Infamantes acuerdos secretos
Lo sospechábamos, aunque nos negábamos a aceptarlo. ¡Pruebas, pruebas! hubiera gritado, con ofendida dignidad, cualquier funcionario responsable. No las teníamos, pero en nuestro fuero interno —forzoso es confesarlo— deseábamos estar equivocados. Bastante ha vivido nuestro país las malas experiencias de la frontera, una de las más largas del mundo, como para seguir confiando en discursos de buena vecindad venidas del Norte.
Una vez más, ¡una vez más!, durante la última década, hemos tenido que enterarnos a través de agencias extranjeras de noticias —la más reciente, por The New York Times— de los deshonrosos y secretos contactos que el gobierno mantiene con las autoridades de los Estados Unidos.
“No hay justificación —dije yo en la tribuna del Senado—, no hay manera de aceptarlo y es vergonzoso que los mexicanos nos enteremos por un medio informativo de los Estados Unidos de la presencia de agentes de la CIA y de la DEA en México, operando actividades en contra del crimen organizado.”
El asunto es tan grave que el propio presidente Obama se vio obligado a hacer una aclaración, mientras que el nuestro primero se hizo el desentendido y luego, de manera bochornosa, trató de defender lo indefendible.
Ya vimos -nos enteramos también a través de la prensa estadounidense de la existencia de Rápido y Furioso- que a los Estados Unidos no le importa la lucha contra el crimen organizado de nuestro país. Miles de armas (las comprobadas, no las que quedan por comprobar) pasaron por la frontera norte de México con el beneplácito —mejor dicho, complicidad— de las autoridades norteamericanas. (Y claro, aún no se deslindan responsabilidades de las autoridades aduanales mexicanas, que no se percataron de ese trajín.)
Otros miles, millones de personas, allá del otro lado, están involucradas en una inmensa red relacionada con el tráfico interno de drogas en territorio norteamericano. Cuarenta millones de dosis son distribuidas cada día en aquel país, sin que su gobierno se vea inmiscuido en una guerra —porque insisto, les es ajena— como la que se vive en México: total, ellos ponen las armas (por cierto, una de esas fue utilizada para ultimar al agente de la DEA en San Luis Potosí) y nosotros ponemos los muertos ¡Ya van en 50 mil! Y ellos… con la donación a nuestro país de algunos helicópteros de desecho pretenden hacer como que hacen algo.
En fin, ahora sabemos que agentes norteamericanos están operando en nuestro país sin conocimiento del Poder Legislativo. Estos infamantes acuerdos secretos de los funcionarios mexicanos de alto nivel -sin límite de altura, entiéndase bien- con sus homólogos del norte, más bien suenan a traición, aunque me resisto a emplear la palabra.
Por esa razón, la Comisión Permanente del Congreso de la Unión, con el consenso espontáneo de legisladores de todos los partidos, aprobamos un punto de acuerdo para solicitar una reunión de trabajo ante la Comisión Bicameral de Seguridad Nacional del Legislativo, con los secretarios de Gobernación, Relaciones Exteriores y el secretario técnico del Consejo de Seguridad Nacional, para que expliquen la injerencia de elementos extranjeros en territorio nacional.
Lamentablemente ya sabemos lo que muy probablemente ocurrirá (y lo planteo así, pues al momento de elaborar esta entrega aún no habían comparecido): los involucrados leerán algunas notas previamente estudiadas; los legisladores indagaremos con base en sus exposiciones; se discutirá el asunto; negarán cualquier responsabilidad de su parte y se marcharán campechanamente a sus respectivas dependencias, después de haber pasado, cuando mucho, un mal rato.
Sin embargo, esta vez los parlamentarios tendremos que ser más puntuales en nuestros planteamientos para exigir al gobierno federal acciones concretas. ¿Cómo entender que México esté librando una guerra, que más bien debiera estar combatiendo y desenmarañando con todo vigor el gobierno norteamericano en su propio territorio? ¿Ha disminuido el consumo de drogas de nuestro vecino país del norte? ¿Acaso no es tiempo de que el gobierno mexicano pregunte a los norteamericanos cuántos grandes capos, lavadores de dinero, traficantes, o ya de menos, vendedores de droga han caído?
Sin duda, lo que sigue haciendo falta es transparencia por parte de ambos gobiernos de cara a la sociedad civil sobre el reconocimiento de sus complicidades.
Espero estar equivocado…
cjimenezmacias@yahoo.com.mx

