Juan José Reyes

Una cosa es el habla, el lenguaje coloquial, el uso común y corriente de las palabras, uso de por sí maravilloso que sirve para nombrar las cosas del mundo, las que son y las que no son, y otra cosa es que el habla esconda esa realidad, banalice aquellas cosas, las destruya, las borre de la realidad. Es claro que el afán de corrección muchas veces puede salir sobrando cuando del habla se trata, puesto que de lo que se trata con las palabras empleadas diariamente es que comuniquen con eficacia lo que se quiere decir, desde luego sin florituras e inclusive sin pleno apego a la estricta lógica. Sin embargo el lenguaje popular ha de tener ciertos límites; es cierto que no pierde nunca su capacidad de decir lo que se pretende pero también lo es que puede servir de comienzo de un camino sin fin: puede servir para empobrecer lo que se quiere decir, es decir para empobrecer no sólo los mensajes sino también la realidad misma, las cosas del mundo. Ningún observador mínimamente atento a lo que ocurre en diferentes parcelas de la realidad (los medios —todos los medios—, los rollos de los políticos y cada vez más las conversaciones diarias entre hablantes en cualquier lugar, hablantes de cualquier edad —aunque alarmantemente sobre todo los más jóvenes— y de cualquier posición social y económica y académica) dejará de percibir la degradación de numerosos vocablos y el decaimiento de la articulación de lo que quiere decirse.

Hace años en México, cuando era secretario de Educación Pública Fernando Solana, se creó una comisión de defensa del lenguaje que, por mala fortuna, no prosperó. No faltaron entonces los que censuraron la iniciativa y la existencia misma de aquella comisión: el lenguaje se defiende solo, se dijo, no necesita que nadie salga a proteger su corrección. Aquellas protestas eran tontas, por más que algunos de los que las expresaron no lo fuesen. Es cierto que no basta con que haya libros que muestren cómo han de decirse y de escribirse las palabras y las frases pero es claro que esos libros son necesarios, mucho más en los días que corren. Por ello es buena noticia la aparición de este libro de Amando de Miguel, catedrático de la Universidad Complutense de Madrid, que ha escrito un manual amable, claro y completo, sin más pretensión que la de dar cuenta de la lógica inherente al lenguaje de y la necesidad de respetarla en bien de todos. Las dudas más frecuentes a que pueden llegar los curiosos son aclaradas aquí con suficiencia, entrando en honduras y sin llegar a complicaciones. Un libro de gran utilidad, publicado por un nueva casa editora peninsular.

Amando de Miguel, La magia de las palabras.
Innova editores, España, 2009; 239 pp.