Todavía falta mucho para que la Organización Mundial de la Salud (OMS) declare, urbi et orbi, que la pandemia del “coronavirus” ha sido, por lo menos, controlada. Los estragos causados por este infección han sido tan grandes, que en muchas capitales ya están convencidos de que alguien deber pagar por los platos rotos y que ese pagano debe ser la República Popular China. Tanto así, por ejemplo –aún es muy larga la fila de los ataúdes que contienen los miles de cadáveres por incinerar–, que Londres ya se alineó con Estados Unidos de América y Francia para pedir explicaciones a Pekín sobre el origen de la pandemia.
Días pasados, Dominic Raab, ministro de Exteriores británico, primer ministro del Reino Unido en funciones mientras Boris Johnson estaba hospitalizado, en estado crítico, víctima del covid-19, declaró durante una reunión virtual con los líderes del G7 en Londres, “que las relaciones con la República Popular China no serían las mismas después del coronavirus”. Raab manifestó que la intención del Reino Unido es pedirle explicaciones a China sobre el origen del virus, en línea con lo que ya han expresado otros mandatarios como Donald Trump o el francés Emmanuel Macron, que denuncian la falta de transparencia del origen de una pandemia que ha puesto contra las cuerdas al planeta entero.
De hecho, el mandatario que más empeño le ha puesto a esta “aclaración” es el estadounidense Donald Trump. “Aclaración” que puede tener mucho mar de fondo. El sucesor de Barack Obama, como se sabe, está en plena campaña para lograr su reelección en los comicios del próximo mes de noviembre. En este propósito de aclarar la presunta culpabilidad de Pekín en la aparición del virus, hay también cierto complejo de culpabilidad, pues el magnate que ahora reside en la Casa Blanca no supo reaccionar a tiempo, y cuando decidió actuar ya era tarde, pues la Unión Americana ya estaba infectada irremediablemente, el peor ejemplo es lo sucedido en la ciudad de Nueva York, donde el número de fallecidos supera los peores cálculos que originalmente hizo la administración de Trump.
Mientras proceden las acusaciones en contra de China por la aparición “calculada” del virus –circunstancia nada fácil de comprobar–, la OMS insistió al comenzar el mes de mayo, que “todas las pruebas disponibles” apuntan a un origen animal como fuente de la pandemia, e informó que la agencia quiere tomar parte en las investigaciones , “a exhorto del gobierno chino”, para determinarlas causas de la enfermedad.
Michael Ryan , director de programas de emergencia de la OMS, escrupulosamente explicó: “En lo que respecta al origen del virus en la ciudad china de Wuhan, hemos escuchado a numerosos científicos que lo estudiaron, nos aseguraron que el virus tiene procedencia natural…, lo que importa es que averigüemos el huésped natural del patógeno, es necesario que comprendamos la transmisión de animal a humano”.
Sin ánimo de complicar las cosas, pero sí de poner en claro algunos datos poco conocidos, hay que recordar la cordial relación de mandatarios franceses con el régimen chino, que se remonta a la presidencia de Jacques Chirac con los altos mandos del Partido Comunista Chino. De esa relación nació el P4 de Wuhan, un laboratorio especial para la “guerra bacteriológica” en caso de “malas intenciones”, pero que el gobierno galo exportó para que China tuviera la capacidad de hacerle frente a sus reiteradas epidemias” de la mano de científicos franceses. Para bien o para mal, esas instalaciones de laboratorio están hoy en el centro de una disputa sobre el origen del coronavirus que ha puesto de cabeza al planeta. Las “benditas” redes sociales –que algún día podrían servir para asuntos menos escandalosos–, impulsan, minuto tras minuto, la versión de que “desde esas instalaciones se escaparon los patógenos de clase 4″, los microorganismos más peligrosos de un virus”.
Para que nada falte, a la teoría de astronautas de todo el mundo, se agregó el rumor y buscaron desautorizar la teoría china de que estaba vinculado a los Murciélagos de un sucio y popular mercado de animales silvestres de la ciudad de Wuhan. A esta teoría del “compló” se sumó el profesor francés, Luc Montaigner, que piensa que el coronavirus es una creación humana, obra de un biólogo molecular que unió al SARS-COV-2, con el virus del sida.
