará en la nueva etapa que le aguarda.

Los otros candidatos que participaron en este proceso también poseen méritos elevados. Son universitarios de los que podemos sentirnos orgullosos. La doctora Angélica Cuéllar Vázquez dirige la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, que no es un lago tranquilo. Ahí las travesías suelen ser azarosas. Ha hecho la suya con acierto y sorteado vicisitudes que pusieron a prueba su temple y su inteligencia. Cuenta con una larga carrera en su especialidad, las ciencias sociales, a las que ha dedicado una vida fecunda en la docencia, la investigación y la difusión de la cultura. Su presencia en la terna tuvo, además, un plus relevante: fue la única mujer que participó en este proceso. Y lo hizo muy lejos de cualquier consideración de cuota, con genuinos merecimientos y aspiraciones legítimas.

En esta competencia figuró, con la misma prestancia, pertinencia y acierto que los otros integrantes de la terna, el doctor Pedro Salazar Ugarte. Actualmente dirige el Instituto de Investigaciones Jurídicas, un centro del más alto rango en el cultivo de su disciplina, al que ha sabido mantener en el primer nivel que posee en el gran conjunto de organismos de su género en México y fuera de México. Conozco cercanamente a Salazar Ugarte y le tengo el mayor aprecio. Ha contribuido al desarrollo de la ciencia jurídica y política, con promociones importantes y aportaciones propias, de gran valía. Es un hombre independiente, que habla con voz alta, con razón y con firmeza. Excelente universitario, prestigiado dentro y fuera de  nuestro país, para beneficio de la Universidad.

Hoy, concluido el proceso, hay que ponderar la actuación de la Junta de Gobierno, a la que tuve el honor de pertenecer hace varios años, lejos de este momento y de esta circunstancia. Los malquerientes de la autonomía universitaria han impugnado, desde hace mucho tiempo, la existencia misma de esa Junta a la que desean sustituir con procedimientos que han sido desde negativos hasta desastrosos en otros medios similares. Contra todos los vientos, a veces muy poderosos, demoledores, la Junta ha se ha elevado como factor perseverante de la buena marcha de la Universidad. Ha desafiado todos los mitos construidos en su torno y demostrado, cada vez que la historia la convoca, el talento que animó a quienes la concibieron como pieza esencial de la vigente Ley Orgánica de la Universidad, de 1945. Se creó bajo el rectorado de Alfonso Caso, entonces asistido por un grupo de notables universitarios, entre ellos varios maestros de nuestra Facultad de Derecho.

En fin, Rector habemus. En este trance no sólo sobrevivió la Universidad –con toda su grandeza–, sino lució su enorme vitalidad puesta al servicio de México. Seguramente don Justo Sierra, que animó la recreación de la Universidad Nacional, hace un siglo, estaría orgulloso  –o acaso lo está, si nos observa desde el Panteón de los héroes– de la dimensión, el carácter, la energía de aquélla, a pesar de todos los pesares, de todos los asaltos, de todas las contingencias que enfrentó en el siglo XX y con los que se asomó al siglo XXI. Con ellos, por cierto, habrá de transitar –inexorablemente. Me temo– en los años que llegan.

Tener Rector es condición para recorrer con fortuna la siguiente etapa, que será cada vez más difícil, ardua, compleja. Lo está siendo. Al principio de este año, los universitarios amanecimos con una noticia infausta: la iniciativa de reforma al artículo 3º constitucional –el precepto que se ocupa de la educación– había suprimido la fracción que consagraba, desde 1980, la autonomía universitaria. No es necesario reiterar que esta autonomía es, como he sostenido, el oxígeno que respiramos, la raíz del árbol sembrado y cuidado por generaciones de universitarios para nutrir el patrimonio y alentar la vida de millones de mexicanos.

Tras el primer minuto de estupor, se elevaron las interrogantes y las protestas. Rápidamente acudió la  voz gobernante: la supresión no fue intencional, deliberada, sino casual; obedeció a un error, un olvido, una omisión involuntaria. En efecto, al cabo de varias semanas de mantener la vigilia en espera de la rectificación pertinente, llegó ésta en el texto definitivo del precepto constitucional. Pero tuvimos las banderillas clavadas durante algún tiempo, y no olvidamos lo que es imposible y desaconsejable olvidar cuando se ha pasado por este trance.

En fin, será quehacer del Rector encabezar a su comunidad en la defensa de la autonomía, razón de ser y condición de vida para esta institución. No parecen soplar vientos favorables para la auténtica autonomía universitaria, proclamada por la Constitución, pero requerida de muchos medios de protección y vigencia que la aseguren y le garanticen eficacia plena y constante. Creo que quienes libran la batalla de la vida al lado de otros contendientes que elevan banderas similares, pueden y deben  mirar con perspicacia la suerte de éstos, para encarar la propia. Lo cierto es que hoy se asedia a los órganos autónomos y se procura la concentración del poder a despecho de los intentos descentralizadores que hemos emprendido en los últimos años. Los órganos autónomos, acosados por las fuerzan centrípetas del poder, han caído o decaído. No está de más recordar el dicho popular, para animar la prudencia y fortalecer la trinchera: “¡cuando veas las barbas de tu vecino cortar…!”

