Su casa era una leyenda, un letrero la designa como Los empeños, por aquella obra de Sor Juana Los empeños de una casa. Lo curioso es que la revista que dirigió para la Facultad de Filosofía y Letras se llamaba así Los empeños. Sólo sacó tres números. Uno dedicado a Sor Juana, otro a Alarcón y uno más al grupo Contemporáneos. Hay que confesar que esa casa nació como nidito de amor para él y una arquitecta. Entonces, Sergio era soltero y vivía con su mamá, Doña Lupita, en la calle de Álvaro Obregón, donde recuerdo una fiesta en que estuvieron Rita Macedo y Julissa que fueron por años alumnas de él y de José Luis Ibáñez. Los empeños era una sala y baño, un mezzanine con sólo un barandal, donde estaba la recámara. Cuando terminó el romance con la arquitecta, Sergio comenzó la construcción de Los empeños. Cuando existían sólo los cimientos, sobre una loza de cemento, bailamos todos sus alumnos y amigos. Llevamos platillos y nos bajamos a la barranca para un picnic. Roberto Páramo bailaba con mi hermana y yo con Luis Terán. Sólo voy a mencionar una pareja: Josefina Iturralde y Jorge Aguilar Mora. Poco después, cuando se terminaron de construir Los empeños, ahí vivieron, ya casados, Sergio y Josefina con su hija Paulita.

 

Italia, su pasión

Su novela más ambiciosa, Los peces, sucede en Roma y una playa cercana. Miradas subversivas, en Venecia. Un día que se quejaba de que Paula viviera en Roma, le dije que él le había inculcado el amor por Italia. Este amor comenzó con su tesis sobre las ideas sociales y políticas en el Infierno de Dante y los Sueños de Quevedo. Desde entonces aprendió italiano “que ahora Paula habla mucho mejor que yo”. Todos los que escribimos sobre la obra de Sergio, ponemos en primer plano que une vida y literatura. Para escribir El Mediterráneo de Cervantes, comprobó in situ que lo que cuenta de los baños (cárcel) de Argel donde estuvo cautivo no es como aparece en las ficciones cervantinas, no exactamente al menos.

 

Sergio en el 68

A la primera manifestación a la que acudimos, la convocada por el rector Barros Sierra, mi hermana y yo fuimos del brazo de Sergio. Para él, como para nosotras, fue un compromiso para toda la vida, aunque afirmaba que el compromiso de un escritor es sólo con el lenguaje. Cuando el ejército tomó CU, Roberto Escudero y José Revueltas, ambos con órdenes de aprehensión, se refugiaron la primera noche en Los empeños. Sergio visitó en Lecumberri a Revueltas y a Elí de Gortari e inició amistad con Raúl Álvarez Garín y Salvador Martínez de la Rocca, El Pino. A Tlatelolco no fuimos, porque estábamos en una clase de yoga, disciplina que Sergio practicó de ahí en adelante. Temperamental se peleó con todos sus amigos, Eugenia Revueltas y yo bromeamos de ser supervivientes. Sus compañeras de generación fueron Lolita Castro y Rosario Castellanos, pero sus amigas de siempre fueron Josefina Vicens, la Peque, y desde Mascarones Ida Rodríguez Prampolini, La Chacha. Yo iba a ir a Veracruz el 9 de enero, por eso, porque se lo quería entregar en propia mano, y no por e-mail, tenía fotocopia de mi texto publicado aquí en el Siempre titulado: “Sergio y la Chacha”. Amaba a la UNAM. “La universidad me dio todo, mis amigos, mis amores, mi familia”, decía.

Le gustaban las canciones de Agustín Lara y escuchar a Elvira Ríos. Obsesivo, en una fiesta escuchamos una y otra vez Thanks for the memory. Aparece en la fiesta de Los Caifanes y hay un video con él y dedicado a él en TV UNAM en el que hablamos muchos de sus alumnos. En un video que está en el archivo de Siempre, revista en la que colaboró, lo entrevista mi hermana Magdalena. Literatura del INBA le organizó un homenaje con Paulita, Eugenia Revueltas, la actriz Selma Beraud, Anamari Gomís, mi hermana y yo.