Margarita Peña

Estimado Ignacio:

Tu reciente libro, Presencia de lo invisible (Taurus, 2011), me llegó a las manos a fines del pasado semestre enero-junio. Empecé a leerlo de inmediato, dado que el título anuncia el tema, que me es caro, de la complicidad de lo no visto con esa realidad que nos cerca y acosa, en mancuerna que hace posible vivir, transitar por este valle de lágrimas. Pero no quiero sonar pesimista (tampoco evangélica, bíblica o catequística). Lo disfruté y sigo disfrutando. Retomo tu libro pasado el receso de vacaciones de verano, al tiempo que me preparo para el inminente regreso a las aulas y el quehacer académico. Antes de que me devore, te dirijo estas letras.

Puedo ver en tu colección de ensayos al exégeta de lecturas y autores cronológicamente diversos: de Santa Teresa y San Ignacio a Freud y Fromm; de Víctor Hugo a Sartre; de Graham Greene a Camus pasando por historiadores y políticos locales, tan disímiles de los anteriores, como Vasconcelos, Alfonso Taracena y Sánchez Azcona, quienes con ópticas distintas calibran y juzgan a Francisco I. Madero, uno de tus personajes favoritos. El conjunto de ensayos testimonia un dilatado tránsito por la literatura y el texto político; una demorada contemplación y asimilación del pensamiento ajeno enriquecida con la propia reflexión: un vasto acervo de lecturas integrado, organizado mediante el disfrute y deleite de las correspondencias intelectuales. Se trata de enfrentar la otredad, evidenciarla, comulgar con ella mediante la exposición, la aceptación o el análisis. Creo que los que leemos y escribimos debiéramos intentar un ejercicio semejante —libre, exegético, cercano— con autores que nos han llamado la atención, nos han marcado, nos llevan de la mano.

En esta carta, o apostillas a tu libro, quiero detenerme en el fenómeno histórico-político de Madero, que tratas en uno de los ensayos. Destacas el hecho de que su proclividad al espiritismo —que conoció y absorbió durante su estancia en París y la frecuentación de círculos en donde imperaban las teorías de Alan Kardec— desató las escandalizadas críticas familiares y reticencias de algunos correligionarios. Es evidente que tales aficiones no podían encontrar aceptación en algunas mentes fundamentalmente materialistas, acaparadoras, como la del abuelo Evaristo, terrateniente en Coahuila a la manera feudal de su equivalente Luis Terrazas en Chihuahua. Son evidentes la ceguera, la mezquindad y el paternalismo recalcitrante del patriarca Evaristo, que sin ningún comedimiento para su nieto, valiente líder en ciernes, se burla de él; hace escarnio público del “loco” Panchito entre su dilecto círculo de capitalistas al modo yanqui, dueños de tierras y siervos, bendecidos por obispos y nuncios papales (como Terrazas en las postrimerías de su reinado). En tu libro los descubres, recalcas la falacia familiar que pudo haber anulado a Madero. Pero ese nieto “loco” es un visionario; su actuación revela aspectos crísticos cifrados en la intuición del martirio y la casi aspiración al sacrificio personal; en premoniciones que brotan de la escritura automática, de la voz de su hermano muerto, y que pese a la muerte presentida, lo empujan a la acción. Te detienes en el punto importante del esclarecimiento de la reconciliación de Madero con Zapata al cotejar versiones (A. Taracena-Womack); descartas la visión pesimista de Vasconcelos oponiendo el testimonio positivo de Sánchez Azcona. En fin, esclareces y pones los puntos sobre las íes. En una parte del ensayo apuntas: “quizá la ventaja del novelista es que puede llenar con la imaginación los huecos que deja la historia”. Me sorprenden las similitudes: pienso lo mismo respecto al Cervantes de la saga literaria de Argel, en la que, con la imaginación y la memoria, llena los huecos de la historia: Lepanto y el cautiverio argelino.

A lo largo del texto sigues el hilo de la certeza de la predestinación, lo crístico (y, por supuesto protagónico) en Madero cuando citas algo que éste dijera a Roque Estrada en 1910: “Apenas triunfe el movimiento armado, espero perder la vida, no importa cómo porque una revolución, para que sea fructífera, debe ser bañada en sangre”. A la distancia, aterran la lucidez y la disposición de Madero a la inmolación, el sacrificio. Se explica así que tras la conjura descubierta, haya devuelto la pistola a Victoriano Huerta, su Judas particular.

En cuanto a los escritores que revisas, sobrecoge la descripción de la práctica espiritista de Víctor Hugo como intento desesperado de recuperar mediante la mesa parlante, en las reuniones de la Isla Jersey, la presencia de su hija Léopoldine, ahogada en el Sena a poco de casada. Impotencia ante lo irremediable. La desesperación es también el pivote profundo de Albert Camus, que lo empuja a un accidente a todas luces suicida, explicable en un autor de posguerra, patriota de la Resistencia y que hizo el “maquis” durante la ocupación alemana. El reducto de la novela (El extranjero, La peste); el relato (El exilio y el reino) y el teatro (Calígula), dentro de una obra amplia premiada con el Nobel, le permitieron amurallarse durante un tiempo ante el “hotontimorúmenos”, el hastío existencial, y mortal, que padeciera Baudelaire. Escepticismo y desesperación semejantes, pienso, al de los protagonistas de la “nueva ola” cinematográfica de los años sesenta, al del personaje femenino de Alain Resnais-Marguerite Duras en Hiroshima, mi amor. Ese mismo hastío, que llamas “aburrimiento” en Graham Greene y sus novelas: El revés de la trama, El poder y la gloria; de sus personajes arquetípicos (Scobie, Rowe); de su deleite lujurioso en los fallidos intentos de suicidio. El mismo aburrimiento, “la noia” de los cineastas italianos: Antonioni, Fellini, tras el hambre y la desesperación del neorrealismo de Vittorio de Sica. Los sentimientos, las frustraciones se encadenan en todas las épocas y movimientos: romanticismo, existencialismo, ateísmo de Sartre, ausencia de Dios en Becket. En una palabra literatura, cine. La inmanencia de lo inasible.

Confieso que Presencia de lo invisible me empuja a releer a varios, y hasta a ¡adherirme al espiritismo…!

Con lo dicho concluyo esta carta, que ya se alarga demasiado.
Salud y más libros.
Margarita