Del Rector esperamos lo que ha probado tener: firmeza y prudencia. Ni sacar la espada contra los infieles, adelantando vísperas, ni plegarse al capricho de los sitiadores. Hay otras formas de servir a la Universidad y, sobre todo, a las causas nacionales a las que ésta se debe. Hay que entenderlo y contribuir, con entereza e inteligencia, al tránsito difícil que aguarda a nuestra Universidad en el bosque de la incertidumbre y la codicia   –polvos de antiguos lodos–, que muchos desean incendiar, aunque no sabrían apagar el fuego.

La Universidad Nacional –y, en general, todas las universidades públicas, colocadas en el mismo carro de la historia–  requiere recursos suficientes, que inevitablemente debieran ser crecientes, para mantener su paso: suficiente, rápido, ascendente. Merced a ese paso y a lo que se consiga en el camino largo y persistente, la nación ganará en independencia, desarrollo y justicia. El regateo en esta materia –o peor todavía, la deliberada merma de recursos–  atenta contra ese progreso y condena al país a marchar a la zaga, distanciándose cada vez más del progreso de la ciencia y la tecnología, o a depositar la posibilidad del progreso en manos que no se hallan necesariamente comprometidas con el único personaje que mueve nuestra voluntad y se halla en nuestro proyecto: el pueblo de México. ¡Cuidado con hacer ahorros que pongan en peligro o cancelen el porvenir!

La Universidad debe avanzar con firmeza en el rumbo y hacia el objetivo de la calidad, la más alta, la más exigente que sea posible asumir. No podríamos confundir la apertura de esta Casa –apertura indispensable, benéfica, deseada por todos los protagonistas del desarrollo universitario– con el abandono de la calidad. Si caemos en semejante confusión, promovida por la ignorancia y la irresponsabilidad, habremos derrochado la energía del país y defraudado a los mexicanos, especialmente a los jóvenes que anhelan y merecen la mejor inserción en el mundo actual y futuro. El diluvio podría anegar nuestros cauces y, a la postre, ahogar a toda la comunidad. Es fácil, pero también irresponsable, pedir lo que no se está dispuesto a apoyar.

El abandono de la calidad implica un gran fraude al pueblo de México. Nos expone a la servidumbre. Nos excluye del progreso universal. Nos priva de instrumentos para labrar el porvenir. En este orden  –¿o en este desorden?–  se han multiplicado las acechanzas y las confusiones. El Rector y los universitarios que lo acompañen –o mejor dicho, los universitarios y el Rector que los acompañe–  sabrán resistir el espejismo de una incultura rampante que pretende darnos gato por liebre.

Y por supuesto, los ciudadanos de la UNAM y en general de las instituciones públicas de educación superior, que somos centenares de miles, y los beneficiarios de esa ciudadanía, que son todos los millones que pueblan la República, requerimos y exigimos libertad. Ésta se halla en el corazón de la autonomía, como aquí la entendemos, y en el centro de la calidad de la educación. Me refiero a libertad de pensamiento, debate abierto de las ideas, rechazo del autoritarismo, repudio de pretensiones mesiánicas que se propongan suprimir nuestro vuelo e imponer una ideología que culminará en el naufragio de la Universidad. En la esencia de la Universidad anidan la tolerancia, el respeto, la mutua comprensión, jamás el rechazo de la discrepancia y la supresión de la democracia. La antidemocracia, que comienza por ser intolerancia, prohíja la división y el enfrentamiento y remata en la discordia, no debiera tener cabida en una Universidad que honre su genuina condición universal.

Vaya faena que aguarda a nuestro Rector. Pero no sólo a él, sino a todos los universitarios. Entre nosotros no podría haber partidarios y adversarios de las grandes causas universitarias. Sería mezquino y contraproducente que dividiéramos nuestra comunidad con ese método maniqueo y disolvente. También lo sería que nos abstuviéramos de opinar, analizar y actuar. Al cabo tendríamos una Casa en ruinas.

Así que: manos a la obra. Y mucha suerte para quien inmediatamente se hallará al frente de la Universidad Nacional Autónoma de México, enfrentando vientos y tempestades, pero también administrando la magnífica energía de esta formidable comunidad.  En su reciente desempeño no ha olvidado y seguramente retendrá en el periodo que se avecina, la cuádruple naturaleza de esta insólita institución:  es, con todo lo que implica, Universidad; es Nacional; es Autónoma; es de México. Nada menos.