Vicente Francisco Torres
El cuatro de abril del presente año, en El Financiero, Eusebio Ruvalcaba lanzó una convocatoria para que los poetas enviaran un texto inédito en solidaridad con Javier Sicilia, a quien el crimen organizado —léase políticos, marinos, funcionarios, policías, militares, narcotraficantes— le asesinó un hijo. El primero en dar un paso al frente fue José Emilio Pacheco, siempre puntual en tantos terrenos.
Eusebio recibió una copiosa respuesta y no hubo más que hacer una antología, editada por el mismo diario convocante, con un tiraje de apenas trescientos ejemplares, uno de los cuales llegó a mis manos por el siempre cordial Rafael Ríos.
La muerte de su hijo, su declaración de que se retiraba de la poesía y el aupamiento que recibió de la sociedad civil le dieron a Sicilia una notoriedad arrolladora que, su inexperiencia en el protagonismo político, hoja en medio del arroyo, le hizo dar tumbos y hacer rectificaciones. Vinieron dos mojigangas en el castillo de Chapultepec, una con el ejecutivo y otra con el legislativo, con besos y repartición de escapularios. El resultado no parece muy favorable porque la legalización de la violencia militar —al menos hoy— sigue avanzando y la reciente vejación a otro poeta, Efraín Bartolomé, parece indicar que los intereses políticos están por encima de la vida y la dignidad de las personas.
La sangre sigue corriendo a lo largo y ancho del país y a los afortunados que podemos leer un libro nos queda Poemas para un poeta que dejó la poesía, una gota de bálsamo en donde Juan Gelman dice que la poesía no se puede abandonar y los poemas de Enrique González Rojo Arthur y José Francisco Conde muestran la madurez extrema de su oficio. Una feliz coincidencia: desde hace años, Eusebio Ruvalcaba encabeza en México el culto al poeta José María Álvarez y éste, desde España, respondió al llamado de El Financiero. Si José Emilio abre la antología, es justo y reconfortante que la cierre el autor de El botín del mundo.
La indignación, la tristeza, la solidaridad y el estupor atraviesan este pequeño volumen. Ojalá se cumplan estas líneas de José Emilio: “Pienso que cada verso por humilde que sea/ Es un guijarro contra la barbarie”.