Más aún, los servicios secretos de Europa y de la Unión Americana aseguran que puede tratarse “de una infección accidental de un laboratorista”. Sea como sea, el hecho es que hasta el momento, Pekín ha impedido cualquier investigación dentro de sus fronteras, y la llegada de los investigadores de la OMS o de otros científicos a Wuhan. Como se dijo al principio, Francia, la Gran Bretaña y EUA, tienen todo el propósito de que China conteste “preguntas difíciles” post-virus.
De cualquier forma, cuando se decidió instalar el P4 de Wuhan, en Francia hubo fuertes tensiones entre el gobierno de China y sus hombres de ciencia que siempre consideraron que se entregaba al gigante asiático un laboratorio listo para la guerra bacteriológica y sin control. El laboratorio se instaló en 2915 y entro en funcionamiento en enero de 2018, con una serie de incumplimientos. Así, los 50 científicos galos que deberían laborar en Wuhan durante un lustro jamás llegaron.
La historia posterior cuenta que los asiáticos quedaron a cargo del proyecto. A mediados del mes de abril asado, el periódico estadounidense The Washington Post Informó que en enero de 2018 la embajada de EUA en la capital china alertó que no había suficientes medidas de seguridad en el P4. Incluso, el histórico diario agregó que los investigadores del P4 vendían los animales que servían para los experimentos en el mercado de la ahora muy conocida ciudad china, y otros tiraban los tests de laboratorio en las cañerías sin tratamiento para la basura biológica. Algo espantoso.
La trama continúa y el jueves 30 de abril, la Oficina del Director Nacional de inteligencia de EUA –que concentra información de la red de agencias de espionaje del país–, en un comunicado púbico afirma que “la comunidad de inteligencia coincide con el amplio consenso científico de que el virus del Covid-19 no fue fabricado ni modificado genéticamente por el hombre”. Agrega que “seguirá estudiando rigurosamente los datos que sigan surgiendo para determinar si el brote comenzó debido al contacto con animales infectados o si fue el resultado de un accidente en un laboratorio de Wurhan”
El mismo día, al ser interrogado en la Casa Blanca respecto a la posibilidad de que el coronavirus hubiera sido creado en el Instituto de Virología de Wuhan, el presidente Donald Trump contestó: “sí, lo he visto”, y aseguró que cuenta con información 2de confianza”, aunque se abstuvo de proporcionar mas detalles porque “no tiene autorización”. “Los otros datos” de los que suele hablar el presidente López Obrador. En pocas palabra, una vez más, Trump contradice a los servicios de inteligencia de su país al asegurar que dispone de evidencia –que no presenta–, que muestran que el nuevo coronavirus fue creado en un laboratorio chino, pese a que esta versión ha sido rechazada por el régimen de Pekín, y los propios investigadores estadounidenses.
En la conferencia de prensa, el magnate afirmó: ” Podrían haberlo parado; son una nación brillante científicamente. Se les escapó, podría haberlo parado, pero no lo hicieron”. Pese a las palabras presidenciales, la comunidad científica coincide en que el virus se presentaba de forma natural en los Murciélagos.
Sin duda, los estragos del virus han calado hondo en todas partes, y pese a toda esta serie de dimes y diretes, Trump y su equipo cercano mantiene el pulso con Pekín, ayudado, en buena medida, por Alemania, el Reino Unido, Canadá y Australia. El Tío Sam no cesa en el intento de acusar a China por el surgimiento del Covid-19. El domingo 3 de mayo, Mike Pompeo, el Secretario de Estado, aseveró: “hay enorme evidencia” de que el brote se originó en un laboratorio clínico. Una vez más, queda para otro día el detalle de dichas pruebas.
En un momento de su entrevista con la cadena ABC, Pompeo parecía confundido sobre si afirmar que el virus fue diseñado o se “escapó” como resultado de un accidente de laboratorio. Inexplicablemente, el encargado de la política exterior estadounidense, lo mismo decía: “Los expertos piensan que el virus fue hecho por una persona. No tengo razón para no creer eso en este momento”. Que cuando se le recordó que la Dirección Nacional de Inteligencia de EUA declaró todo lo contrario: que el virus no habría sido creado ni modificado genéticamente, Pompeo respondió: “Eso es correcto” (sic).
Sin duda, la comunicación en los tiempos de Trump no es la tradicional, hay que “interpretarla” según el momento y el estado de ánimo del magnate.
La pandemia del coronavirus está cambiando muchas cosas. Y todo lo que falta. VALE.


