Mientras la pandemia del Covid-19 continúa su macabra cosecha de muertos y contagiados por todos los confines del planeta, algunos países se “entretienen” en un peligroso juego de vencidas en el que todos quieren llevarse la parte del león, cada uno en beneficio de sus intereses particulares. Para el caso, se trata de Estados Unidos de América (EUA), la República Bolivariana de Venezuela y la República Islámica de Irán.

Muchos analistas internacionales piensan que este enfrentamiento  es un desafío directo de Caracas-Teherán en contra de Washington con visos de iniciar un grave conflicto que alteraría la paz internacional. Hay muchos elementos sueltos en el escenario mundial para crear  algo semejante. Los tres personajes protagonistas de este episodio son de cuidado: Donald Trump, Nicolás Maduro, Hasán Rohani. Y, un cuarto, el ayatola Ali Jamenei, líder supremo iraní, que se da el lujo de llamar “payaso” al mandatario estadounidense. Más pólvora sería una locura.

Lo que podría parecer increíble es un hecho irrefutable. Venezuela sufre, desde hace muchos meses,  una severa escasez de gasolina lo que ha agravado su larga crisis económica y sociopolítica. Después de recorrer, como mendigo, varias de las principales capitales del mundo, incluyendo Moscú y Pekín, el heredero de Hugo Chávez recurrió a la ayuda de Teherán, entregando, a cambio, lo último que le restaba de su antigua riqueza: toneladas de oro, según afirma el Departamento de Estado de la Unión Americana.

Así las cosas, Maduro Moro y los ayotalás  podrían estar de fiesta, una vez que se supo que por la tarde del sábado 23 de mayo se acercaba a las aguas venezolanas el primero de los cincos buques tanques petroleros cargados de gasolina “hasta el chipo”, pese a la amenaza de EUA —lo que es lo mismo, de Donald Trump—, de que el embarque violaba las “sanciones internacionales” dictadas por la propia Casa Blanca. Fortune es el nombre del primer navío iraní que arribaría a Venezuela. Los siguientes serían Petunia, Forest, Faxon y Clavel. Entre los cinco barcos transportarían 200 millones de litros de gasolina que apenas alcanzarían para cinco semanas de consumo interno, 350 mil barriles diarios, más o menos. El combustible iraní ya estaba pagado de antemano con nueve toneladas de oro, saqueadas de las reservas del Banco Central de Venezuela con un valor de 500 millones de dólares en el mercado. Lo que no resuelve el problema de la escasez pero si representa un golpe mediático que tratará de aprovechar el contrincante de Juan Guaidó. Y, al final de cuentas, el gran negocio será para los militares que han recibido todas las gasolineras de manos de Maduro, como otra de las prebendas al ejército que continúa apoyando al “dictador”. Según los cálculos, los militares venezolanos podrían ganar y repartirse entre ellos unos 200 millones de dólares. “Tremendo negocio y estafa para la nación”, por eso habría fiesta al llegar los cargueros iraníes. La corrupción al extremo.

La tensión  creada por el envío de barcos iraníes por el momento ha sido productiva para los dos nuevos socios: por un lado desafían las bravatas de Trump de que “tienen a Venezuela rodeada más de lo que imaginan “ y, por otro, montan un negocio redondo para los dos regímenes “sancionados” por el extravagante mandatario estadounidense.

Este nuevo episodio de la permanente crisis internacional se caracteriza porque los tres protagonistas abusan del lenguaje de bravucones de barrio. Hace pocos días, Maduro hizo alardes de fuerza anunciando que lanzaría misiles desde la base de la Isla La Orchila frente a las costas de Venezuela, además de que escoltaría a los petroleros iraníes por aíre y mar en las aguas del Mar Caribe para dar la bienvenida a los buques. No fue mera palabrería.

Primero los rusos, después los europeos, ahora los iraníes y en último momento los venezolanos han comprobado que Donald Trump es un ¨hablador de mercado”—que ni jugar bien el golf sabe pese a que es propietario de muchos campos de este exclusivo deporte—, y que a la hora de la hora es como todos los populistas, cobardón que siempre recula cuando una situación crítica llega al extremo. En el fondo, los consejeros del dirigente venezolano han descartado que el Pentágono fuera a atacar a los barcos petroleros iraníes en el Caribe pese a las bravatas de Trump. De hecho, Maduro se propuso cubrir la escasez de gasolina que desespera a los venezolanos desde hace más de tres meses recurriendo a los iraníes y, en un juego desesperado de ajedrez, tratar de “vencer a la primera potencia mundial” logrando que los navíos llegaran a Venezuela con la deseada gasolina. De cualquier forma, el  primero ya llegó.

