Los bandidos de Kelly (True History of the Kelly Gang, Australia, 2019) de Justin Kurzel, con Orlando Schwerdt (Ned Kelly niño), George MacKay (Ned Kelly joven), Essie Davis (Ellen Quinn, madre de Ned), Russel Crowe, Nicholas Hoult, Thomasin McKenzie.

La adaptación de la novela True History of the Kelly Gang (2000) de Peter Carey al lenguaje cinematográfico (guión de Shaum Grant), del realizador Justin Kursel (fecha y lugar de nacimiento: 3 de agosto de 1974, Gawler, South Australia), con el apoyo de Ari Wegner (Director de Fotografía), de Nick Fenton (Edición) y Jed Kurzel (Música), comienza advirtiendo, palabras más, palabras menos, que nada de lo que se relatará es verdad.

Lo que sí es verdad es que el relato cinematográfico, se basó en un relato novelado, que a su vez se basó en el relato autobiográfico de Ned Kelly (1854-1880), famoso bushranger (bandolero) australiano, perseguido y cazado, por órdenes del gobierno colonial inglés, en Glenrowan, Victoria, Australia. El relato cinematográfico se estructuró partiendo del recurso narrativo de una voz fuera de cuadro del propio personaje. Un relato profundamente introspectivo-retrospectivo y estilizado que descubre, las causas familiares y sociales que convirtieron a un rubio niño-joven angelical, de origen irlandés, en un despiadado rebelde, con vocación literaria, sin ninguna preparación gramatical y sintáctica.

Ese relato, profundamente personal de Ned Kelly, al escribirle a su hija (daugther, en la novela) o hijo (son, en la película), el porqué de sus andanzas,  inspiró un estilo literario formalmente diferente, al penetrar en el mundo psíquico del personaje, que a su vez inspiró un relato cinematográfico profundamente introspectivo-retrospectivo, para crear una experimento visual con variantes estilísticas, en el sentido de la innovación formal, ya no digamos temáticas. Se trata de un canguro-western fantástico, con ciertos matices de cine de horror y música de rock punk, de Jed Kurzel. Incluye, en su temática edípica y realista, momentos, sangrientos y crueles. Hay que consignar que Justin Kurzel ya había incursionado en el cine de horror, inspirado en Shakespeare, con Macbeth (Reino Unido-Francia, 2015), su anterior película, con guion de Todd Louiso y Jacob Kosoff.

Siendo niño, Ned Kelly robó un cerdo para alimentar a su madre y sus hermanas, incluido su padre que, ante la situación de pobreza, permitía que su mujer tuviera relaciones sexuales con un policía abusivo del lugar. Su padre fue acusado del robo y encarcelado, aunque Ned les decía a los policías que él había sido el ladrón. Después de la muerte de su padre, siendo aún muy joven, aprendió a disparar y a herir, pese a su miedo de hacerlo, instruido por un  bandolero de la época, medio poeta: Harry Power (Russel Crowe), enamorado de su viuda madre. Por el incidente fue encarcelado  y al regresar a su hogar, ya joven, tuvo un altercado  con un elemento de la policía, después de varias incidencias habidas en su humilde hogar. Al ir a aprehenderlo un grupo de policías, asesinó a tres, volviéndose, con su pandilla, proscritos. Un violento encuentro contra la policía en Glenrowan, Victoria, en el que Ned Kelly vestía casco y armadura de placas metálicas, después de despojarse de sus disfrazarse con atuendos femeninos, para cometer sus fechorías (robo de bancos) terminó con su captura. Fue enjuiciado y colgado en la prisión de Melbourne, Victoria, en 1880, cuando tenía casi 26 años. Sus últimas palabras fueron: “Así es la vida”.

Buscando el Macbeth de Jed Kurzel, encontré dos joyas del cine mundial: Cuentos de Tokio, considerada por un grupo de críticos británicos la mejor película de la Historia del Cine y El vengador de su padre, considerada por mí una obra maestra. Nuestras razones tendremos. Lo cierto es que, después votar por la Insurgente Alianza “Va por México”, en la histórica Jornada Electoral del pasado domingo, como que me sentí un poco liberado del autoritarismo que nos amenaza con llevarnos del anarquismo al fascismo corriente, desde el poder del Estado populista conservador, las volví a ver. Aquí les dejo mis impresiones que escribí en su momento.   

Cuentos de Tokio (Tokyo Monogatari, Japón, 1953) de Yasujiro Ozu (1903-1963).

En The Story of Film, An Odyssey (Reino Unido, 2011) de Mark Cousins, el narrador comenta al inicio de cada episodio (15 en total): “La industria del cine mueve ahora miles de millones de dólares, pero la que la mueve no es la taquilla o el ‘show business’ sino la pasión, la innovación. Vamos a viajar por el mundo para encontrar esa innovación por nosotros mismos. La encontraremos en… las películas de Kyoko Kagawa que participó en la que es posiblemente la mejor película de la historia.”

Se trata, por supuesto, de Cuentos de Tokio. Comenté: “Siempre que la veo me vuelvo bueno.”

Con un lenguaje lento y poético, compuesto de bellos encuadres fijos, de tomas de una pureza sin par, hechas, casi al ras del piso, con un cámara y lente de 50 mm, procedimiento innovador para filmar la vida cotidiana, los sentimientos y los últimos días de dos ancianos que descubren el cambio de la sociedad japonesa de la post-guerra, al ir a visitar a su familia, Yasujiro Ozu se puso muy por encima, con su sencillez narrativa y el tema tratado (los sentimientos humanos), sin olvidar sus valores estéticos y temáticos de obras como los Potemkins, los Ciudadanos Kanes, los Vértigos, de Eisensteins, Welleses, Hitchcocks y demás, muy por encima de sus paisanos Akira Kurosawa y Kenji Mizoguchi, sin olvidar sus respectivas cualidades y particulares artísticas que conjugan lo singular y lo universal, al filmar los sentimientos y la soledad antes de la muerte.

En su documental Tokyo-Ga (Alemania, 1985) Wim Wenders lo re-descubre en su más noble esencia: la capacidad que tuvo para contrastar lo viejo y lo nuevo, quedando algo nostálgico y latente en ese pasar de trenes, tanto antiguos como modernos y en esa sobria actitud de ver pasar la vida y esperar la muerte con digno estoicismo.

El vengador de su padre (Terror in a Texas Town, Estados Unidos, 1958) de Joseph H. Lewis (1907-2000), con Sterling Hayden y Sebastian Cabot.

De acuerdo, de acuerdo, es un western offbeat (no convencional), pese a que se le da una calificación de regular, quizá considerando el tema: la venganza, asumiéndose la justicia por propia mano. Pero, considerando su manufactura técnica, en cuanto al montaje, es impecable. De su creador se ha dicho que realizó cuatro westerns de primer nivel: A Lawless Street (1955), 7th Cavalry (1956), The Hallyday Brand (1957) y el que nos ocupa, modélica obra maestra que contradice la opinión de que se trata de una película regular, porque también toca el tema de la lucha por la tierra, más si en el subsuelo abunda el petróleo. Con todo, los que le dan la calificación de regularidad afirman que incluye un duelo (shootout) final increíble, ya sugerido en la secuencia inicial.Principio del formulario