Hay quienes gustan del cine de horror en el que lo sobrenatural se impone a la realidad. Hay quienes gustan del cine de horror en el que la realidad se impone a lo sobrenatural. Los gustos se unifican al darse una combinación de las imposiciones. Pero, cabe la pregunta, ¿acaso es de buen gusto disfrutar el cine de horror? En los tres casos, se impone la idea de apartarse, por la propia decisión deliberada de quienes lo gustan, de la racionalidad consciente y penetrar en la densidad de la irracionalidad inconsciente, ahí donde el espíritu se aleja de la sana conducta natural y social y transita por oscuros pasajes en los que la locura aparece implacable.
El realizador Robert Eggers, nacido el 7 de julio de 1983, en Lee, New Hampshire, Estados Unidos, nos hace transitar por el laberinto en el que lo sobrenatural se impone a la realidad y, al mismo tiempo, la realidad se impone a lo sobrenatural, dándose una combinación de las imposiciones, con sus dos obras maestras del cine de horror contemporáneo: La bruja (The VVitch, Estados Unidos-Canadá, 2015), su primer largometraje, y El faro (The Lighthouse, Estados Unidos-Canadá, 2019), su segundo largometraje.
Sea por exacerbación de las supersticiones en el seno una familia puritana rebelde que vive aislada, cerca de un denso bosque, en la Nueva Inglaterra del siglo XVII, en La bruja, o por el descontrol de la mente, al no soportar la convivencia aislada, de un hombre, en una isla lejana, en medio de un turbulento mar, en la Nueva Inglaterra del siglo XIX, en El faro, la locura se apodera de ellos, victimándolos implacablemente.
En La bruja, el aislamiento es impuesto a la familia puritana por un pueblo de colonos dogmáticos que no aceptan las concepciones religiosas del guía de esa familia, un padre, con su mujer ya madura, una hija mayor, casi mujer, un niño menor, dos gemelos (niña y niño) más pequeños y uno más porvenir que al nacer es robado, supuestamente, por la bruja del bosque, ante el desconcierto de la hija mayor que lo cuidaba. Toda suerte de imaginerías, en las que la culpa y el pecado son latentes, y pesadillas van conduciendo a la tragedia, padecida por la hija mayor, acusada por la gemela de bruja, en la que lo sobrenatural (la seducción de la joven por el maligno) se impone a la realidad, apoderándose la locura de ella.

En El faro, el aislamiento es impuesto por la naturaleza. El viento agitando el mar que se estrella en la costa de la isla, azotada por la tormenta, arrasa con las pocas provisiones alimentarias tenidas y desenterradas, provisoriamente,. En la isla hay un faro fantasmal, emisor de un ruido ensordecedor alertador del mal clima, al que se debe mantener en funcionamiento. El hambre y el licor comienzan a provocan alucinaciones y conflictos entre el viejo capataz patán, interpretado por William Dafoe, y el nuevo empleado, interpretador por Robert Pattinson, que poco a poco van provocando en él sueños y alucinaciones angustiantes. No hay salida posible más que resistir o morir. Sobre la locura, aparecerán, una a una, las aves vengadoras que, como anatemiza el viejo, matarlas es de mala suerte. La realidad se impone a lo sobrenatural.
El realizador se inspiró, me enteré por el análisis crítico del maestro Jorge Ayala Blanco, en un cuento homónimo inconcluso de Edgar Allan Poe y, se constata, en los créditos finales de la película, filmada en contrastante blanco y negro y 35 milímetros, que hay pasajes literarios de obras de Herman Melville.