En un discurso transmitido por el canal oficial, Nicolás Maduro celebró la llegada del Fortune: “Venezuela e Irán queremos paz, tenemos derecho a comerciar libremente en los mares y los cielos del mundo… Somos dos pueblos rebeldes, revolucionarios, que no nos vamos a arrodillar jamás al imperialismo estadounidense”.

El arribo del Fortune fue un acontecimiento que siguió la población venezolana directamente por la televisión, en medio de especulaciones acerca de sI el gobierno estadounidense intentaría alguna maniobra para impedir su llegada. Hasta el momento de redactar estas líneas, otros dos barcos ya estaban en aguas venezolanas, escoltados por las fuerzas bolivarianas.

No ha trascendido alguna medida en contra de la Casa Blanca, aunque el Comando Sur estadounidense informó que había enviado cuatro barcos de guerra al Caribe como parte de la operación antinarcóticos anunciada por el Departamento de Estado a principios de abril último. En Teherán, por su parte, se afirmó que emprendería acciones “categóricas e inmediatas” en caso de que se intentara detener el avance de los cargueros. Y el ejército Bolivariano, a su vez, anunció que esperaría a los iraníes en su zona económica exclusiva para acompañarlos hasta los puntos de contacto en Venezuela.

Es una incógnita saber  hasta qué  momento EUA permitiría el arribo de más barcos petroleros iraníes a Venezuela. La primera ronda de cinco, podrían entregar la codiciada gasolina  por razones humanitarias, pero Donald Trump no es precisamente la Madre Teresa de Calcuta, mucho menos en esta época de pandemia, cuando sabe que su popularidad está a la baja precisamente por el pésimo manejo que su administración ha hecho para combatir el coronavirus. Su reelección depende del apoyo que le continúen dando los sectores más conservadores de la Unión Americana, más nacionalistas, identificados siempre con banderas bélicas. Por el momento, el enfrentamiento de Trump con el régimen chino y con la República Islámica son los movimientos que tiene más a la mano. El enemigo a vencer está en Pekín y en Teherán, sin olvidar a Caracas.

Por lo mismo, aun corriendo mayores riesgos, al empresario de la absurda cabellera, le urge que la sociedad estadounidense supere el confinamiento debido a la pandemia, que retorne al libre movimiento en las ciudades, que los comercios y las fábricas estén en plena producción. Si el retorno a la actividad en todos los órdenes no está bien regulado, Trump podría conocer la derrota, pero si no es así, entonces podría reelegirse, aunque usted no lo crea.

El episodio de los barcos petroleros iraníes es, en buena medida, una derrota para Trump. José Toro Hardy, ex director de la otrora importante compañía Petróleos de Venezuela, S.A. (PDVSA), fundada en 1976, explica en reciente entrevista periodística los entretelones de la compra de gasolina a Irán. En el pasado quedó la legendaria PDVSA  que extraía 3.5 millones de barriles diarios de crudo a la que hoy produce un poco más de 600,000 barriles.

Cuenta Toro Hardy: Venezuela es totalmente dependiente de la importación de gasolina. En tiempo de Hugo Chávez refinábamos casi 1.4 millones de litros diarios, hoy están paralizada. PDVSA era propietaria de 21 refinerías en el mundo entero. Teníamos ocho refinerías en EUA, Y 15,750 estaciones de servicio abanderadas con la marca CITGO. Teníamos oleoductos que atravesaban la Unión Americana, de sur a norte. Es decir, controlábamos el 10 por ciento del mercado interno de gasolina de los estadounidenses con petróleo venezolano. Éramos capaces de poner gasolina en los vehículos estadounidenses desde nuestro subsuelo pasando todo el tiempo por instalaciones venezolanas. La materia prima está en el subsuelo. No es cierto que tengamos la mayor reserva  del mundo como dice el gobierno, pero sí tenemos reservas más que suficiente para producir el petróleo que se requiera. En los próximos diez años se necesitarían entre 25,000 y 30,000 millones de dólares anuales para recuperar la producción que teníamos hace dos décadas. El Estado venezolano, que está en quiebra, no tiene ninguna posibilidad de hacerlo, solo la inversión privada. PDVSA será un actor más en el mercado, pero ya no sería la empresa que un día fue”.

Así las cosas, ¿cuántas toneladas de oro tendrá Venezuela guardadas para seguir comprando gasolina a los iraníes o a quien pueda vendérsela?  Quién sabe. En este descarnado escenario internacional en el que Trump amenaza a todo mundo, hasta con el anuncio de renovación de pruebas nucleares después de 28 años de que EUA las suspendió, todo es posible. Después de que la pandemia del Covid-19 sea controlada, la Tierra podría enfrentar un panorama peor que cualquier peste. El futuro no es halagüeño para nadie, infortunadamente. VALE.